DANIEL MARTÍNEZ
Ayer, 25 de marzo, se cumplieron exactamente cien años del nacimiento de Jaime Sabines y hoy queremos conmemorarlo en el sentido más puro de la palabra. Con-, “en conjunto” y memorare, “recordar”: traerlo a la memoria juntos. Y creo que no hay mejor manera de conmemorar a un poeta que leyendo sus poemas. Enemigo de las convenciones, los grupos y las instituciones literarias, el poeta chiapaneco fue siempre reacio a los homenajes, como dejó bien claro cuando dijo, en “Recado a Rosario Castellanos”:
¡Cómo duele, te digo, que te traigan,
te pongan, te coloquen, te manejen,
te lleven de honra en honra funerarias!
(¡No me vayan a hacer a mí esa cosa
de los Hombres Ilustres, con una chingada!)
Pero hoy, en el día de su centenario, nos vamos a permitir rendirle un homenaje modesto fuera de toda oficialidad. Jaime Sabines fue un poeta que como pocos pudo crear una poesía honesta y descarnada ―se le llegó a calificar de “coloquial”―, sin por eso dejar de hacer poemas grandiosos, de altos vuelos y alta tensión. O dicho de una manera genérica: poemas de alta calidad literaria con un lenguaje coloquial. Claro está, sin caer en esas ramplonerías que pululan hoy en redes y en algunas personas que se hacen llamar escritores. Su arte poética podría resumirse en el texto que dice:
Hay dos clases de poetas modernos: aquellos, sutiles y profundos, que adivinan la esencia de las cosas y escriben:
“Lucero, luz cero, luz Eros, la garganta de la luz pare colores coleros”, etcétera, y aquellos que se tropiezan con una piedra y dicen “pinche piedra”.
Los primeros son los más afortunados. Siempre encuentran un crítico inteligente que escribe un tratado “Sobre las relaciones ocultas entre el objeto y la palabra y las posibilidades existenciales de la metáfora no formulada”. ―De ellos es el Olimpo, que en estos días se llama simplemente el Club de la Fama.
Creo que hay una referencia directa a aquel célebre “Nocturno en que nada se oye” de Xavier Villaurrutia, o en todo caso se refiere a todos aquellos poetas que él consideraba rebuscados y pretenciosos; aquellos que se amparaban en los cenáculos que él repudiaba. Su manera de hacer poesía consistía en expresarse de manera llana y directa. Y quizá podamos decir que esa es la poesía más auténtica: aquella que es menos artificiosa, ya no digamos preciosista. A final de cuentas la poesía lo que quiere es dar cuenta de lo que es ser humano, de la manera más humana. La poesía de Sabines nos lleva de la mano a lo más hondo de un alma sensible que expresaba en un tono genuino y auténtico los aspectos más humanos y elementales de la existencia. El amor, por ejemplo, cuando dice:
Amor mío, mi amor, amor hallado
de pronto en la ostra de la muerte.
Quiero comer contigo, estar, amar contigo,
quiero tocarte, verte.
Me lo digo, lo dicen en mi cuerpo
los hilos de mi sangre acostumbrada,
lo dice este dolor y mis zapatos
y mi boca y mi almohada.
Te quiero, amor, amor absurdamente,
tontamente, perdido, iluminado,
soñando rosas e inventando estrellas
y diciéndote adiós yendo a tu lado.
Te quiero desde el poste de la esquina,
desde la alfombra de ese cuarto a solas,
en las sábanas tibias de tu cuerpo
donde se duerme un agua de amapolas.
Cabellera del aire desvelado,
río de noche, platanar oscuro,
colmena ciega, amor desenterrado,
voy a seguir tus pasos hacia arriba,
de tus pies a tu muslo y tu costado.
O el desamor, cuando decía:
Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible. Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me receto tiempo, abstinencia, soledad.
¿Te parece bien que te quiera nada más una semana? No es mucho, ni es poco, es bastante. En una semana se puede reunir todas las palabras de amor que se han pronunciado sobre la tierra y se les puede prender fuego. Te voy a calentar con esa hoguera del amor quemado. Y también el silencio. Porque las mejores palabras del amor están entre dos gentes que no se dicen nada.
Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y subversivo del que ama. (Tú sabes cómo te digo que te quiero cuando digo: «qué calor hace», «dame agua», «¿sabes manejar?», «se hizo de noche»… Entre las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he dicho «ya es tarde», y tú sabías que decía «te quiero»).
Una semana más para reunir todo el amor del tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para entender las cosas. Porque esto es muy parecido a estar saliendo de un manicomio para entrar a un panteón.
O un tema recurrente, como la Luna, que describía así:
La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía.
Un pedazo de luna en el bolsillo
es el mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
para ser rico sin que lo sepa nadie
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir.
Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas.
En lo personal Sabines fue uno de mis poetas inaugurales, uno de los primeros que figuraron en mi parnaso personal. Recuerdo andar por las calles del centro histórico de Zacatecas por el 2009 durante el Hay Festival ―el único que se realizó en esta ciudad― con mi “Recuento de poemas” a cuestas, pues en aquellos años de estudiante normalista era mi poeta de cabecera. Hoy sería sin duda un poeta que emplearía si quisiera introducir a la poesía a jóvenes o personas que se quieran iniciar. Decía al principio que la mejor manera de conmemorar a un poeta es con sus poemas; quizá con una lectura colectiva. Pero creo que la mejor manera de todas sería leyendo sus libros, volviéndonos sus lectores. Acerquémonos a Horal, Tarumba, Diario, semanario y poemas en prosa o las Cartas a Chepita. Nos leemos en la próxima.
