En Prótesis (Salto Mortal, 2025), Gustavo Íñiguez plantea una operación poética tan incómoda como necesaria: interrogar el lenguaje desde el lenguaje mismo. No como herramienta transparente ni como vehículo neutro, sino como una prótesis, una mediación constante entre el sujeto y el mundo. El libro no busca afirmar ni explicar, sino ensayar, tensar y dudar. En ese gesto se concentra buena parte de su fuerza.
El punto de partida de Prótesis es una reescritura. Íñiguez vuelve a un manuscrito anterior no para corregirlo, sino para enfrentarlo a una serie de preguntas que han acompañado su escritura en los últimos años. En ese proceso, el lenguaje aparece como una red que separa: de las cosas, de las personas, de la realidad misma. De ahí la noción de prótesis, entendida como una extensión que permite tocar el mundo, pero que al mismo tiempo lo filtra, lo distorsiona y, en ocasiones, lo sustituye.
Uno de los núcleos del libro es la sospecha frente a esa distorsión. ¿Qué ocurre cuando olvidamos que el lenguaje construye una realidad paralela y comenzamos a habitarla como si fuera la única posible? Prótesis se instala en ese filo. Hay versos que funcionan como actos de conciencia, “escriba una palabra a las palabras”, donde el lenguaje se vuelve sobre sí mismo y trata de correrse, aunque sea un poco, como un velo. Lo que aparece detrás no siempre es una revelación: a veces es el vacío, otras una realidad que no coincide con el relato que nos contamos.
En el plano formal, el libro propone una lectura fragmentaria. La página se convierte en un espacio visual donde el poema no se presenta de manera lineal, sino dispersa y envolvente. Esta decisión responde a una inquietud plástica que el autor ha trasladado a la escritura: los textos parecen desbordarse, como si fueran apenas un recorte de algo más amplio, de una totalidad imposible de contener.
La estructura del libro no es arbitraria. Una tirada de tarot organiza los poemas a partir de los arcanos mayores, que funcionan como ejes simbólicos capaces de agrupar el caos. En ese recorrido aparece también el diálogo con la poeta argentina Olga Orozco, especialmente en la figura de La Sacerdotisa, donde la reescritura adopta la forma de una letanía oscura y ritual.
Queridas lectoras y estimados lectores, lejos de ofrecer certezas, Prótesis propone una experiencia de lectura doble: exigente en la página, más fluida en la voz. Un libro que no busca acomodarse al espectador, sino acompañarlo en la sospecha de que el lenguaje, esa prótesis imprescindible, también puede ser el primer obstáculo para tocar lo real. Acompañemos nosotros también esa sospecha y no olviden que juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero