DAVID CASTAÑEDA ÁLVAREZ
A veces uno se encuentra totalmente desarraigado de las cosas y del mundo; otras, ligado desde lo más íntimo del espíritu. Esta aparente contradicción es posible porque en realidad somos una contradicción, aunque todos nuestros esfuerzos se consuman en tener una vida ordenada y lógica. Un buen día, descubrimos que nada es lineal ni circular. No estamos en los extremos o en el centro de algo, sino que pertenecemos a un entramado infinito de raíces cósmicas.
Pero hay aspectos que nos hacen humanos, y por eso mismo nos condenan al sufrimiento y el dolor. Uno, es ser padre; otro, hijo; y otro más, espíritu. Cuando eres padre, no sabes cómo actuar frente a esos seres pequeños e infinitamente curiosos que son los hijos. Repites esquemas, funciones sociales y tienes la falsa sensación de que mejoras las cosas; es decir, que eres mejor padre de lo que fueron los nuestros con nosotros.
Cuando eres hijo (cabe decir, hijo adulto), entiendes que el tiempo es un tren descarrilado, y aun así, no se detiene. Observas que tu propio padre envejece, enferma, necesita ir al hospital y, ya anciano, vuelve a ser niño. Todo aquello que juzgaste, se borra en la vejez, porque sabes que es imposible superar la fuerza y voluntad de quien infundió en ti la vida.
Cuando eres espíritu, asimilas que el cosmos te aplasta, que en verdad uno es todo, todo es uno, y uno es nada. Son ilusorias las máscaras del yo, pues el espíritu es apenas una mota de luz en el inmenso mar de la noche. Entiendes que el amor (y sus palabras) sostienen el mundo, pero ese amor es inseparable del sufrimiento y de la muerte. Las dos caras de la poesía y la filosofía.
Sigifredo Esquivel Marín aborda estas tres experiencias de la vida desde una profunda meditación poético filosófica en Palabras del hombre que vendrá ayer (México: Medusa Editores, 2025). Su escritura se mueve entre la meditación filosófica y el instante metafísico del poema. Su libro es un tratado de un hombre que mira la vida pasar desde dos posturas: la de padre y la del hijo. Su aliento poético es el espíritu mismo.
El padre es ese hombre que siempre se espera que regrese, y a veces vuelve como una segunda niñez:
“Veo a mi padre y percibo en la vejez la segunda infancia; redescubrir el asombro inicial del mundo: el croar de las ranas, el abrirse de botones, el caer de la lluvia.”
El hijo es la acumulación del tiempo y sus imágenes, o mejor dicho, la sincronía de muchos tiempos encarnados en un ser pequeñito:
“Al contemplar el rostro dormido de Yael se refractan sueños, deseos y frustraciones de mí y de mis ancestros. En el rostro de mi hijo sonriente que duerme se alojan todas las posibilidades, potencias e impotencias.”
El espíritu, en palabras de ese hombre que vendrá ayer, “siempre es el verbo encarnado que ha escrito en el rostro de la memoria”.
Todo sucede al mismo tiempo, y como enuncian las filosofías (y poesías) más antiguas, en el tiempo presente se encuentran contenidos todos los tiempos: ayer, hoy y mañana. Ayer es el hijo; hoy es el espíritu; mañana es el padre. Y todos esos tiempos se hallan encarnados en las palabras del poeta que atestigua (y escribe) el mundo.
Nos leemos después.
