ENRIQUE GARRIDO
Me tocó la habitación 109, al fondo de un pasillo. Mi hotel se encuentra entre un globopuerto y la Pirámide de la Luna, lugar sagrado donde el pasado 20 de abril un chico intentó un copycat de los sucesos de Columbine. Ambos lugares son visibles desde la entrada.
Cubrir esta justa mundialista desde un pueblo ha sido una experiencia enriquecedora, llena de postales que atesoraré, pese a la sombra del monstruo dueño del fútbol-empresa. Les cuento una, cuando niños y niñas iniciaron su propio partido, debajo de la pantalla gigante, sin árbitros, sin marcas registradas, sin multas descomunales, sólo fútbol. No recuerdo a quién le escuché decir que basta con darle una pelota a unos niños y ellos jugarán, allí radica la esencia del fútbol. Porque es un juego de naturaleza marginal, austera, de barrio, de las clases trabajadoras. El Cthulhu futbolístico ha intentado quitar eso. Decía Eduardo Galeano que a medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría. Sin embargo, soy optimista y pienso que el fútbol todavía tiene algo que enseñarme.
Pese a toda la incertidumbre, me considero afortunado. Celebré el gol de Irán como si fuera propio. Es su primer gol en este torneo, y considerando las condiciones de maltrato, así como el aspecto geopolítico, es una selección que debe cruzar la frontera como si fuera línea de fondo. Una verdadera proeza anotar en un país que no les permite estar más de 90 minutos en su suelo. Así, la cancha se vuelve un espacio neutral que equilibra un poco el mundo, aunque después del silbatazo final deban abandonar el país.
Estoy viviendo un mundial atípico, lejos de mi familia y cercano a los oriundos de un pueblo maravilloso. Desde el fondo del pasillo reflexiono sobre lo que he podido ver, niñas y niños jugando su propio mundial y el empate de Irán en tiempos de Trump. Como dijo Albert Camus, «todo lo que sé de moral y obligaciones se lo debo al fútbol». Siento que muchas veces sólo se trata de celebrar un gol en medio de la hostilidad y buscar el empate frente a la incertidumbre, sin olvidarnos que al final somos niños jugando y que debe ser divertido.
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