ENRIQUE GARRIDO
Llegó esa fecha del año donde Toluca se convierte en una sucursal del Mictlán. Así lo constaté después de que atentara contra la naturaleza de los fantasmas, de acuerdo con la tesis de Vicente Quirarte, y fuera a pagar la luz. No hay nada más muerto en vida que pagar tus servicios e impuestos. Atravesé por el andador Constitución para llegar a los cajeros de CFE. Mientras me acercaba a cumplir con mi deber ciudadano, noté la cantidad de puestos, colores, papel picado y demás parafernalia de criaturas sobrenaturales. Un collage de distintas culturas donde lo mismo puede convivir un catrín que un zombie, una catrina y un columnista.
Día de muertos es sin duda una de las temporadas más fotografiables en México, lo confirma la cantidad de películas que insinúan que vivimos en un permanente desfile con maquillaje y calaveritas, desde James Bond hasta la abuela Coco. Esto lo pude notar a detalle debido a la cantidad de gente y el nulo movimiento de las personas. El drama de la lentitud se vive en los autos y las aceras, andadores y festivales, entre ambulantes, policías y fotógrafos de ocasión, pues el encuadre perfecto requiere tiempo, espacio y tomar turno.
El sociólogo John Urry planteó la noción de The tourist gaze, con la cual señalaba el fenómeno donde el turismo se organiza a través de la mirada, y, en muchos casos, la experiencia turística se convierte en la colección de fragmentos visuales más que en la vivencia integral del lugar. Dicha perspectiva la veo en casi todos lados, en la Feria del Alfeñique, en las ferias de libro, en restaurantes, bares, conciertos, festivales, prácticamente todo lugar de aglomeración debe contar con uno o varios espacios instagrameables, como si la realidad necesitara un filtro para existir.
Gracias a la masificación de las cámaras fotográficas en los celulares y el auge de las redes sociales, las fotografías en serie se convirtieron en prueba de vida. Susan Sontag lo advertía al señalar que fotografiar puede ser una forma de reemplazar la experiencia, un modo de observar el mundo a través del lente, no para recordarlo, sino para confirmar que estuvimos allí.
Ahora, la muerte como la vida, también se volvió escenografía. Jean Baudrillard y Guy Debord lo llevaron más lejos, pues para ellos vivimos rodeados de representaciones, espejos que no reflejan, sino proyectan. Lo que antes era rito hoy es posteo. No importa si el altar es prehispánico, barroco o de temporada, lo importante es que luzca. Los fantasmas ya no asustan, ahora sonríen, maquillados, mientras esperan que la foto salga bien encuadrada.
Camino entre papel picado, calaveras de azúcar y luces de neón y pienso que Toluca parece una sucursal del Mictlán 2.0, una ciudad donde todos los muertos posan, tienen perfiles y regresan por la ofrenda de likes. En el fondo sospecho que fotografiamos el altar para recordar a nuestros difuntos, y que el algoritmo no nos deje morir digitalmente. Y así, después de tantas fotos, ofrendas y filtros, regreso a casa con la conciencia tranquila. Honré a mis muertos, ya cumplí con la tradición… y con el SAT. Porque si algo une al más allá y al más acá es que ninguno perdona la falta de pago.