CARLOS FLORES
Comienza el día con el ruido de la alarma de mi celular, arrancándome de un sueño inquieto que ya no puedo recordar, pero que su sensación se mantiene en mi mente, y en mis venas corre como un líquido amarillo de ansiedad y la pesadumbre se apodera de mí. Soñé, creo, o más bien siento, a cientos de personas que desaparecen día a día, y que terminan su vida desangrados porque algún gringo o europeo, o vaya usted a saber de dónde, eso sí, muy rico, consideró que su sangre podría hacerlo sentir más joven; a cientos de niños desechados por ahí luego de que sus órganos fueron extraídos de su cuerpo porque algún millonario necesitaba que su hijo, que años más tarde se convertiría en un psicópata asesino, sobreviviera, aunque no lo amase por completo, sino por puro poder y por capricho; que una pobre mujer llora la muerte de su hijo, quien fue brutalmente asesinado luego de ser advertida de que dejara de meterse en los asuntos de un político corrupto; que una institución, de la que depende mucha gente, se vino abajo por el capricho de un funcionario criminal y ojete.
Como las películas norteamericanas de los ochenta en donde se veían los anuncios de gente desaparecida, ahora abundan en los postes y en los muros de esta triste ciudad carteles de la fiscalía que anuncian la desaparición de alguien, solicitando información que ayude a encontrar a estas personas. “Saben disimular bien”, dice mi compañero de trabajo, “como si no supieran quién se los lleva y a dónde”, con mucha seguridad. Yo no sé si lo dice porque en realidad sepa o de puro dolor, porque la gente ya no tiene de otra más que sufrir, o de publicar a diario esas “simulaciones de búsqueda” con la esperanza de que alguna vez aparezca su familiar, aunque sea muerto, para darle una sepultura digna: ya hasta suplican a los criminales que les digan dónde entierran a sus víctimas.
Si existiera el infierno, creo que México… qué digo México, Latinoamérica… no, mejor, América… no, no es suficiente… el mundo entero, tal vez, con sus líderes corruptos, sus amos de la guerra, sus ideologías religiosas disfrazadas de odio, ¿o al revés?, su odio disfrazado de ideas religiosas, o mejor aún, su ambición y sed de poder disfrazadas de religión… en fin, el infierno está aquí en la Tierra. Todo es ya una parodia de un mundo ideal; las luchas de nuestros antepasados que tal vez tenían claro lo que buscaban, ya no le interesan a nadie, aunque en las escuelas oficiales aún se cante el Himno Nacional; quienes tienen ahora el poder poco se preocupan por la gente que depende de ellos, pues sólo piensan en llenar el bolsillo o el ego, y sentados en su trono, semejan un triste demonio que se alimenta de adulación y la energía que genera la miseria y el dolor de aquellos a quienes perjudican.
Pobres diablos que aparecen con aires de dignidad, con el corazón vacío de una a otra costilla, diría el poeta, que amanecen con resaca por culpa de sueños que no recuerdan, porque ni tiempo les queda: tienen que cubrir las mentiras que han acumulado y salvar el día, como el adicto con su resaca; tienen que engañarse y sentir que son excelentes líderes y que su sueño fue haber sido el mejor de su clase, cuando sólo sembraron muerte y miseria, creyéndose rodeados de poder y simpatía, simpatía simulada por otros diablos más miserables que son capaces de pisotear tumbas, robar espacios, incluso asesinar, para que el diablo más afortunado se digne a sentarles junto a él, en su trono de miseria, mentira y poder; y, al igual que el decadente mundo que sufre un daño irreversible, cada vez más inundado por la basura que generamos, el espíritu de nuestro tiempo vive la decadencia de un imperio, de un sistema, de una humanidad estupidizada que ya no puede detener su propia destrucción.
Disculpe, estimado lector estas disertaciones tan desordenadas, pero no hallo en donde acomodar mi indignación, mi miedo, mi tristeza y mi dolor, pues cada día despierto con ese sentimiento, con sueños que no recuerdo, o no quiero recordar, en una realidad que supera las pesadillas, donde aquellos con los que compartimos son arrebatados de esta vida por un monstruo anónimo, una sombra imparable, alimentada por esas pobres almas sedientas de poder, que en su sueño, su vida, su existir, se olvidan de que no están solos en el mundo, esa pequeña mota de polvo en el universo, que también es su único hogar.
Octubre de 2025