Hay una grieta, mínima, casi imperceptible, en la que el tiempo deja de ser línea y se vuelve pulso. Allí habitan las obras de Cora Van y Charlie Tomorrow. No en lo que permanece, sino en lo que titila: el instante que aparece y, al mismo tiempo, se desvanece.
Los lienzos de Tiempo no tiempo no buscan fijar una imagen, sino abrirla. Cada superficie es una frontera: azul que respira, negro que contiene, capas que se superponen como si el tiempo se hubiera detenido a contemplarse a sí mismo. En esa tensión, las pinceladas no son gestos cerrados, sino rastros de una energía que insiste en escapar. Hay trazos que obedecen a la forma, pero también hay otros que se rebelan, que desbordan el encuadre y revelan la grieta: aquello que no puede ser contenido.
El azul aparece como una expansión, una respiración larga que invita a perderse, una constante en la exploración pictórica de estos artistas. El negro, en cambio, no es ausencia, sino densidad: un territorio donde el tiempo se pliega, donde la mirada se detiene y escucha, una cualidad que adquiere profundidad y peso. La pintura oscila. No decide. Vibra.
El espectador no recorre la exposición: es recorrido por ella. El ojo avanza, se detiene, duda. Construye su propio trayecto en un espacio que rehúye la linealidad. No hay principio ni final, solo fragmentos de un ciclo que se reconfigura con cada mirada. Las formas devienen, los colores mutan, y en ese devenir se instala una experiencia íntima, casi corporal, del tiempo.
Aquí, el instante no es un punto, sino una suspensión. Un lugar donde lo visible y lo invisible se rozan. Las obras proponen una pausa que no es quietud absoluta, sino un temblor contenido: la sensación de que algo está por ocurrir o acaba de suceder. Esa incertidumbre es su fuerza. Esa grieta, su lenguaje.
En algunas piezas, la composición parece sostenerse con precisión: planos que dialogan, estructuras que organizan el espacio. Pero basta un gesto, una pincelada más libre, un borde que se diluye, para que todo se desplace. En otras, el movimiento es abierto, casi caótico, como si la pintura hubiera decidido seguir el ritmo de una energía interior que no reconoce límites.
Lo que emerge es una pregunta: ¿cómo habitamos el tiempo cuando deja de avanzar? La respuesta no está en el discurso, sino en la experiencia. En los juegos de luz y oscuridad, en la vibración de los colores, en la forma en que el ojo se adapta a ese territorio inestable.
Queridas lectoras y estimados lectores, Tiempo no tiempo no narra, no explica. Invita. A cruzar la frontera, a permanecer en la grieta, a aceptar que el instante, lejos de desvanecerse, puede convertirse en una forma de eternidad breve, intensa, irrecuperable. Como una pincelada azul que, antes de desaparecer, lo contiene todo. No lo olviden: juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero