SARA ANDRADE
Como centinela profesional de todo lo que tiene qué ver con las hermanas Brontë, por supuesto que tengo una opinión al respecto de la nueva película de Cumbres Borrascosas y sobre todo el discurso que se ha generado a su alrededor. Sobre todo porque, como una persona que se tituló de la licenciatura con su novelística y que, además, tiene tatuada la cara de Charlotte Brontë en el brazo, me parece que esta histeria parte precisamente de un mal entendimiento sobre nuestra relación con la literatura y el persistente colapso de la supremacía del pensamiento gringo (o el blanco vaya) en el mercado de las ideas.
Cuando se trata de adaptar un clásico de la literatura, no hay mucho por hacer. Una historia que ha sido estudiada en todas las escuelas del mundo, que ha sido leído por millones de ojos a los 16 años, que ha formado parte indeleble del crecimiento de tantas generaciones, está destinada a ser un fracaso. No hay adaptación perfecta porque no puede existir una que rellene todos los huecos de expectativas de todos los lectores. Si Italo Calvino tenía razón, entonces esa es la maravilla del clásico, que se actualiza infinitamente, por lo que un clásico, debería sobrevivir la ordalía de transformarse en una película mal hecha y no perder su vigencia. Es imposible. El texto permanece, a pesar de nuestros esfuerzos. Ahí radica su fuerza, su magia. ¿Cuántos libros hemos quemado, cuántas veces hemos visto las bibliotecas arder? Y, sin embargo, ¿cuántas veces los hemos visto ponerse de pie, sacudirse las cenizas y persistir hacia adelante?
Sin embargo, todo apunta a que el verdadero daño no está hecho ante la falsa profanación de los textos canónicos, sino ante la incapacidad de consumidor a entender que lo que está pasando frente a sus ojos es ficción al cuadrado; ficción de la ficción, un juego de espejos, una realidad que sólo existe mientras estás atento y las imágenes frente a ti se mueven. En algún lugar leí sobre esta idea de que, en una sociedad en la que el consumismo se equipara a la cultura o la religión, algo tan poco importante como un mal producto se vuelve un pecado. Eso es lo que pasa con Cumbres Borrascosas de Emerald Fenell. No niego que hay un debate importante en la representación de Heatcliff, en el tratamiento de su tono, en lo que Emily realmente quería decir cuando escribió a Cathy mezquina y salvaje, pero también me veo a mí misma lo suficientemente separada del culto al consumo como para no sentir que esto arruina mi vida. ¿Quieren una versión fidedigna de la historia? Lean el libro. ¿Quieren una mejor película? Puedes ver una de las más de 10 versiones que hay. ¿Sientes que la existencia de una serie, un libro o, peor, un tuit arruina tu vida? Te recomiendo que cierres los ojos.
Entiendo lo que podría significar una mala adaptación, pero también entiendo que el mal arte, el arte aburrido, el arte consumista, el arte hecho por las élites también debe existir. Emerald Fenell dirigirá su bodrio y volverá a su casona inglesa a usar botas de lluvia y comer chocolates de Dubai y nada en el mundo habrá cambiado realmente, sobre todo porque su interpretación, una de docenas, una de cientos, una de miles, no perturba el agua clara sobre la que Emily Brontë escribió su única novela. Y esto es real para muchas cosas que tienen qué ver con el egoísta acto de consumir arte y pensar que, por hacerlo, el arte y el artista le deben fidelidad a tus gustos. Así como ver una mala película no te define moralmente, la misma existencia de la mala película no es un fallo irreparable en la moralidad humana. Es algo que ha pasado siempre: el copia y pega del arte, el estira y afloja, el adentro y el afuera. Todo esta oscilación existe y debe existir para que libros preciosos e inmortales, como los de las Brontë, sigan actualizando, sobreponiéndose sobre las cenizas, pintando a Heatcliff como el gitano vengativo y cruel, gritando por el fantasma de su amada que no pudo asir en la mano.