ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Una polémica muy incendiaria que sacude las redes sociales entre los diletantes, artistas y otros afines a las manifestaciones del arte es decir lo que sí y lo que no es arte; desde figuras mesiánicas, pero insulsas, como Avelina Lesper, cuya idea de arte es sólo manifestación de virtuosismo y representación mimética, hasta quienes tildan de arte el par de huevos fritos que almorzaron. Lo que personalmente me resulta entretenido e interesante no es alcanzar una definición, sino escuchar, reflexionar y dialogar con las posturas, que son tantas como personas que opinan. Definir es un lastre inútil, ¿definir para qué, qué haremos con la definición totalizante? Yo, por ejemplo, seguiré pintando acuarelas feas, me seguirá gustando la pintura occidental, sin prestar atención a los discursos reivindicativos chovinistas del poder de bronce ni a mexicanismos zafios de bigote y sombrerote.
Hace falta que para este diálogo pensemos en arte como una totalidad, no como una particularidad en tanto pieza u obra. Tratamos de decir lo que es el arte, pero sin ganas de recortar su perímetro para quedarnos con la silueta bien delimitada, sin mordiscos de tijera. Tampoco hablamos de manifestaciones artísticas ni de las vilipendiadas bellas artes, sino de lo anterior y más. Después podremos avanzar a una meditación profunda acerca del ser de la pintura, la música o la danza.
El concepto “arte” nace de la crisis de la religión y de la metafísica más o menos en la época en la que empezó a hacerse “arte” y no ritual o cuando se escindió el ritual de la creencia, es decir cuando la idea de Dios no fue suficiente para mantener la macroestructura mítica que sostiene los relatos acerca de la existencia y sus preguntas, podemos decir que a partir del siglo XV en occidente, época en la que además nacen los artistas, separados del vidente, el sacerdote y el médium, pero con cierto dejo de éstos.
Ya en el siglo XIX el romanticismo de fin de siglo parecía promover una idea de lo artístico como un deleite sensual de la experiencia, y el dolor, de estar vivos, el artista en muchos casos, ese personaje atormentado y genial, presa de un bello rapto, presentaba al mundo sus visiones proféticas, desencantadas, morbosas, dulces o inocentes; este modelo siguió hasta culminar en el siglo XX con Pablo Picasso y en la música con la figura del “rockstar”, un artista hiperfamoso al que todos vemos consumirse y al que le aplaudimos sus excesos y sus más deprimentes desvaríos. Arte como un algo que posee, una fuerza no humana soportable sólo para el genio y para el perverso. Marcel Duchamp liberó al arte de este misterio y lo adentro (al misterio) en el mundo de lo ordinario, es decir el arte no es algo se “hace” es algo que se “experimenta”.
¿Pero qué es entonces el arte?, ¿una cosa, el conjunto de las obras, una enfermedad, un postureo, una adicción, un pretexto vital, un capricho burgués, un síntoma de la ideología, qué? Pues sí, me parece que arte puede ser todo eso y más y que no hay una definición estricta y qué bueno, pues así tanta razón llevan los que atacan el arte conceptual por no manifestarse a través de los objetos como los puristas de la pintura de caballete, el artesano ante el barro y el creador de hapenings y performance, el músico de partitura y el artista noise que graba el reptar de los automotores en la autopista. Lo importante no es definir, sino transitar y si dicen que al valer todo, todo pierde su valor, les diremos que la vida misma es así: un absurdo cruel que es bello por ser inaprensible e indefinible.
