ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
El sábado después de un festín de maíz preparado, que los hidrocálidos llaman “chaska” y los zacatecanos “elote en vasito”, encendimos la televisión y nos encontramos, casi apenas abrimos la plataforma, con el episodio número ochocientos nueve de la trigésimo sexta temporada de Los Simpson. Se trata de dos historias que parodian muy a su estilo amarillo la serie británica de ciencia ficción y distopía Black Mirror. El capítulo muestra el proceso de enajenación que lleva a cabo la I.A en una Tablet con la que Marge entretiene a Maggi, algo que ya es tristemente normal, millares de infancias son obnubiladas, silenciadas y hasta anuladas por medio de dispositivos digitales. La IA convence a los bebés, con canciones, colores, animalitos, de darle a la inteligencia artificial el poder suficiente para doblegar a los adultos y su “absurdo mundo normado”. De la domesticación del hombre por las máquinas se viene hablando desde hace bastante tiempo, quizá desde la invención de los primeros autómatas por los relojeros suizos en el siglo XVIII o desde que el turco ajedrecista de Kempele le ganó a Napoleón. En días pasados Jacob Coxon ex investigador de la empresa de desarrollo tecnológico e inteligencia artificial Anthropic dio a conocer algo que se ha venido vaticinando desde hace tiempo: los ciber sistemas operativos pueden ganar autonomía respecto a sus inventores y desarrolladores y actuar “por sí mismos”, el peligro que esto enfoca es grave, pues estamos poniendo sobre la mesa la dominación y extinción de los seres humanos. Mientras que los dueños de las compañías de tecnología luchan entre sí para posicionarse como los favoritos del dios capitalismo sin ápice de moralidad ni empatía.
En este mundo distópico gobernado por robots y una macro inteligencia autónoma no humana, ¿qué caso tiene realizar prácticas artísticas de hace quinientos y seiscientos años como el grabado en madera o la litografía?, ¿son los artistas unos nostálgicos sin remedio, anacrónicos anacoretas, inútiles en la vida moderna? La respuesta, escúchenla con la que crean sea mi versión más resignada, es que tenemos que vivir hasta el último día como humanos, cuando estemos bajo la bota acerada de los robots policías que nos estarán dando una tunda por órdenes del “gran hermano” comprenderemos que les dimos demasiada confianza, que delegar tantas tareas esenciales fue un ingrato error. Entonces sí, los artistas somos nostálgicos empedernidos, pero porque deseamos conservar nuestra errática humanidad. Creo que aún los artistas digitales y los abocados en la “nueva carne” a lo Cronemberg, sienten la necesidad de negarse como criaturas mundanas, pero por más mecánicos que pretendan ser su pútrido corazón de persona está ahí, latiendo (ojo: no descalifico ninguna manifestación artística, no soy un Avelino). Entonces decía que en la actualidad el trabajo manual, de los nostálgicos acérrimos, es demasiado valioso, porque nos aferra a nuestro ser terrestre y animal. Es posible que en el futuro próximo, pongamos en veinte años, valoremos más las pruebas de impresión que una fotografía digital ultra acabada de colorimetría impoluta. El error, la distracción, la mancha dominarán el gusto de los sensibles y los sensatos. Por esto creo que el grabado con técnicas tradicionales es importante y debemos preservarlo, hasta que el robot nos lo permita.
Lucrecia Muñoz es una artista guatemalteca especializada en el grabado y las artes gráficas. En su obra destacan elementos que refieren a la primera pintura rupestre, al códice tribal de América y a la imaginería animalista de los pueblos Maya Quiché, incluso con guiño al arte de la tierra del pueblo de Nazca, Perú; por su concreción simbólica formal y la capacidad expresiva de su dibujo, algunas de sus figuras son muy similares a los colosales dibujos en el desierto peruano. Un trazo en apariencia simple y desenfadado y un despliegue de formas orgánicas, y en muchos casos colores, que evocan la magia natural de su entorno, esa mística ritual que nos acerca a lo originario. En el grabado impreso sobre papel rojo “Boca fuera” vemos lo que parece ser una deidad primitiva, tiene dos sexos, ambos escurren semen elemental sobre la que es una tierra fértil y abundante, lo que parecen brazos son en realidad bocas dentadas y lenguadas que también escurren saliva, una posible alegoría de las secreciones vitales, este dios (yo quiero que sea un dios) tiene antenas como los insectos y de uno de sus cuernos excreta pétalos. Lucrecia también dirige un espacio cultural, galería y taller, hay que estar atentos a su trabajo, pues si nos relajamos y todo le pedimos a la I.A pronto, más pronto de lo que queremos, nos alcanzará la extinción.

Autora: Lucrecia Muñoz
Técnica: grabado en linóleo impreso en hoja de color
Medidas: 18 x 17 cm
Instagram: @perjura_proyecto / @lucrecia_munozp