FROYLÁN ALFARO
A veces me despierto con la sensación de que algo ha quedado inconcluso, como si el día anterior se hubiera dividido en varios caminos y yo hubiera tomado uno de ellos sin darme cuenta. En la oscuridad de la habitación, mientras el reloj muestra las 6:47, tengo la impresión de que en otro mundo, no muy lejos de éste, sigo durmiendo. Quizás allí la alarma no sonó, o quizá decidí ignorarla. Tal vez en ese otro lugar el café aún humea sobre la mesa y yo lo miro distraído, sin sospechar que en esta versión del universo ya lo he bebido todo.
Los filósofos llaman mundos posibles a esos lugares. No son metáforas vacías, son intentos serios por pensar la textura del ser. Leibniz los imaginó como ideas en la mente de Dios, cada uno con su propia consistencia y sus propias leyes, pero sólo uno, el “mejor de los mundos posibles”, alcanzaba a actualizarse, alcanzaba a ser. Los demás, decía, quedaban suspendidos en la infinita posibilidad de lo que pudo ser. Pero ¿qué ocurre con esas posibilidades que no llegan a existir? ¿Desaparecen sin dejar huella o continúan vibrando, como un eco, detrás del mundo que sí ocurrió?
Con esta idea en mente salí de mi casa la semana pasada. En la esquina, un vendedor ambulante me ofreció un vaso de frutas picadas y yo le sonreí sin detenerme. Quizá en otro mundo me habría detenido. En ese otro mundo habría comprado las frutas, y tal vez el sabor me habría devuelto un recuerdo olvidado. Así, una mínima variación habría reescrito la estructura completa de mi día, de mi vida, de todo el universo que me contiene.
La lógica modal, una rama de la filosofía formal que intenta domesticar la posibilidad, diría que en cada instante se abren múltiples caminos. Algunos conducen a futuros coherentes, otros a contradicciones imposibles. Pero todos, mientras no se cierren, tienen posibilidad. David Lewis afirmó que esos mundos no son simples ficciones, que existen con la misma realidad que el nuestro. Sólo que estamos atrapados en uno, sin poder mirar a los demás. Me gusta imaginar que Lewis no hablaba de universos físicos, sino de dimensiones narrativas donde cada elección sería una línea de texto que se separa del original, una historia paralela escrita con las mismas letras, pero con distinta puntuación. Esa idea me acompañó durante el trayecto en metro.
La filosofía cuando habla de estas cosas puede parecer fría, sobre todo porque lo hace desde una perspectiva llena de símbolos matemáticos, pero en el fondo se trata de ver que cada gesto encierra una infinidad de historias que no fueron. Aristóteles decía que la potencia es aquello que puede ser sin ser todavía. La posibilidad, por tanto, es una forma del ser latente. Todo lo que no se actualiza no deja de existir por completo; simplemente permanece en suspenso, esperando quizás una mirada que lo reconozca.
Al llegar a la universidad ese mismo día, recordé a un profesor que solía decir que la vida es una máquina de exclusiones porque cada acto afirma algo y niega una multitud. Cada decisión es una puerta que se cierra sobre miles de corredores invisibles. La existencia, vista así, es una economía de la posibilidad donde vivimos gracias a las cosas que no ocurren. Sin esas renuncias silenciosas, sin esa clausura constante de opciones, el mundo sería una maraña infinita, un caos de realidades que ocurren al mismo tiempo.
Más tarde, mientras leía un poco, noté que el vapor del café formaba figuras sobre la superficie. Por un instante creí ver un rostro, tal vez el mío, tal vez el de alguien que nunca conocí, y luego se desvaneció. Pensé en el azar, en cómo un ligero cambio de temperatura podría haber conservado esa figura un segundo más, o menos. Todo es así, una coreografía delicada donde la mínima alteración transforma el conjunto.
No pude evitar imaginar que, en otro mundo, el rostro en el vapor se mantuvo lo suficiente como para que yo lo fotografiara. Pero en este mundo, el vapor se disipó antes y sólo quedó la idea que es apenas una sombra de lo posible.
De noche, al regresar a casa, pensé en todos los caminos que no tomé, en las palabras que no dije, en las personas que nunca conocí. Pensé también en mí, multiplicado en versiones que ignoro. Tal vez uno de esos otros yo decidió quedarse a vivir en otra ciudad, o estudiar otra cosa. Y todos ellos, desde sus respectivos mundos, se preguntan también por mí.
Hay una tristeza suave en saber que cada instante implica la pérdida de infinitos mundos. Pero también hay consuelo, pues lo posible nunca desaparece del todo. Aunque no se actualice, sigue respirando en algún rincón de la imaginación. Porque pensar, decía Borges, es una manera de recordar lo que nunca ocurrió.
Justo ahora, querido lector, vuelvo a esa sensación inicial: el rumor de lo que no fue. Cierro los ojos y escucho, como si detrás de todo el ruido de la ciudad hubiera un coro de existencias paralelas. No son fantasmas, ni ilusiones, son las posibilidades que no elegimos. Tiendo a pensar que, tal vez, el universo sea eso: sólo una biblioteca infinita de versiones, y cada vida, una lectura entre tantas.