JUAN GERARDO AGUILAR
Si algo tiene el tiempo son formas bastante raras de transcurrir, pero de todas, la más triste es cuando empezamos a medir la vida en la cantidad de amigos que hemos perdido. Es algo a lo que no logramos acostumbrarnos del todo, porque siempre, en cada funeral de alguien —que paradójicamente termina convirtiéndose en la única forma de reunir a las amigas y amigos de antaño— resulta inevitable la pregunta: ¿seré yo quien esté la próxima vez dentro del féretro?
Y es que con los compas opera un duelo distinto al de la familia, porque suelen ser personas con las que compartes otro tipo de intimidad, otra cercanía. Incluso te sacude de una u otra manera enterarte de que murió alguien que ya no era tu amigo y con quien ya habías retirado embajadores desde hace mucho tiempo.
Quizás por eso me trastoca tanto cada que escucho Mis amigos muertos, de Real de Catorce, el tercero de la banda, lanzado en 1989, y, a mi juicio, el más oscuro de todos. Un álbum impregnado de nostalgia, de derrotas acumuladas y de la melancolía soterrada de las letras de José Cruz. Un disco dedicado, precisamente, a los que ya no están, a los que se fueron quedando en el camino antes de tiempo.
Porque es un hecho indiscutible que uno tarda en procesar la muerte de los amigos. Y en mi caso, que nací y crecí entre dos barrios donde la esperanza de vida dependía de qué tan rápido corrías, también fue extraño ir viendo cómo iban cayendo como fardos. Primero uno, luego otro, luego otro más. Y un día te das cuenta de que la mayoría de los compas de la infancia y la adolescencia ya están muertos, locos o encarcelados.
A veces ni siquiera te enteras inmediatamente. Alguien que te topas meses después y te dice: “¿Qué crees? Ya mataron al Tacua”. Y tú te quedas como idiota, tratando de acomodar el golpe, porque en tu cabeza el Tacua todavía tiene veinte años, todavía anda buscando pleito, todavía se ríe socarronamente, todavía te pide que le completes pa’ la caguama.
Lo más raro es que la muerte de los amigos no siempre llega acompañada de tristeza inmediata. A veces llega con culpa. Esa culpa de no haber llamado antes, de no haber contestado ese mensaje; de haber pensado que “luego nos vemos” era una tarjeta ilimitada y no este préstamo ventajoso que tarde o temprano se nos cobra con intereses.
También llega con humor negro, porque así somos muchos de los que crecimos en ambientes donde la tragedia es parte del paisaje. Uno termina contando anécdotas del difunto entre risas, no por falta de cariño, sino porque hay muertos que no soportarían vernos llorarlos durante demasiado tiempo.
Tengo compas que, si pudieran levantarse cinco minutos de la caja, lo primero que harían sería burlarse de nosotros por escoger una foto tan culera para su altar o por ponerles música triste cuando en vida pedían metal, rock o música electrónica.
Quizá por eso los funerales entre amigos suelen parecer reuniones clandestinas de sobrevivientes. Todos llegamos un poco más gordos, más pelones, más jodidos emocionalmente. Nos abrazamos fuerte. Prometemos volver a vernos pronto. Intercambiamos números que probablemente nunca usaremos. Y luego, cada quien volvemos a desaparecer en nuestra propia rutina, así hasta el siguiente muerto. Ahí es cuando uno entiende algo terriblemente cierto: conforme envejecemos, dejamos de hacer planes a largo plazo y comenzamos a coleccionar ausencias.
Recuerdo también la novela La promoción del 49 de Don Carpenter, que sigue la vida de un grupo de jóvenes después de graduarse de preparatoria, viendo cómo el tiempo, las malas decisiones, el alcoholismo, la frustración y el desgaste cotidiano van erosionando sus sueños hasta convertirlos en adultos rotos, desencantados y profundamente solos.
Y creo que algo de eso pasa con las amistades que crecieron con uno. Porque cuando eres morro piensas que siempre estarán ahí, como si el barrio fuera una institución eterna. Pero luego aparece la vida y empieza a pasarles por encima a todos de maneras distintas. Uno cae en las drogas, otro en la cárcel, otro en el matrimonio, otro en la depresión, otro en el fanatismo religioso, otro en la muerte… Y, al final, los sobrevivientes terminamos viéndonos como veteranos de una guerra absurda que ni siquiera sabemos cuándo empezó.
A veces pienso que madurar también consiste en aprender a cargar fantasmas sin hacer demasiado ruido. Porque los amigos muertos no se van del todo: se quedan hablando dentro de uno. En ciertas canciones, en ciertas calles, en el sabor de la cerveza, en una carcajada que escuchas parecida a la de alguien que ya no está y que por un segundo te hace voltear.
Por eso hay discos que duelen distinto. Y Mis amigos muertos no solamente es un título poderoso: es prácticamente una advertencia, porque trata sobre algo brutal, sobre la pérdida, y nos recuerda que el verdadero duelo no siempre ocurre cuando entierran a alguien, sino después, cuando la vida continúa sin pedir permiso y descubres que ya no existen ciertas personas.
Como canta José Cruz: “llévate la historia, donde yo no pueda encontrarla. Ahógala en las dunas, entiérrala en el mar…” Y quizás de eso se trate todo esto: de aprender a vivir rodeado de recuerdos que aparecen sin avisar, de nombres que ya nadie pronuncia, de voces que sólo sobreviven dentro de nuestra cabeza.
Lo culero es que uno nunca termina de acostumbrarse. Puede hacerse más resistente, más cínico, más funcional, incluso, pero jamás se acostumbra realmente a que la gente desaparezca. Mucho menos los amigos, porque con ellos uno compartió versiones de sí mismo que tampoco existen.
A veces pienso que por eso duele tanto perderlos: porque no solamente se mueren ellos, también se muere la persona que eras cuando estabas con ellos. Y entonces entiendes que el tiempo no pasa, sino que cobra con despedidas inesperadas y con funerales donde cada vez reconoces más rostros y menos futuros.
Pero aun así seguimos adelante. Medio rotos, medio riéndonos, medio fingiendo que todo está bajo control. Porque supongo que de eso también se trata sobrevivir: de aprender a cargar a nuestros muertos sin dejar que nos entierren con ellos.
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