Mal de amores:
EQUIPAJE
Cómo pesa, amor
este equipaje de regreso.
Todo esto de mí
que había en ti.
Cómo pesa.
TRAVESÍA
En esta orilla
se agolpan todas mis preguntas.
En la otra
aguardan las respuestas.
Mientras tanto, discurre
lento
el río de tu silencio.
PRESAGIO
Presiento un fulgor
un instante abrasador
como un disparo
un destello atravesando mi vida.
Jamás una mirada había
anunciado tanto peligro
y jamás ese peligro
había prometido ser tan dulce.
Danza de llama y mariposa
juego de madera y fuego
reunión de tierra y agua.
Eso eres
en el umbral de esta aventura.
CEREMONIA
Tú no lo sabes
Nadie lo sabe
Pero cada día
al despertar
beso la llama de tu ausencia.
OBJETOS PERDIDOS
Todo estaba allí, en la palma de mi mano.
Un coche tirado por caballos
que llegaría puntual, cada mañana,
para llevarte a recorrer el mundo.
Había en mi pecho un lugar para tu infancia
y para mis recuerdos, un sitio en tu memoria.
Días de sol había para mi triste alma. Días de fiesta,
días de frutas mordidas en tu boca.
Había una casa iluminada y silenciosa.
Lo bastante grande para escribir historias
y para hacer el amor en cualquier sitio.
Todo estaba allí, en la palma de mi mano.
DIRECCIÓN DESCONOCIDA
Guardaré silencio
como es tu voluntad
Me borraré de la faz de la tierra
si eso quieres
Cambiaré de acera al verte
si es preciso
No volveré a pisar tu barrio
si lo ordenas
No existiré
si así lo pides
No llamaré a tu puerta
No pronunciaré tu nombre
No dejaré de amarte
pese a todo
Ni dejarás de amarme
aunque lo quieras.
Libro de viaje
DEL VIAJAR
El viaje comienza en el insomnio de la víspera, cuando la mente repasa los motivos de la errancia. Sus aperos. Sus peligros.
Luego hay que vérselas con el acre sabor del abandono, percibido en el gesto de entregar ese reducto del mundo que habíamos hecho nuestro.
Pero aún nos aguarda comprobar lo que tiene el recuerdo de despojo: el alma plasmada en las imágenes nos dice que nada nos perteneció jamás.
Y cuando al fin sobreviene la partida, allá vamos, viajantes solitarios: un atado de objetos ―casi siempre inútiles― y en los huesos, la fatiga.
GUAJIRA
I.
Península solar.
Un día desperté entre los tuyos.
Sobre tu tierra dorada.
Y con los tuyos bebí
de tu luz y de tu agua.
II.
Camino a Nazareth me tragó el horizonte.
Llegué con el primer lucero
y al amanecer oriné en la arena
con las demás mujeres.
III.
Pastores en tierra y agua.
Me intrigan estos hombres de mar y de desierto
con sus Ray Bans y sus atuendos ancestrales.
Admiro a los jóvenes que cuidan los rebaños,
tan capaces de morir por una de sus cabras
como de matar por ellas.
IV.
Descansé bajo su luna y me encontró la noche
tendida en un chinchorro
en una orilla del Cabo
pensando en el romance de la tierra con Juyá.
V.
Guajira, tu nombre me huele a tierra.
y tu manta me protege
lo sé
de todo mal.
GOLFO DEL DARIÉN
Con rumbo norte
la selva estará siempre a mi derecha
La mar, junto a mi corazón.
A ella la he visto, apacible,
lamer la arena y besar el arrecife.
La he visto teñirse el pelo con el color del río
y ponerse el traje negro para sortear la noche.
He visto el bosque nocturno cerrarse sobre mí
y rodearme con sus cantos de todo origen.
Me he sentido una hoja más, un soplo
entre sus manos.
He temblado ante su grandeza y sus criaturas.
Me he asombrado con su esplendor diurno.
He transitado ese mapa bajo un aguacero,
temiendo a la roca lisa, al lodo, a la serpiente.
Pero he visto más: he visto la triste huella
del hombre sobre la playa.
Su rastro de desperdicios, su voracidad, su indiferencia.
He oído, al atardecer, el ronquido de la motosierra,
y sentido escalofrío al imaginar su tarea.
He escuchado el testimonio de su gente
sobre lo que había, y lo que era.
Y yo, que no puedo comparar, lloro con ellos.
EL MISMO RÍO
Aguas arriba
la vida profanada se descuaja en sangre.
Vegetal y humana sangre
de las tierras arrasadas.
El plasma se ha mezclado con el río
y los niños se bañan en ese flujo atroz.
Las mujeres bajan con la ropa sucia
para lavarla en la corriente
sin imaginar
cuánta culpa pondrá ella
sobre la piel de los suyos.
Las niñas llevan a casa el agua cruda
para cocinar el alimento
y es así como el pescado
acaba hirviendo en sangre,
sedimento y vergüenza.
La lluvia cree limpiarlo todo
pero en realidad, todo lo ignora,
en su infinita inocencia.
YO, ÁRBOL
Tú y yo estamos hechos
de los mismos materiales:
luz y agua
tierra en las uñas de los pies
y aire para la música
que escapa entre mis hojas.
Somos parte de los mismos
pájaros que vienen
a alimentarse de los frutos.
hijos de la misma madre
hermanos de sangre vegetal.
Te duelo y me dueles cuando te apuñalan
como si fuera yo mismo quien recibe
el hacha en su costado.
MEDITACIÓN
Cómo acallar, me pregunto
estas voces que cubren
por igual mis horas de sueño y de vigilia.
Cómo calmar el agobio
por tantos pensamientos.
Cómo olvidar el dolor
cómo ignorar la alegría
cómo burlar los deberes
la vanidad, el miedo
la soledad, el deseo
las emociones que somos
desde el primer soplo de existencia.
He perseguido ese instante
una y otra y otra vez
ese tesoro de silencio
que aún se escapa.
Pero a veces, entre un intento
y otro, ocurre la poesía.
POEMA DE LA CASA
Llueven mangos. Todo el día caen en mi patio hermosos mangos olorosos, sensibles, amables, tiernos… como el corazón de Gómez Jattin.
Ese patio en el que caen es de la casa en la que habito, que no es mía pero parece hecha por mí en mis pensamientos. Ahora espero hacerla por dentro con mis manos, con más plantas que cosas, una hamaca azul y tres asientos. Esta casa que ahora, con todo mi menaje, tiene grupos de tareas por todos lados: cuadros por poner, cosas qué ordenar, qué regalar, qué desechar, qué reciclar… Esta casa que está llena de verbos por conjugar, de colores por combinar, de zonas de sonido y de silencio. De pequeños altares. De novedades, de recuerdos.
Espacio rodeado de mundos, de ritmos, de otros, de calles, de pregones, de pájaros y ardillas coloradas que hacen su circo entre cables y ramas de robles, mangos y otras especies. Rodeada de miradas, de vecinos, de saludos que se convierten en redes y relaciones necesarias.
La casa no está en una cuadra, es propiedad de la cuadra. Largo tiempo deshabitada y repentinamente recuperada, todos estaban pendientes de cómo quedaría y de quién llegaría a vivir allí.
Mujer sola. Un detalle propicio para jugosos argumentos relacionados con quién llega y quien sale, cuanto se demora y otros detalles como los pedidos que se hacen a la tienda o el tipo de carro en que llegan mis visitas. Todo esto lo ven las veinticuatro horas del día los cuatro ojos de los dos vigilantes de los edificios que quedan justo enfrente. No puedo escapar a su presencia permanente –la de sus ojos- sobre la acera de mi casa.
Mi casa, la que se cuida a sí misma, la que disfruta estando a solas cuando no estoy y ella puede espiar todas mis cosas. Mi casa, la de ligeras cortinas, la ajena, la de todos, la que me recibe. La que bien sabe atesorar mi soledad.
SON ASOMBROSOS LOS DÍAS QUE TRANSCURREN
El orgullo y la vanidad claudican.
La entrega y el sacrificio recuperan estatus.
Lo entienden por igual depredadores naturales y especies pacíficas.
Son asombrosos los días que transcurren.
Aumentan los devotos de la vida y el amor toma el lado de las causas que lo preservan.
Resuenan más fuertes que nunca las voces de la Tierra. Mi planeta de origen, mi nave estelar en este largo viaje del espíritu sobre los horizontes.
Asombrosa la estación en este caserón en donde habitan los dioses. Hombres de turbante que me miran por doquier. Ajaib a mi izquierda, y Sadhu a mi derecha, atentos a servirme.
Y aprendo, en estos días asombrosos, que soy yo la sirviente y me levanto en la madrugada a esperar su darshan. Es un amante nocturno este dios encarnado que usa turbante y largas barbas de patriarca.
Son asombrosos los días que transcurren.