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MARTÍN OSCAR SÁNCHEZ BECERRA
Era una tarde lluviosa en el pueblo, de esas en las que la tierra huele a barro y los perros se esconden bajo los tejados. Las hojas de los mezquites crujían con el viento y rodaban por el empedrado de las calles vacías. En el último rincón del pueblo estaba la calle de la familia Rodríguez, una hilera de casas que parecían abandonadas. La única habitada era la suya: una casa de adobe, con el techo vencido y las ventanas cubiertas de polvo. Nadie en el pueblo recordaba cuándo habían llegado, pero todos decían que eran raros, que escondían algo.
Aquella tarde, al pasar de regreso de la escuela, vi a la anciana en el porche. Estaba sentada en una mecedora, inmóvil, como si hubiera estado ahí desde siempre. Sus ojos apagados me siguieron hasta que doblé la esquina. Sentí un frío extraño en la espalda y apuré el paso.
Al llegar a casa le conté a mi madre. Ella, mientras desgranaba el maíz para las gallinas, me dijo que no sabía gran cosa de esa familia, que lo mejor era no acercarse. Pero lo dijo con un tono raro, como si estuviera escondiendo algo. Esa noche no pude dormir; escuchaba el croar de los sapos, el aullido de los coyotes y el sonido de la lluvia golpeando las láminas, mientras la imagen de la anciana volvía a mi mente una y otra vez.
Durante dos días me quedé pensando en aquello, hasta que la duda me ganó. Esperé la noche más oscura y fui hasta la casa. Apenas asomé la cabeza por la ventana y vi una escena inquietante: un televisor viejo iluminaba la penumbra, un hombre obeso estaba sentado, inmóvil, con la mirada perdida. A su lado, la anciana sonreía apenas, como si lo vigilara. En el sofá, una niña envuelta en una manta sucia no se movía; parecía una muñeca olvidada.
Regresé varias noches y siempre vi lo mismo. Hasta que un día no pude más y decidí entrar. Lo hice por la ventana del cuarto de la niña. El olor era denso, a humedad guardada por años. Por la rendija de la puerta vi a la anciana en la sala, inmóvil como una estatua. Algo en la penumbra me llamó la atención: sobre una mesa había un papel arrugado, con un dibujo infantil. Era la anciana, con un cuchillo en la mano y a sus pies un cadáver. Ese cadáver era el mismo hombre que estaba en el sofá.
Volteé de nuevo hacia la sala, pero la anciana ya no estaba. Algo frío me rozó la espalda. Antes de que pudiera gritar, una mano huesuda me tapó la boca con un trapo que olía a hierbas amargas. Me desmayé.
Desperté en el sótano, apenas iluminado por un foco colgante que parpadeaba. El aire era pesado, olía a tierra mojada y sangre vieja. En la penumbra vi la silueta de la anciana, avanzando lentamente hacia mí, su sombra alargándose en la pared.
—Como siempre… la curiosidad mató al gato —dijo con una voz ronca que me heló la sangre—. Así les pasó a mi esposo y a mi hija. Les pedí que no bajaran aquí, que no preguntaran nada. Pero lo hicieron. Y sólo había una forma de callarlos.
La carcajada que soltó resonó en las paredes de tierra.
—Ahora es tu turno —añadió, levantando un cuchillo y una manta tejida.
No recuerdo si grité o si el grito se me quedó atorado en la garganta. Sentí la manta áspera cubriéndome el rostro y algo caliente deslizándose por mi cuello. El sótano se oscureció, no porque el foco se apagara, sino porque mis ojos dejaron de ver.
Desperté —o creo que desperté— en el sofá donde siempre había visto al hombre obeso. Sólo que ya no estaba él. Ahora estaba yo. Mis manos son frías y rígidas. La niña sigue a mi lado, inmóvil, con los ojos muy abiertos, mirándome sin parpadear.
Por las noches, la anciana se sienta frente a nosotros en su mecedora y canta bajito canciones que no entiendo, mientras afila el cuchillo en el borde del sillón. Intento cerrar los ojos, pero no puedo. Cuando trato de gritar, no sale ni aire.
Creo que todavía estoy vivo.
O tal vez ya no.
Sólo sé que, cuando la puerta vuelva a abrirse y otro curioso entre, la anciana sonreirá, se levantará despacio y volverá a decir:
—Ahora es tu turno.
Y cuando lo diga, estoy seguro de que yo también sonreiré.
En lo personal me gustó mucho esta historia.
Al comenzar a leer la historia ya no puedes parar y sigues hasta que la terminas de leer.
Este cuento es una narrativa cual hilo que se devana lentamente, sin prisa. El lenguaje es sencillo, teje metáforas sin adornos, directo, ligero, crea imágenes coherentes con la trama con sus palabras. Felicito al joven creador, le auguro muchas narraciones que contagiarán emociones, sensaciones y que nos atraparán con su lectura!
Muy bonita!!!
Nahhh es la mejor cosa que e leeido en toda mi perra vida 👍 saka mas porfa
Me parece muy buena