Dice Italo Calvino que un libro se convierte en clásico porque no pierde actualidad, sino que la vamos resignificando personal y colectivamente en cada lectura que le damos. Así sobrevive Virgilio, Dante Alighieri, John Milton, Safo, Virginia Woolf, Jane Austen, las hermanas Brontë, Fiodor Doestoievsky y Lev Tolstoi, entre muchísimos otros, pero también hay libros que se vuelven clásicos personales, muchos corresponden a la lista hegemónica, por supuesto, pero se van colando otros más contemporáneos, que —como en el limbo de la Divina Comedia— pertenecen a una categoría aparte por nacer en otra época.
Clásicos de clásicos para mí — en ambas listas— coloco a la Odisea. Ya he comentado aquí que en casa no había muchos libros en casa cuando era niña y leí lo poco que había: un Gorki, un London, un Pérez Galdós y tres o cuatro libros de superación personal, pero había un Homero y lo leí saboreando las palabras que no comprendía, porque tal vez leer sea una palabra demasiado pretenciosa para aquella pequeña que se tropezaba con una narración demasiado compleja.
Entonces, recibí un regalo: un libro infantil, con pasta dura verde y muchas ilustraciones de la Odisea y, al fin, pude entender la historia, pude sufrirme de Polifemo y emocionarme como Butes con el canto de las sirenas, supe de los peligros de Poseidón, de la sapiencia de Cirse y de la nostalgia del hogar. No sé exactamente dónde quedó ese libro, pero me veo leyéndolo en todas partes y todo el tiempo, yo misma embelesadas por los cantos que hablaban de Ulises, a quien amaba y aborrecía al mismo tiempo, supongo que como él mismo lo hacía. También yo tuve mi odisea personal y salí de casa a buscar el poema de Kavafis, viaje a casa del padre y perdí a mi Argos y retorné a Ítaca un poco más sabia, bastante más triste.
Probablemente el universo homérico lo tenga todo y aún así no se acaba, eso es precisamente lo que lo hace un clásico, me reprendería Calvino, un lugar común para los estudiantes de Letras, chistes ñoños que emocionan cuando encontramos las referencias, retomamos una lectura o vemos una adaptación nueva. Y he aquí una adaptación monumental: el canto griego llevado al lenguaje de Hollywood, la belleza hegemónica cambiada por otra, una producción visual y sonora bellísima, pero también inconsistencias que me parecen importantes de nombrar.
No me voy a poner demasiado hermeneuta al respecto: ya saldrán los verdaderos conocedores a interpretar los símbolos, las disonancias y la tradición, pero tengo un deber con las mujeres interpretadas en la cinta: ¿Atenea silenciosa? ¡Pero si es la estratagema principal de toda la obra! Una Cirse puesta como cualquier representación de la bruja, ¿dónde quedó la complejidad de su sensualidad y la rabia? Calipso sólo como pretexto para iniciar la historia. ¡Oh, Musa!, ¿cuándo hablarás de estas mujeres de múltiples tratas?
Queridas lectoras y estimados lectores, les invito a ver esta maravillosa producción. Me alegra saber que siempre la Odisea es actual, releamos la odisea, recordemos nuestras múltiples máscaras lectoras de los libros que vienen —como el mismo curso natural de las olas— una y otra vez, ¿qué versión de nosotros mismos fuimos en cada lectura?, ¿quiénes somos ahora?: Ulises orgulloso, Ulises tramposo, Ulises amante, Ulises hablando con las sombras de su pasado. Y, como la ciudad de Troya, no olvidemos que juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero