JUAN GERARDO AGUILAR
Quienes han tenido la oportunidad de cruzar existencias conmigo pueden dar fe de que uno de los principales rasgos que me definen es el humor negro, no como una impostura, sino como una actitud ante la vida que ha sido pieza fundamental de mi carácter; incluso una vez, hubo quien me dijo: “contigo, ni siquiera estando dormido se puede hablar demasiado en serio.”
Y es que ha sido en el humor negro, en el sarcasmo y en la ironía donde he encontrado la mejor vía para expresar lo que pienso, lo que veo y lo que siento. Pero eso no es de hoy, es algo que creció junto conmigo y cuya evolución se la debo, fundamentalmente, a la intervención de dos personas: mi madre y mi madrina.
Jamás he negado que mi humor negro se lo debo al hecho de haber crecido y ser criado por dos mujeres muy poco ortodoxas, agudas en el pensar y en el decir, sin filtros, con una gran agilidad mental y una capacidad formidable para atrapar y dar forma o afilar las palabras según la situación o el destinatario. Dos mujeres boomers que hoy, con toda seguridad, estarían más funadas que yo.
Pero con todo y su sarcasmo y su saber inmediato eran capaces de componer frases tan dolorosamente bellas del tipo: “No es que sea rencorosa, simplemente cuando alguien se me sale del corazón, ya no vuelve a entrar nunca…” o “Aprende siempre a granjearte el taco, porque la gente te perdona ser grosero, pero no malagradecido…”
Con frases y actitudes como esas fui desarrollando mi propio personaje, a tal grado que lo llevé más allá y aprendí a convertir mis desgracias y tragedias en motivos de burla. Por supuesto que dolieron, por supuesto que costó trabajo superarlas, pero el humor negro y la ironía, incluso hacia mí mismo, ayudaron a hacer el proceso más llevadero.
Recuerdo la primera vez que leí La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde. Yo ya conocía el sarcasmo como mecanismo de supervivencia doméstica, pero fue ahí donde entendí que también podía convertirse en una forma de inteligencia. Wilde construye una obra donde prácticamente todo mundo miente, finge o representa un papel y, sin embargo, los personajes terminan siendo mucho más honestos que muchas personas que presumen decir siempre la verdad.
Encontré algo profundamente liberador en eso, en descubrir que la ironía no necesariamente es cinismo, sino una manera elegante de exhibir las contradicciones humanas. Que uno puede decir cosas terribles y hermosas al mismo tiempo, que una carcajada también podía contener una verdad incómoda.
Entonces entendí mejor a mi madre y a mi madrina. Entendí que no eran solamente sarcásticas, sino unas auténticas punks infiltradas en un mundo de convencionalismos. Dos mujeres rebeldes que no usaron cresta ni chamarras de cuero, pero que cuestionaban todo: las apariencias, la solemnidad, las buenas costumbres y, sobre todo, la estupidez humana. Porque eso sí: toleraban casi cualquier cosa, menos la tibieza.
Mientras otros educaban con sermones, ellas educaban con frases demoledoras. Si llegabas sintiéndote la víctima, encontraban la forma de consolarte y de exhibirte al mismo tiempo. Si te rompían el corazón, te abrazaban primero y después te recordaban que tampoco eras la última caguama del refri.
Había ternura, sí, pero no una ternura disfrazada de fragilidad. Con el tiempo comprendí que el humor negro tiene muy mala reputación porque suele confundirse con la crueldad. Y aunque a veces ambas cosas pueden encontrarse en la misma mesa, no son lo mismo. La crueldad busca herir; el humor negro, sobrevivir.
Por eso no es casualidad que muchas de las personas más graciosas que conocemos también hayan cargado historias bastante jodidas sobre los hombros. Como si la risa fuera una forma de reciclar el dolor para que ocupe menos espacio.
Al final, uno aprende que hay tragedias que no desaparecen. Lo que cambia es la manera en cómo decides convivir con ellas: hay quienes las convierten en amargura, hay quienes las convierten en resentimiento y hay quienes las convertimos en chistes… No porque no nos importe, sino porque encontramos en la risa una forma menos dolorosa de cargar la maleta.
Recuerdo que alguna vez una pareja me reprochó mi tendencia a bromear sobre asuntos serios, incluyendo las veces que me libré de la muerte. Me dijo que había temas con los que no debía hacerse humor.
Quizás tenía razón, pero también pensé que las desgracias no suelen pedir permiso para instalarse en nuestra vida. Esas nomás llegan, se acomodan y se quedan años enteros. Frente a eso, reírse tampoco parece una estrategia tan descabellada.
Además, el humor negro posee una virtud extraña: te exhibe. Porque una broma suele revelar más de una persona que una hora completa de conversación seria, y el sarcasmo bien utilizado funciona como una especie de radiografía: permite ver debajo de las máscaras, debajo de las poses, debajo de esa versión perfecta que muchos intentan proyectar.
Tal vez por eso forma parte de mí, porque en una época donde todo parece diseñado para aparentar, el humor negro continúa siendo una forma bastante efectiva de desnudar la realidad. Y también porque recuerda algo fundamental: que nadie sale vivo de esta historia. Todos vamos hacia el mismo sitio; algunos con dignidad, otros haciendo el ridículo.
Quizás por eso vale la pena aprender a reírnos un poco de nosotros mismos mientras tanto. No para minimizar el dolor, no para negar las pérdidas, no para fingir que nada importa, sino porque, cuando todo lo demás falla, todavía nos queda esa capacidad profundamente humana de encontrar una risa en medio del desastre.
Y si algo me enseñaron aquellas dos mujeres que me criaron fue precisamente eso: que la inteligencia sirve para entender el mundo, pero el humor sirve para soportarlo. Finalmente, cuando las tragedias hacen fila, cuando la vida se empeña más en golpearnos, cuando ya no sabemos qué hacer con todo lo que sentimos, siempre queda el recurso más antiguo de todos: reírnos.
Oscuro, sí, pero también profundamente humano. Tan oscuro como nuestro propio humor.
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