SARA ANDRADE
Estoy trabajando (por elección propia y, al mismo tiempo, porque no me queda de otra) aproximadamente 14 horas al día. Dos trabajos, de 11 a 1 de la mañana. Duermo cinco horas en promedio. Mi casa, la que pago con el trabajo que me roba la vida, es más como un motel de paso. La comida me la como en tiempos robados. No me maquillo porque no tengo tiempo de desmaquillarme. Leo en el camión. Sí veo el amanecer y el atardecer, pero solamente porque hago el esfuerzo de abrir la ventana, la que sea, la más cerca, para asomarme y ver nacer y morir el día que me acompaña en mi tránsito de hormiga afanosa. Encuentro deleite en ir y venir. Me gusta ver las caras familiares de este episodio en mi vida. Me gusta sentir que hago conexiones y que creo experiencias. Estoy tan cansada que no me parece que dormir un año entero sea suficiente, pero mi espíritu no se amilana.
No vale la pena, sin embargo. Eso es un poco a lo que voy. Trabajar tanto y gastarme la vida en juntar dinero para pagar la renta y el mandado y las medicinas. Cada día se siente como si me estuvieran robando a mano armada. El esfuerzo que estoy haciendo no se siente proporcional al pedazo de capital que mis patrones se han dignado a darme; pero solo poquito, no se me vaya a ocurrir que merezco dignidad. Es un asalto. Siempre lo ha sido, pero cada día se siente más descarado. Porque ellos y yo también sabemos que si no sigo en este fraude la única que va a salir perdiendo soy yo. Así que me aferro a las cosas que no pueden robarme. A mí misma, a la belleza que veo con mis ojos cuando no están en renta, a las palabras que escribo cuando mis manos no están en el servicio del otro.
Antier, salí de mi casa para encontrarme con el tránsito del bulevar detenido. Genial. A mí, que no le tengo cariño alguno al sistema que exige mi sangre, me parece increíble perder una hora atascada con todos los desmañados. Alguien dice que hay una manifestación. En Facebook, me entero del asunto: padres de familia de alumnos de la Secundaria Técnica 1 tomaron el bulevar para exigir resolución respecto al caso de pornografía infantil generada por IA. Leo la nota varias veces porque no puedo creer que esta sea mi realidad.
Así que los modelos de lenguaje grande son el nuevo opio. Es el sarampión, es el crédito a meses sin intereses. El chatbot que pasa la prueba de Turing no es nuestro amigo, sino la venda y las esposas que nos dan los señores supremos en la cúpula del poder, para que nos matemos entre nosotros y ellos puedan seguir en su glorioso afán de ver quién se convierte en el primer trillonario. Y yo no puedo evitarlo. ¿Quién soy yo para salirme de la matrix? Tengo que trabajar para pagar los datos con los que estoy leyendo la noticia de por qué no puedo llegar al trabajo. Es por ChatGPT, por Grok, por Gemini. La máquina que se supone que debía hacer mi jornada más fácil la está arruinando. Dios, ahora entiendo a los ludistas. Quiero tirar mi celular por la ventana y experimentar cierta satisfacción en la venganza sin sentido.
Pero no tengo ese privilegio.
El único que me queda es guardarme el teléfono en el bolsillo de la chamarra y mirar por la ventana.
De mi lado de la calle, una muchacha ha decidido que no puede esperar más. Así que sale del camión que la lleva a la escuela y, con su mochila en el hombro, comienza a correr hacia Plaza Bicentenario. Quiero seguirla, pero hoy, hoy particularmente, estoy muy cansada.