JOSÉ MÉNDEZ
El lugar cultiva una ave de fuego para equilibrar el fondo de un mineral,
el espacio guarda la composición del ruido,
se manipula el sueño con una sensación de discurso como una fotografía.
Hoy sabemos de rostros y animales,
de orquestas que se repiten floreciendo la bengala.
Cerramos el faro y al encuentro con la barca fluye el escenario,
se siente el vacío que comienza por la boca,
la palabra del túnel que ordena la mañana,
un oráculo contrario al eco,
una jaula que efectúa la cólera,
un escalofrío de púas confundiendo a la fiera.
El lugar es un bulto de hilos y de azares,
un charco de imágenes que se sumergen en el juego limpio de las alucinaciones.
Se explica la reminiscencia inclinando los arcos al trono,
las velas que indican que alguien ha llegado.
¿Eres tú la muerte, la grandeza acertando en la muchedumbre,
en la corona bordada con agujas y telares?
Bajo la náusea un dios es recriminado a azotes,
la mujer lo observa,
teje un destino.
Su cáncer se despliega,
afuera la trampa y la alquimia remiendan la presencia,
se comercia con los lujos,
con el cordero visible que se embriaga,
se espera un nuevo viaje a ninguna parte,
no hay más ninguna otra parte que este lugar.
Sale del fuego el esqueleto,
una sombra es demasiado para un trayecto,
el antifaz intenta la espera,
la sangre es visible al regreso,
sin nada se almacena la orilla,
en esta isla ha encallado un destino,
la caza, la tiniebla, el ojo impune, el intruso.