ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Mi acto era el destrozo enérgico de un crucifijo, tendría quince o dieciséis años cuando representamos aquella obra escolar; desde aquel momento experimenté el teatro, la transformación del actor, la catarsis colectiva. No me precio de ser un gran espectador, he visto más bien poco teatro. Me gusta más el “drama psicológico” como escribe Nietzche, que el llamado “teatro de calle”, personalmente me conmueve más la historia que la maroma, más la narrativa que el acto circense, pero no desprecio nada y digo que sí a cuanta oportunidad se me presenta, pues como subrayaba el maestro Jesús Aragón: “nunca sabes cuándo te vuelvan a ofrecer de eso”, así que he visto poquito pero diverso: de foro, de calle, pobre, ambientalista, ritual, performance, happening, cine-teatro, musical, pastorelas de pueblo, escolar, de títeres, de atril.
Pienso que el teatro todo es tan hermano del rito, como lo escribe Artaud, que llegar a su separación es un mero protocolo de la industria, uno se emociona con la obra o la detestas y te sales, pero una vez dentro de la ceremonia difícilmente la indiferencia será tu sino. Escribe el poeta francés en “El teatro y su doble” que la vida es cruel, su movimiento indiscutiblemente violento, la tormenta un dechado de energía, el crecimiento de los seres vivos, su afirmación, el sexo entre los patos, los felinos y los canes ¿han visto que salvaje bravura de vida plena? Así como la vida misma el teatro ha de ser cruel y arrebatado, violento y salvaje, debe sacudirte, cambiarte.
En occidente adoramos a los malos, incluso si nos hacen daño, sólo revisen sus tendencias políticas y todas son dirigidas por algún perverso malandrín. Es bien conocido el culto estadounidense a los asesinos seriales, una de esas “superestrellas de la muerte” es Jhon Wayne Gacy, mejor conocido como “Pogo”, por ser este el mote con el que llamó a su personaje de payaso. Gacy fue el típico niño traumado por el abuso paterno que terminó por convertirse en un predador sexual y asesino, con al menos treinta y tres homicidios catalogados. En prisión realizó unas cuantas pinturas en las que “payasitos” de tétrica dulzura exudan perversidad.
Hace unas semanas asistimos a la obra de teatro “Pogo: el payaso asesino” con el protagonismo y la dirección del actor Víctor Vásquez. La actuación es maravillosa, los registros en la voz del histrión son diversos y cada uno posee el tono y la intención precisos, hace de niño, de papá borracho, de policía, de mamá sumisa, de adolescente, de galán. Es sorprende observar a más de doce personajes desarrollados por una sola persona y algo muy hermoso que sólo sucede en el teatro: el sofá es un auto, una sala de casa, una mesa: tabla de la tortura, escritorio. Las casi dos horas se pasan en tensión, por momentos la gravedad de lo representado puede herir la susceptibilidad, Vázquezrepresenta violaciones, homicidios, ultrajes varios con sutileza y elegancia sin dejar de ser brutales, luego nos saca de ahí con un comentario ligero o un chiste.
Al final de la obra Víctor Vázqueznos regaló con su amabilidad y simpatía, se hizo una dinámica de despedida de la obra con lanzamiento de Doctor Simi incluido. Lo busqué en los camerinos para obsequiarle una pintura de su personaje, él, muy atento, volvió a colocarse el sombrero de payaso para tomarse fotografías con nosotros. Si tiene la oportunidad de ver a este actor en escena no la pierda, vale más que diez mil maromas en el aire.

Instagram del actor: @victor.vazquez.actor