DANIELA ALBRRÁN
Fue esta mañana al despertar cuando me llegó un “acorde fatal”: Love of Lesbian anunció hace unas semanas que se tomarán un descanso de largo aliento. Mientras escribo esto, se me anidan las lágrimas en los ojos; una tristeza profunda me invade. ¿Qué haré sin ellos?
Tenía veinte años y estaba loca, triste y probablemente drogada cuando escuché los primeros acordes de una guitarra acústica que me engancharían para siempre a LOL: «Club de fans de John Boy». Después no hubo vuelta atrás; me integré, como una homínida, a su azul mundo cínico.
Desde hace más de una década, LOL ha sido el soundtrack de mi vida. Me han acompañado en los mejores momentos, pero también en los peores. Recuerdo una noche en la que sonaba de fondo “Domingo astromántico”; fue una de las madrugadas más horribles de mi existencia. Odié tanto esa canción que, durante mucho tiempo, dejé de escucharla: la asociaba con uno de los traumas más horribles de mi vida.
Amo a Love of Lesbian porque sus letras, aunque hablan de muchos temas, el principal, creo yo, es la escritura y el lenguaje. Creo firmemente que, después de Cervantes, nadie domina el español como Santi Balmes (y que se ataque quien se quiera atacar). Muchas veces, con los audífonos bien puestos, no dejo de sorprenderme con los versos que escucho; eso sólo lo pueden componer los poetas mayores.
Escucharlos siempre me hace sentir nostalgia; me recuerda a mi juventud, pero también es un recordatorio a esas “putas ganas de seguir el show”. En 2016, cuando empezaba a descubrir el mundo adulto, llegó el disco que cambiaría mi vida: El poeta Halley. Me parece increíble que exista una obra que diseccione así el proceso creativo: desde el miedo al papel hasta esos momentos horribles donde un verso se queda en el aire, inalcanzable, esperando a que las sílabas por fin se encuentren para que nazca el poema. Quizá toda la obra de LOL ronde esa misma obsesión: ¿cómo se llega a la palabra exacta?, ¿por qué escribimos lo que escribimos?
Recuerdo una vez, viajando en autobús, escuchando “En busca del mago”, me solté a llorar, ya conocía la canción, pero la música de LOL tiene ese misterio: pueden pasar años antes de que realmente entiendas de qué hablan. A veces, incluso en el trabajo, consumida por el sistema, se escapa una de sus canciones en mi playlist y siento una chispa de felicidad que me desborda. Lloro porque eso hace el lenguaje: te conmueve hasta la médula.
Todo lo que escribo está atravesado por el ritmo de LOL. A veces descubro un matiz nuevo en un verso y pienso: “Dios, ¿cómo alguien puede escribir esto?”. Me parece diabólico; demasiada belleza. Durante la pandemia escuché mil veces “Si salimos de ésta”, fue una canción que me consolaba durante esos días de encierro, y hace algunos años escribí un cuento titulado Bernardo Bucio cuya semilla fue “Los días no vividos”.
LOL se toma un respiro y yo estoy triste. No sé cuándo regresarán, ni si volveré a verlos en un escenario, pero vaya, Santi, confío en ti. Estaré esperando tu gran truco final.

Fotografía extraída de FB: @Love of Lesbian