DAVID CASTAÑEDA ÁLVAREZ
A propósito de estas fechas, la muerte en la poesía mexicana ha tenido diversas facetas. Recordemos los códices prehispánicos, donde el fin de la vida se volvía una bella metáfora de las flores que se marchitan o las pinturas que se borran. Al menos flores, al menos cantos, decían. Una muerte ritual, unida intrínsecamente con el cosmos y la naturaleza y, a veces, con ciertas catarsis para apaciguar a los espíritus malignos.
También ha transitado desde las solemnes honras fúnebres realizadas a religiosos y civiles fallecidos en la Nueva España −aparatos hiperbarrocos de lealtad y exhibición de poder, sobrecargados de símbolos y palimpsestos artísticos−, hasta la fiesta, el derroche y la algarabía por la vida pasada de los que se fueron.
En la actualidad, la muerte es un poco difusa. Tal vez se ha vuelto líquida (en términos de Bauman). Después de etapas gobernadas por el miedo y la violencia, los virus que no tienen cura y la incertidumbre de la posmodernidad, muchas veces uno se hace de la vista gorda y niega su catástrofe.
Pero hubo un momento en que la muerte en la poesía tuvo un giro profundo e interesante. Fue en el siglo XIX y ocurrió específicamente el un poema: “Ante un cadáver” de Manuel Acuña. Se trata de un poema paradigmático, que deja un poco atrás esas solemnidades de finales del siglo XVIII y se adentra a profundidad en una idea de la muerte desde el punto de vista cíclico y racional.
Recordemos que, en aquella, época las ideas ilustradas se transforman poco a poco en una suerte de fe desenfrenada por el amor, el orden y el progreso, de la mano con las invenciones e innovaciones del método científico. Al mismo tiempo, artistas y filósofos tenían cierta desconfianza de aquellas apuestas. Así, la poesía también abrevó de ese lenguaje y de esas ideas.
El poema de Manuel Acuña se trata de un ejemplo que combina varias maneras de entender el mundo. En este poema dramático, el hombre se encuentra justamente ante un cadáver sobre una plancha mortuoria. Allí, el poeta enuncia, por un lado, la idea platónica del cuerpo como una cárcel, y el alma como una sustancia que se amolda justamente a ese cuerpo:
Aquí está ya… tras de la lucha impía
en que romper al cabo conseguiste
la cárcel que al dolor te retenía.
[…]
La madre es solo el molde en que tomamos
nuestra forma, la forma pasajera
con que la ingrata vida atravesamos.
Pero ni es esa forma la primera
que nuestro ser reviste, ni tampoco
será su última forma cuando muera.
En otro momento de la pieza, el poeta señala, como una especie de consuelo trágico, que el alma se trasmuta en otra cosa pues resulta un elemento indestructible que gira dentro de un círculo infinito: “¡Pero no!…, tu misión no está acabada,/ que ni es la nada el punto en que nacemos,/ ni el punto en que morimos es la nada.”
De esta suerte, el alma del fallecido realiza un viaje a la semilla. El último aliento se inserta en las entrañas de la tierra, “universal foco” de la vida, y dentro de ese lodo fecundado por la lluvia, nacerá tal vez una espiga de trigo, que a su vez será pan para la esposa afligida. De las larvas de aquel cuerpo, nacerán mariposas que escapan de la fosa
que en los ensayos de su vuelo incierto
irá al lecho infeliz de tus amores
a llevarle tus ósculos de muerto.
De la calavera que yace bajo tierra, de ese cráneo, saldrán nuevos colores:
Y en medio de esos cambios interiores
tu cráneo, lleno de una nueva vida,
en vez de pensamientos dará flores
“Ante un cadáver”, de Manuel Acuña (quien, por cierto, escribió también “Nocturno a Rosario”, que luego Chalino Sánchez lo hizo canción), es en suma un poema fundamental para la poesía mexicana donde se expresa la máxima científica de que la materia “no se crea ni se destruye, sólo se transforma”. Una sentencia que, aunque desoladora en sí misma (puesto que suena como a una condena irresoluble), ofrece un poco de esperanza para los vivos.
Pero allí donde el ánimo se agota
y perece la máquina, allí mismo
el ser que muere es otro ser que brota.
Esta pieza es un preámbulo de otro tipo de representaciones de la muerte que se verían más adelante en otras obras de autores mexicanos como Ramón López Velarde y José Gorostiza. Pero esa es materia (indestructible) de otro texto. Nos leemos después.

PIE DE IMAGEN: Manuel Acuña.