“Crees que tu dolor y tu corazón son únicos en la historia del mundo,
y entonces lees… «
ASTRID CARRILLO GARRIDO
Cuando ocurrió el accidente de mis papás, yo estaba en clase, sonó la llamada de mi tía y la rechacé. Al terminar, la regresé de inmediato, no es que me acostumbren a llamar a las 7 de la mañana. Me da la noticia, cuelgo, corro al cuarto más pequeño que había, intentando que los muros pudieran contenerme, caí en cuclillas, se aceleró mi respiración, mi corazón, era yo intentando correr, pero inmóvil, llorando. Entró Santiago, me preguntó qué pasaba, tan sólo lo miré porque no pude responder, me abrazó y entre sollozos, intenté explicarle.
Y ojalá hubiera leído historias tristes desde antes.
Estoy convencida de que cuando nos ocurren situaciones trágicas o peligrosas, nuestro cerebro se pone a buscar, en su gran red, si hay algo parecido, alguna experiencia, historia, anécdota de fuentes incluso como libros, que nos pueda servir y que le indiquen cómo actuar, cual si fuera un código de computadora. Al no tener un código ya hecho, el sistema mental en ocasiones se quiebra, con un ataque de pánico o hasta una respuesta vasovagal, es decir, se desconecta.
Y desconectado, o en crisis, es imposible moverte, pero necesitas moverte. Si no hubiera tenido a Santiago a mi lado, no sé qué hubiera pasado, tardé en reaccionar más de 1 hora y la sensación de que viniera algo peor era inminente.
Los libros, aun cuando son temas tristes, de pérdida, búsqueda, enfermedad o lo que sea que irrumpa nuestro entorno, nos confrontan con una realidad hipotética donde podemos aprender del camino de nuestro héroe, ya sea que salga victorioso o tan sólo nos proyecte su dolor de forma poética.
El papel, a diferencia de la vida en movimiento, lo hace de una forma especial, con distancia. Distancia que no te dará escuchar la historia de la fuente directa, y que, además, estaría cargada de juicios, estrés por decir las palabras adecuadas y especulaciones. La distancia perfecta que te permite asimilar, poner pausa cuando el dolor es demasiado y cerrar el libro. Volver a abrir cuando sea que estés listo.
Y hablo de forma retrospectiva porque en ese entonces me hubiera gustado tener con qué compararlo, saber cómo actuar. Los libros han tenido ese bello encantamiento donde conozco un Heatcliff o al personaje de Kierkegaard en Diario de un seductor y tengo la capacidad de salir corriendo. Pero me concentraba en leer sólo historias felices, convencida de que el mundo ya era complicado, ¡para que leer más de ello! Y no digo que esté mal, propongo un equilibrio, un exceso de libros tristes nos podrían hacer miserables, desconfiados y tórpidamente existenciales.
Ahora lo pienso de forma prospectiva. Ya que tengo el gusto por las historias tristes, después de un acontecimiento que volcó mi vida, noto cómo me funcionan para saber que hay un lugar al cual llegar, que la vida no se estaciona en una desgracia, a menos que no me mueva. Y no, no descubrí los 10 pasos para superar la desdicha, y podríamos tirar a la basura todos los libros y videos que dicen hacerlo. Y es que hay que aceptar algo: para problemas complejos, las opciones simples no funcionan. Somos más que una receta de cocina o un protocolo de actuación ante un sismo.
Pero en cambio, un poema reconforta, un cuento sorprende y un relato te convierte en un sinfín de personajes de donde puedes tomar lo que mejor te funcione o tan sólo hacerte saber que no eres el primero ni el último, y sí, podría ser peor. Me sirve, porque ante la negación, depresión, el leerlas me abre un camino donde puedo sentir, llorar y comprender para así avanzar, a veces los duelos se entorpecen; pero también, al leer con la calma debida, tuve la epifanía de que la parte oscura no es el todo, que dentro hay herramientas, personas, condiciones que pueden mejorar el trayecto.
El mundo es caótico y quiero pensar que jamás estaré o alguien cercano estará en la situación que relata Cristina Rivera Garza sobre su hermana; o en la de Piedad Bonnett con el suicidio de su hijo; historias de prisioneros de guerra como la de James Graham; Dazai narrando cómo se perdió en la ludopatía y el alcoholismo.
Por probabilidad no estaremos en su piel, pero sin duda nos ayudarán a entender el mundo; a ver la maldad, la guerra, la pérdida, el suicidio o la depresión con conciencia, sabiendo que tienen una raíz y una forma y que hay cosas que no podremos evitar, pero encontraremos la forma de enfrentarlas y a las personas que nos acompañarán.
“…Fueron los libros los que me enseñaron que las cosas que más me duelen eran precisamente las que me conectaban con todas las personas que estaban vivas, o que habían estado vivas alguna vez.”
James Bladwin
