DAVID CASTAÑEDA ÁLVAREZ
¿Es posible, en medio del tedio y la cotidianidad, tener la experiencia de lo bello? Al menos se escribe desde tedio, en tiempos recientes, como una maravillosa hazaña. De no ser así, nos habríamos privado de obras como las de Pessoa, Pavese o Vallejo.
Imaginemos a un poeta, rodeado de placeres, sin otro modo de vivir más que el del ocio hedonista. Su obra, auspiciada por los príncipes del poder, sólo podría hablar del mundo y su paz, del buen gobierno, de las maravillas del Rey, de la naturaleza.
Ahora imaginemos a otro poeta, en medio de la podredumbre, tal vez la peste bubónica, el Covid, la guerra. Ese poeta escribe sobre el dolor humano, el drama de la vida, los sinsabores del porvenir, las injusticias y la resistencia política del simple hecho de estar vivo.
Ambos poetas imaginados son consecuencia de su tiempo y de sus condiciones. Escriben desde su ética, patética o lógica visión de mundo. ¿Qué pasa entonces con ese poeta godín, poeta de quincena, rutinario y aburrido, que escribe en su tiempo libre, apenas en la hora del almuerzo, o cuando termina una tarea de oficina a escondidas de RH? ¿Qué escribe?
Tal vez escribe un poema de una página, no más, porque su aliento está entrecortado. Porque es hora de recoger a los niños. Porque el jefe le ha llamado por décima vez. Porque hacen falta los informes. Porque se le derramó el café del Oxxo en la corbata y se olvidó de cooperar para el pastel de cumpleaños.
Qué difícil es la belleza. Qué complejo es que la Musa voltee a ver a este poeta desfavorecido. Pero ese poeta se esfuerza. Sueña con becas. Sueña que lo lleven a Groenlandia y allí cruce palabras sin sentido con Anne Carson. Hacer un libro rojo y presentarlo ante un público noruego.
Pero, de antemano, sabe que no será becado. Asume que estará perpetuamente aprisionado en los círculos infernales de su escritorio. Así que piensa. Piensa en que la belleza es posible en medio de ese hastío, tal y como hacen los niños japonenses para escribir cosas como esta:
Mirando la luna
con las enormes
sandalias de papá.
(Vicente Haya, La inocencia del Haiku, 2012.)
La belleza se enquista en las cosas más sencillas, concluye, y es necesario arrancarla con paciencia. Así que pone el dedo en el checador, se sienta en su silla y sostiene un lápiz entre su nariz y sus labios. Huele la madera. Tal vez haga un poema a la madera. O al lápiz. O a la fruición de ver el techo.
Estas, naturalmente, son puras divagaciones, bagatelas, divertimentos, amable lector. Es interesante imaginar la vida de esos poetas y cómo su escritura se convierte en emblema de los tiempos. Por ejemplo, un Ramón López Velarde deambulando por la Ciudad de México, con los ojos bien abiertos a las luces y el olfato a Baudelaire, pero atribulado por la Revolución y la falta de dinero; un José Gorostiza exhausto por sus múltiples viajes diplomáticos, pero escribiendo uno de los más grandiosos poemas sobre la muerte de este planeta. El tedio, para quien lo acepta con júbilo, parece convertirse en el combustible de la extraña belleza de nuestra época. Nos leemos después.