FROYLÁN ALFARO
En los últimos días se ha popularizado una frase que, como suele ocurrir en redes sociales, condensa un dilema moral y político en pocas palabras: “Como primer acto de rebelión hay que dejar de drogarse.” Quienes la comparten la entienden como una invitación a la coherencia, pues si el narcotráfico se sostiene por la demanda de drogas, entonces el primer paso para combatirlo no es culpar al Estado, sino reducir el consumo. Quienes la critican, en cambio, la consideran una simplificación peligrosa, ya que culpar al consumidor es desviar la atención del verdadero problema (la corrupción, la impunidad, el abandono estatal, la desigualdad) hacia la esfera del individuo.
Ambas posturas, sin embargo, esconden trampas. Y si queremos pensar el problema en serio, sin el tono moralista de las redes ni la comodidad del cinismo, conviene detenerse en lo que cada una de ellas supone.
Por un lado, hay algo de verdad en la frase inicial, ya que la mayoría de las dinámicas sociales que sostienen la violencia, la contaminación o la desigualdad no se mantienen solas. Requieren de nuestra participación cotidiana, de pequeños gestos que parecen insignificantes pero que, sumados, refuerzan estructuras enteras. Lo mismo ocurre con quien compra drogas, con quien tira basura al suelo, o con quien decide “no meterse en problemas” ante una injusticia. No hay sistema que pueda sostenerse sin cómplices.
Sin embargo, también hay algo problemático en creer que basta con el gesto individual para desmontar el sistema. Es lo que ocurre cuando se afirma que si todos dejáramos de consumir drogas, el narcotráfico desaparecería. Esa idea olvida que las estructuras de poder no se disuelven sólo porque se agote un mercado, pues éstas se transforman, se adaptan, encuentran nuevos nichos. La historia de las prohibiciones lo demuestra, por ejemplo, cuando se cerró el mercado del alcohol en Estados Unidos, el crimen organizado no desapareció, simplemente cambió de producto. Lo mismo ocurre en México, pues el narcotráfico no es sólo un negocio de drogas, sino una forma de control territorial, político y económico.
Friedrich Engels, en La situación de la clase obrera en Inglaterra, señalaba que culpar al individuo por sus miserias (por su alcoholismo, su ignorancia o su pobreza) era ignorar que esas miserias eran el resultado de un sistema que las producía. Pero tampoco proponía eximir de toda responsabilidad personal: lo que denunciaba era la ceguera moral de quienes, desde la comodidad, exigían virtud a quienes no tenían siquiera garantizada la supervivencia.
Lo mismo podría decirse hoy. Exigirle al consumidor urbano que deje de drogarse como gesto de “rebelión” puede sonar moralmente correcto, pero resulta ingenuo si no se acompaña de una crítica al sistema que hace de la violencia y la precariedad una forma de vida para miles de jóvenes que no tienen otra alternativa más que enrolarse en una red criminal. En otras palabras, no basta con no comprar, hay que cambiar las condiciones que hacen rentable vender.
Del otro lado, quienes rechazan por completo la apelación a la responsabilidad individual caen en un error opuesto, pero igual de peligroso: el de la impotencia colectiva. Es el argumento de quien dice: “Mi consumo no cambia nada”, “mi voto no cuenta”, “no vale la pena reciclar porque las grandes empresas contaminan más.” Esa forma de pensar lleva a una especie de parálisis moral, pues si el problema es tan grande, entonces nada de lo que yo haga importa. Y esa es, paradójicamente, la condición perfecta para que todo siga igual.
Hannah Arendt, al analizar el caso Eichmann en Eichmann en Jerusalén, hablaba de la “banalidad del mal”, la idea de que los grandes horrores no los cometen monstruos, sino personas comunes que simplemente cumplen órdenes o evaden la responsabilidad. En la vida cotidiana, esa banalidad se traduce en gestos diminutos de indiferencia como en tirar basura porque “ya está sucia la calle”, en sobornar porque “todos lo hacen”, o en consumir drogas sin preguntarse de dónde vienen. Cada uno de esos actos, tomados por separado, parece inofensivo. Pero su acumulación es lo que da forma a las estructuras que decimos odiar.
El filósofo Emmanuel Levinas diría que la ética nace precisamente en esa relación con el otro, cuando reconozco que mi libertad no termina en mi cuerpo, sino que afecta la existencia de los demás. No se trata, entonces, de asumir una culpa individual imposible, sino una responsabilidad compartida. En ese sentido, dejar de drogarse, reciclar, o actuar con honestidad no son gestos revolucionarios por sí mismos, pero tampoco son inútiles. Son actos que adquieren sentido cuando se comprenden como parte de una trama más amplia de resistencia, una que no se conforma con la moral privada, pero tampoco la desprecia.
Quizás el problema esté en cómo concebimos la “rebelión”. Nos gusta imaginarla como un acto épico, una marcha, un discurso, una renuncia colectiva, y no como una forma de vivir con coherencia. Pero la historia demuestra que los grandes cambios políticos comienzan muchas veces con transformaciones pequeñas en el modo de estar en el mundo. Gandhi hablaba de “ser el cambio que queremos ver en el mundo”, no porque creyera en la autosuperación moral, sino porque entendía que las revoluciones que no transforman las costumbres están destinadas a repetir los mismos vicios bajo otro nombre.
Dejar de drogarse no basta para derribar al narco, como tampoco basta reciclar para salvar el planeta. Pero burlarse de quien lo intenta es igual de irresponsable que culpar al adicto por la guerra. La verdadera madurez política quizá consista en reconocer que hay escalas distintas de responsabilidad y que ninguna debe anular a la otra.
La ética, decía Aristóteles, empieza en los hábitos. Y los hábitos, aunque parezcan insignificantes, son la materia de la que se hace la sociedad. No podemos cambiar las estructuras sin cambiar las prácticas, pero tampoco podemos exigir virtudes individuales sin transformar las condiciones colectivas. Entre la culpa y la indiferencia hay un terreno más fértil, el de la responsabilidad lúcida: comprender que ningún gesto es suficiente, pero que cada gesto cuenta.
Quizá, querido lector, ahí radique la verdadera rebelión: en asumir que no somos ni culpables totales ni víctimas inocentes, sino partícipes de un mundo que sólo puede cambiar si aprendemos a hacernos cargo, no desde el moralismo ni desde el cinismo, sino desde la conciencia de que lo común empieza siempre por lo que hacemos, incluso cuando nadie nos ve.