Imágenes: Cortesía
JUAN GERARDO AGUILAR
The only thing more powerful than hate is love… Ese fue, de entre todos, uno de los mensajes que más captó mi atención del ya abordado, discutido y manoseado show de medio tiempo ofrecido por Bad Bunny durante el Super Bowl LX.
No por profundo —que no lo es— ni por original —que tampoco lo es—, sino porque apareció ahí, plantado en medio del ruido, de los hombres arbusto, de la parafernalia, las luces, el marketing y la pirotecnia emocional, como una obviedad que parece que seguimos necesitando que nos repitan a gritos.
Debo confesar que nunca he sido fan del futbol americano. Es más, creo que una vez mentí al respecto nomás para quedar bien con alguna novia. Es algo que no me enorgullece, pero que tampoco me avergüenza.
Lo digo porque en nombre del amor todas y todos hemos sido capaces de caer en cualquier clase de comportamientos atípicos o cuestionables. Hay quien finge aficiones, hay quien ríe de chistes malos, hay quienes escuchan playlists infames o incluso quienes se quedan donde ya no están cómodos únicamente para no incomodar al otro.
El amor tiene ese poder raro: nos vuelve flexibles, a veces ridículos, a veces heroicos. Nos saca de carácter y nos mete en personajes que no sabíamos que podíamos interpretar. Uno ama y, de pronto, está viendo partidos que no entiende, yendo a bodas de gente que no conoce o defendiendo lo indefendible.

Sin embargo, cercano al 14 de febrero, siempre vienen a mi memoria dos libros que han sido clave en mi manera de entender cómo, por qué y para qué nos enamoramos. El primero es Amor y occidente, de Denis de Rougemont y el segundo De qué hablamos cuando hablamos de amor de Raymond Carver. Dos libros distintos, pero que dialogan y discuten como una pareja que ya se conoce de atrás tiempo.
En el primero, De Rougemont desmenuza nuestra idea del amor romántico, siempre ligada al sufrimiento. La noción de que amar es padecer, de que mientras más duele, más auténtico es. El amor como tragedia, como imposibilidad, como incendio perpetuo.
Tristán e Isolda, Romeo y Julieta, la épica del deseo que sólo se justifica cuando no puede realizarse del todo. Un amor que necesita obstáculos para existir, porque cuando se vuelve cotidiano, cuando se vuelve posible, pierde sabor y glamour.
Quizá por eso tanta raza se aburre cuando todo va bien. Todos hemos estado ahí alguna vez. Quizá por eso confundimos intensidad y toxicidad con amor y drama con profundidad. Quizá por eso seguimos romantizando relaciones que nos rompen, nos atropellan o nos tumban de la moto mientras desconfiamos de las que nos suelen dar paz.
En el segundo, el relato que le da nombre al libro, Carver pone a cuatro personajes alrededor de una mesa hablando de amor mientras beben ginebra. Cada uno cree saber qué es. Cada uno tiene su versión. Y, sin embargo, ninguno logra definirlo del todo. El amor aparece fragmentado, contradictorio, torpe y humano. No hay épica, no hay música de fondo, solamente personas tratando de entender qué les pasó y por qué les sigue doliendo.
Ahí sí que el amor no salva, pero cómo acompaña. No ilumina, pero por lo menos logra calentar un poco. No promete eternidad, pero insiste en alcanzarla. Porque también hay cierta congruencia en tratar de cristalizar un anhelo, sin importar que se nos vaya la vida o la salud mental en ello.
Decía Pierre Bourdieu que el amor es una forma de violencia simbólica aceptada, una apuesta desigual donde siempre hay alguien que ama más. Una trampa hermosa, pero trampa al final. Y aun así entramos. Aun así, firmamos el contrato sin leer las letras chiquitas. Porque el amor también es eso: un acto de fe ligeramente irresponsable.
El poeta y rapero venezolano Canserbero traía tatuado en el hombro izquierdo ALL WE NEED IS LOVE y aun así murió en circunstancias dignas de cualquier triángulo amoroso. Nada más humano que eso: creer en el amor hasta el final y, aun así, no salir ileso. Porque el amor no garantiza finales felices, sino experiencias intensas.
No nos queda más que amar como sea. Amar como podamos, amar como Dios nos dé a entender: a la pareja, al amigo, a la ciudad, a la circunstancia… Amar bien, amar mal, amar tarde, amar a tiempo y a destiempo. Amar sin manual y sin garantías. Amar incluso cuando no tengamos muy claro qué estamos haciendo, porque casi nunca lo tenemos. Amar cuando dé miedo. Amar cuando toque irse y también cuando toque quedarse y hacerse cargo.
Porque en este marasmo de entretenimientos instantáneos y dopamina a corto plazo que es el mundo, al final lo único que nos queda de verdad es eso: amar a manos llenas, aun sabiendo que cada instante cuenta y que todo —absolutamente todo— se puede venir abajo en cualquier momento.
El mundo, la vida y el amor no son para los tibios ni para los que calculan demasiado. Son para quienes se atreven a sentir incluso teniendo la certeza de que puede doler; para quienes entienden que amar no es blindarse, sino exponerse; para quienes, después del golpe, quizás no se vuelven mejores, pero, por lo menos, un poco más honestos.
Y porque, al final, el amor casi nunca se parece a una promesa, sino a algo que, para bien o para mal, nos transforma. Love is amor, aun cuando no sepamos muy bien cómo ni para qué, sino hasta después de mucho tiempo.
X: @JuanGerardoAg11
FB: Juan Gerardo Aguilar
IG: juan.gerardo.aguilar
