DAVID CASTAÑEDA ÁLVAREZ
El lenguaje es una sustancia misteriosa. Nace de las pequeñas combustiones del aliento; de la mecánica biológica y la mezcla de sustancias que se necesitan para mover las manos al escribir; de una zona oscura del corazón o del pensamiento, como un susurro que a veces no nos pertenece.
Pienso en los cambios de ese lenguaje (¿mi lenguaje?) desde que un campesino romano miraba el cielo y decía “nox”, en medio de la oscuridad estrellada, y cómo yo, en medio de un cielo que parece no cambiar, digo “noche”, con la conciencia de que es una palabra antigua que ha sufrido las transformaciones del alma.
Pienso en la oscuridad de la “mors”, frente a la trágica y terrenal “muerte”, o en la elegancia del “equus” frente a la de “caballum”, y cómo en nuestros días es demasiado pretencioso decir “equino” al contrario de la vibrante y vigorosa palabra “caballo”.
Pienso en la palabra “cor” (corazón) y su permanencia en palabras que uso para hacer presente la presencia de alguien más junto a la mía, como “acordar”, “recordar”, “cordial”, “concordia”.
Imagino aquel tiempo del imperio peninsular, con pobladores hispanos resistiéndose a decir “almohada”, “alberca”, “alcachofa” porque contaminaban la pureza de su idioma. Veo a esos mismos hombres, unos cientos de años después, asimilando en América palabras como “cuate”, “cuicatl”, “tlatoani”, “coyote”.
Puedo advertir a hombres criollos, preocupados por crear un lenguaje original (a partir de la imitación), escribiendo “sierpe” en lugar de “serpiente”, “undoso” en lugar de “ondulante”, mientras en el pueblo llano se gestaban otro tipo de palabras que buscaban la emancipación de la mente y de las virtudes.
Escucho a señores de mediana edad decir “quiúbole” para decir “hola”, en medio de las miradas burlonas de jóvenes que les llaman “chavorrucos”. También escucho a jóvenes decir que alguien “se bugueó” cuando se ha quedado pasmado en medio de una situación cualquiera, o “farmear”, cuando fue por víveres a un mandado, o “tradear” cuando hacen algún tipo de trueque.
El cambio en las palabras es el signo del cambio del mundo. En realidad, el lenguaje no nos pertenece. Lo atraemos hacia nosotros a través de conjuros como la lectura o la escucha atenta, la curiosidad. Luego lo hacemos parte de nuestra vida y de las formas para nombrar nuestra propia realidad.
Esa sustancia está viva y se transforma. Y es inútil patalear para que permanezca fija en la mente y en las páginas de las escuelas. No obstante, el lenguaje no vive por sí mismo. Necesita el contacto con otra fuerza viva (el aliento, la sangre) para generar su potencia creadora. Una palabra sólo existe cuando verdaderamente forma parte del que la pronuncia o la escribe, si no, resulta una especie de impostura o falsedad.
No puedo imaginar, en unos cientos de años más adelante, cómo un campesino, rodeado de una ciudad futurista, con robots programados con inteligencia artificial y luces neón como las ciudades de Blade Runner, en medio del fin de los tiempos, nombrará su propia noche estrellada. Nos leemos después.

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