Girl with big alarm clock
FOTOGRAFÍA: FREEPIK
Antes de que expire el momento
De este mal sentimiento
Debo confesar
Practico el vagar en el ocio.
Enjambre, “En Deuda”.
JESÚS PABLO MARTÍNEZ RODRÍGUEZ
¿Lo notas, ma? Éste es de los momentos —pocos, realmente muy pocos— en donde olvido la desesperanza, el pesimismo; y al final te doy la razón. He estado vagando en el ocio, aquel ocio que me hunde. Que me atormenta, que me hace dudar por las noches… y que ahora me carcome.
Porque, mientras tú luchabas y sostenías este hogar con el alma hecha pedazos y el sudor en la frente por dar clases a niños —que no eran tan socarrones comparados conmigo—, yo… vagaba. Vagaba en esta computadora gris que ya le faltan teclas, en textos que dicen mucho y no dicen nada. Pero ya no más, te lo prometo. Prometo honrarte.
Y así, como habiendo salido de un confesionario, comencé a llorar. A llorar como tú cuando falleció mi abuelito. Cuando las mariquitas lindas emprenden un nuevo vuelo hacia el más allá.
Tú no llorabas por metástasis. Tú llorabas por algo que ya no querías recordar, por algo que te devoraba los pulmones y la respiración. Por saber que nada te llevarás cuando te marches. No quería que te marcharas jamás. Sólo permitía que te marcharas a la Ciudad de los Palacios, al Municipio donde San Sebastián Mártir habitaba (yo soy el mártir). A ningún otro lugar más.
Y bueno… recordé, rompiendo mi promesa de dejar de ser pesimista; aquella obra donde te dieron un caballito de mezcal y sentiste que te quemaba la garganta. Como un incendio en tu boca, como lo peor del mundo. Se llamaba Cantares. La protagonista, una chica muy jovial y bonita, decía que el mezcal era para sentir que estaba brindando con su papá.
Me gusta pensar que tú también sentiste lo mismo. Brindabas con mi abuelito, tu papá; en aquella cocina color verde pistache, con La última cena de Da Vinci cuidándolos. O quizá asediándolos. Sólo que ella no le rezaba a San Sebastián Mártir, sino que traía consigo enchiladas potosinas.
‘’Si llego a celebrar mi cumpleaños, cántame Mi viejo; si no, cántame Cantares’’ fue la frase lapidaria, el tiro de gracia que creo que te llegó al corazón. Al mío sí llegó, y me hizo llorar, me quería derrumbar ahí mismo.
En tu caso, el mío, el nuestro; no fue Cantares. Fue ‘’Vive’’, de José María Napoleón. Él quería que sembráramos nuestra tierra y nos pusiéramos a trabajar, y no llorar por él. Pero aún lloramos. Lloro con ella a veces, siempre. La huerta ya no la cuida él, y la Mala Noche ha llegado a aquella localidad.
No podías quedarte así tú —pensé, queriendo regresar al pasado; como quien recuerda lo que soslayó por años—. Tenías que levantarte. Me leíste bien, mamá: levantarte. Puedes hacerlo. Puedes lograrlo.
Si lograste mantener a 2 hijos, ser esa mujer aguerrida que tanto admiré, admiro y admiraré, puedes superar este bache. Él te quiere, siempre lo hará. Ya no llores más, que me harás llorar a mí.
¿Recuerdas a Joan Sebastian, a Rudy La Scala? —le pregunté, tratando de reanimarla. De reavivarla, de hacerla feliz y hacerla mi luz de día. Porque siempre lo ha sido. Ellos siempre te han mantenido estable, te han hecho vivir la vida, como si estuvieras presenciando un jaripeo. Pero tú no montabas toros, sino montabas a la tristeza de tus hijos, de tu círculo social y de ti misma… y la exterminabas, sacándole los ojos. Sacándonos la negatividad.
Siempre seguías adelante, siempre caminabas y perseguías tus sueños, mientras estos 2 niños permanecían en sus escuelas, ávidos de historiar y de descifrar el secreto de las tortugas.
Incluso ya alcanzando tu júbilo y tu alegría, te ocupabas de nosotros. Me acompañaste múltiples veces a discotecas de Zacatecas, a aquellos arcanos, o sea, lo recóndito. Lo inefable, lo desconocido.
Y a Cholula también. Muchos familiares venían detrás, ansiosos de descubrir a los cholultecas, a la iglesia sobre la pirámide, y a… iguanas merodeando. Yo sólo iba por los tacos árabes, que descubrí de muy buena mano. Eran como chimichangas, de tortilla de harina. Muy ricas, no decepcionan.
Recuerdo bien esa travesía, mami. Llegamos a la Capital del Estado, rumbo a la ciudad de los cholultecas, y nos llevó todo el día recorrer ese lugar ancestral. Ancestral y majestuoso, como tú. Siempre llevas una corona, aunque no la veas. Te he visto desde siempre como la reina del hogar, del mundo, de la galaxia. Mi Lady Blue, que es mi mundo, mi hogar, mi Tierra. Una doncella que aún sigue en pie. Y me alegra.
Entramos, con el tiempo encima, al Santuario de Nuestra Señora de los Remedios. Naranja por fuera, dorada por dentro. Fue impresionante. Lo comparé con el Templo de Santo Domingo después, que se localiza en nuestro terruño: Zacatecas. Recuerdo que desde hace mucho tiempo quería visitar a Pueblita, la bella. Era un 9 de septiembre, en pleno festejo a la Virgen. Por eso había mucha gente —le comuniqué a ella, a la Reina del mundo.
Y salimos, finalmente, del templo. Purificados, salvados, anidados. Sólo que ella había trascendido como un ángel, no por muerte, sino por grandeza. Y yo no la pude alcanzar… Sólo me quedaban estas palabras, que habían de ser pronunciadas un 2 de julio:
Yo me alejo, pero no te dejo de pensar/Intento con cantar poderte alcanzar/ Mi elemento vital (Enjambre, “Elemento”).