Fotografías: Pinturas de Montserrat Moreno en el Museo de Arte Contemporáneo/Cortesía.
RENÉ FALCÓ
La primera vez que presencié la obra de Montserrat Moreno, artista plástica radicada en Querétaro, fue en la que entonces era la casa de otro buen amigo pintor. Él tenía la pieza colocada al final de una pared: era una especie de espectro femenino que te fundía con la mirada y te deshacía plenamente el alma. Me encantó. Descubrí, por primera vez, la belleza esotérica y cómo el óleo puede llegar a retratar visiones oníricas que se dejan entrever por paredes, pasillos de museos y galerías.
Me atrevería a decir que la obra de Montserrat Moreno es una de las más sofisticadas y de mayor intensidad estética dentro de este barroquismo, de esta necesidad oscura y penumbrosa; un goth que logra resolver la duda de la plástica queretana: hacia dónde vamos, qué necesitamos y cuál debería ser la búsqueda de algunos pintores aquí en Querétaro. Porque, en este lado del país, la pintura ha alcanzado un nivel de decadencia que termina absorbiendo únicamente necesidades técnicas y no estéticas. Desarrollan, pero no crean. Fabrican, pero no imaginan.
Y vaya que la obra de la que hablo aquí mantiene firme la imaginación y la creación. Indiscutiblemente, el mundo pictórico de Montserrat está lleno de una estética cruel y tiernamente fantasmagórica; sus lienzos revelan la música de Moondog y reverberan las pesadillas como un bien hermoso y necesario.
Yo invito al lector a descubrir y buscar la obra de Montserrat; a seguir de cerca su trabajo para lograr vislumbrar lo que el arte puede alcanzar: construir magia, mundos lejanos que pueden poseernos, reinos de la levedad y del espíritu.
Porque todavía existen artistas capaces de recordarnos que la pintura no sólo debe ser un ejercicio de oficio o virtuosismo, sino también una invocación. En tiempos donde gran parte de la producción visual parece vacía, inmediata y olvidable, la obra de Montserrat Moreno insiste en lo contrario: en la permanencia de lo misterioso, en la contemplación lenta, en la herida estética que permanece incluso después de abandonar el cuadro. Sus figuras parecen surgir de un sueño antiguo, de un ritual íntimo y silencioso que transforma el lienzo en un portal emocional y espiritual. Y quizá ahí reside la verdadera potencia de su trabajo: en hacernos sentir observados por aquello que no comprendemos del todo, pero que, aun así, nos seduce profundamente.