MARÍA TORRES
Tengo una regla bastante absurda cuando leo historias de terror: si empieza a darme miedo, en lugar de cerrar el libro, prendo otra luz. No sé exactamente qué espero conseguir con eso. La lámpara del comedor no va a impedir que un fantasma salga de la página ni que una familia espantosa se instale de pronto en mi sala, pero de alguna manera me hace sentir más segura. A veces incluso dejo encendida la del pasillo, que es todavía más ridículo porque, si uno lo piensa bien, un monstruo tendría todas las ventajas del mundo en un lugar así: oscuro, estrecho y lleno de puertas entreabiertas.
Hace unos días volví a Sacrificios humanos, de María Fernanda Ampuero, y me acordé de esta costumbre mía. No era la primera vez que leía el libro, pero sí fue una de esas lecturas que llegan en un momento distinto y hacen que una vuelva a preguntarse por qué insiste en meterse voluntariamente en historias que sabe que le van a incomodar. La conversación alrededor de Ampuero ha vuelto a poner sobre la mesa algo que su literatura conoce bien: el terror no siempre necesita inventar criaturas extraordinarias. A veces le basta con mirar de cerca lo que hacemos unos con otros. Sacrificios humanos, publicado en 2021, reúne cuentos atravesados por distintas formas de violencia y por esos espacios cotidianos donde lo terrible puede aparecer sin pedir permiso.
Y ahí es donde empiezo a tener un problema con el género. O, mejor dicho, conmigo misma. Porque vivimos rodeados de imágenes que deberían habernos quitado para siempre las ganas de buscar miedo en un libro. Abrimos el teléfono y encontramos guerras, desapariciones, asesinatos, accidentes, catástrofes, personas huyendo de sus países, familias buscando a alguien que no volvió a casa. Hay días en los que la realidad parece empeñada en competir con cualquier imaginación. Entonces, ¿por qué llegar por la noche, ponerse cómoda y abrir un libro que sabemos que puede hacernos sentir peor?
No tengo una respuesta especialmente sofisticada. Creo que, al menos en mi caso, tiene que ver con que la ficción hace algo que las noticias no pueden hacer de la misma manera: me obliga a quedarme. Una noticia puede contarme que ocurrió algo terrible y, unos segundos después, puedo deslizar el dedo y encontrar una receta, una fotografía de un gato o una discusión absurda en redes sociales. El libro no funciona así. Cuando una historia está bien escrita, se queda un poco más. Se mete en la cabeza, en el cuerpo, en esa zona incómoda donde una empieza a imaginar qué haría si estuviera ahí. Quizá por eso el terror literario resulta tan extraño: no solamente nos muestra algo que tememos, también nos obliga a habitarlo durante un rato.
Supongo que por eso Ampuero me incomoda más que muchas películas de terror. En el cine todavía puedo esconderme un poco detrás de la pantalla. Puedo taparme los ojos, bajar el volumen, decir que los efectos especiales se ven falsos. Con un cuento es más difícil. Una frase puede quedarse dando vueltas mientras lavo los platos. Una imagen puede aparecer cuando estoy intentando dormir. Y lo peor es que, muchas veces, lo que permanece no es el monstruo, sino algún detalle perfectamente normal: una casa, una habitación, una conversación familiar, una mujer que necesita dinero, alguien que acepta un trabajo que no quiere, una persona que se encuentra demasiado sola en un lugar donde debería sentirse segura.
Quizá esa sea una de las cosas que más me interesan del terror que están escribiendo varias autoras latinoamericanas. Pienso en Ampuero, pero también en Mariana Enriquez, Mónica Ojeda, Samanta Schweblin y otras escritoras que han encontrado distintas maneras de convertir lo cotidiano en algo ligeramente sospechoso. No hace falta que aparezca un demonio debajo de la cama. A veces basta con que una casa deje de sentirse como una casa, que el cuerpo deje de parecer completamente propio o que una relación familiar revele algo que preferíamos no mirar demasiado de cerca. En la nueva literatura de terror, lo monstruoso suele tener una dirección bastante conocida. Y eso, francamente, da más miedo.
Hace unos años habría pensado que leer terror era una manera de escapar de la realidad. Ahora no estoy tan segura. Tal vez sea al revés. Tal vez algunas historias nos permiten acercarnos a ella desde otro lugar, uno en el que podemos reconocer cosas que en la vida diaria preferimos mantener sin nombre. Ampuero misma ha explicado, en entrevistas, que para ella muchas de las violencias que aparecen en sus libros no son una fantasía completamente separada de la experiencia cotidiana de las mujeres; de ahí que su escritura haya encontrado en el horror una forma de hablar sobre el cuerpo, el miedo y distintas formas de violencia.
Esto último me interesa porque también explica por qué el terror puede resultar liberador, aunque suene extraño decirlo. Hay miedos que son demasiado difusos para hablar de ellos directamente. Una puede decir que está cansada, que algo le incomoda, que no confía en determinada persona, que siente que algo no está bien, pero esas frases se quedan cortas. Luego aparece una historia y, de pronto, una encuentra una imagen para eso que no sabía explicar. No necesariamente porque el cuento tenga la respuesta, sino porque le da una forma.
También está el placer, claro. Creo que a veces los lectores de literatura nos ponemos demasiado solemnes para admitir que simplemente nos gusta que nos cuenten una buena historia. A mí me gusta asustarme. No siempre, no a cualquier hora y definitivamente no cuando estoy sola y escucho un ruido en la cocina, pero sí. Hay algo profundamente infantil en querer saber qué hay detrás de una puerta, aunque sepamos que probablemente sería mejor no abrirla. Leer es una forma bastante civilizada de hacer eso: uno se queda sentado, pasa páginas y deja que alguien más abra la puerta por nosotros.
Y después está la parte menos civilizada: terminar el cuento y empezar a mirar la puerta de verdad.
Me ha pasado más de una vez. Termino de leer, cierro el libro y durante unos segundos me quedo quieta, escuchando la casa. De pronto descubro que el refrigerador hace un ruido extrañísimo, que las tuberías tienen una personalidad propia y que cualquier sombra en la ventana parece haber esperado exactamente el momento en que yo decidiera acostarme. Entonces prendo otra luz. A veces hasta reviso dos veces que la puerta esté cerrada. Sé perfectamente que no tiene sentido. También sé que mañana probablemente volveré a leer.
Quizá por eso seguimos necesitando historias de miedo. No porque el mundo real no nos alcance, sino porque la literatura puede devolvernos el miedo en una forma que podemos mirar. Puede convertir aquello que nos abruma en una historia con principio, personajes, lenguaje y, eventualmente, un final. No siempre un final tranquilizador. No siempre uno justo. Pero al menos un lugar donde permanecer durante unas páginas y observar aquello que, fuera del libro, muchas veces pasa demasiado rápido.
Estos días, mientras se vuelve a hablar de Ampuero y de esa literatura que no intenta suavizar las zonas más incómodas de la experiencia, he pensado que quizá leer terror sea una manera bastante extraña de cuidar nuestra sensibilidad. No para acostumbrarnos al horror, sino para evitar que nos acostumbremos demasiado a él. Para recordar que detrás de una imagen, de una cifra o de una noticia hay cuerpos, habitaciones, familias, miedos y vidas que podrían parecerse a las nuestras.
No sé si esa era la intención de Ampuero cuando escribió sus cuentos. Tampoco sé si esa es una razón suficientemente seria para justificar mi costumbre de leer historias de terror a las once de la noche y después dormir con la luz del pasillo encendida. Probablemente no.
Pero mañana, si encuentro otro cuento que me dé miedo, seguramente voy a leerlo con la luz encendida.