JUAN GERARDO AGUILAR
El refrán dice caras vemos, corazones no sabemos, pero la versión actualizada tendría que decir: caras vemos, parafilias no sabemos. Y es que pareciera que uno recuerda sólo a los amores que le dejaron huella, aunque a veces esa huella sea tan tóxica como rastro de uranio.
Treinta y cinco relaciones tóxicas no te definen, lo sigo sosteniendo. Aunque debo reconocer que todas dejan algo: una cicatriz, una manía o, en el mejor de los casos, una anécdota que, inevitablemente, terminará en esta columna.
Recuerdo, por ejemplo, cuando salía con una policía estatal que se prendía al ponerme su arma reglamentaria en la sien y preguntarme: «¿De quién eres?». A esas alturas de mi vida ya aprendí que el amor adopta formas bastante raras para hacerte entender que la terapia siempre sale más barata.
Ahora soy de gustos más simples: prefiero las uñas en la espalda o una buena cachetada mientras me preguntan lo mismo. Los años, dicen, también refinan el paladar. Insisto: caras vemos, parafilias no sabemos.
Eso me hizo pensar que el placer es una de las pocas cosas verdaderamente caprichosas que existen. Nadie se sienta una tarde a elegir de manera consciente aquello que le va a acelerar el pulso. Simplemente ocurre.
Hay a quienes les gustan las personas altas, chaparras, inteligentes, tatuadas, con lentes, con voz grave, con doctorado, con problemas de apego o con la capacidad emocional de una licuadora. El deseo, como los gatos, rara vez hace caso cuando lo llaman.
Richard von Krafft-Ebing intentó ponerle orden científico a ese caos en su libro Psychopathia Sexualis. Ahí catalogó decenas de comportamientos, clasificó obsesiones, bautizó inclinaciones y creyó que la taxonomía ayudaría a comprender lo que el deseo hace con nosotros. Y pon tú que sí tenía razón, hasta cierto punto, porque el placer siempre encuentra una rendija para escaparse de cualquier categoría.
De hecho, fue ahí mismo donde dos apellidos terminaron convertidos en palabras de uso cotidiano. El del marqués de Sade y el de Leopold von Sacher-Masoch. Desde entonces se habla de sadismo y masoquismo como si fueran conceptos médicos, cuando en realidad también son dos maneras muy humanas de recordarnos que el deseo nunca ha sido del todo razonable.
Porque todos tenemos parafilias, la cosa es que no todos lo aceptamos. Y no hablo únicamente de las sexuales. También existen las afectivas, las sentimentales y las cotidianas. Están quienes sólo pueden enamorarse de personas emocionalmente indisponibles, quienes necesitan que los ignoren para sentirse queridos, quienes disfrutan peleándose en redes sociales con desconocidos, quienes coleccionan tenis que jamás se ponen, quienes compran libros para acomodarlos por color sin abrirlos ni leer una sola página o quienes revisan compulsivamente si ya les contestaron el mensaje que enviaron hace treinta segundos.
Todos tenemos algo raro. La diferencia consiste en que hay rarezas que tienen un mejor departamento de relaciones públicas que otras. Vivimos fingiendo normalidad como si esta hubiera existido alguna vez. Nos vestimos como se espera, hablamos como se espera, publicamos fotografías donde damos el gatazo de ser emocionalmente estables. Luego, llega la noche y cada quien lidia en privado con sus propias extravagancias.
Tal vez por eso siempre me ha causado gracia el escándalo moral con el que solemos mirar las obsesiones ajenas. Nos punzan las parafilias de los demás mientras abrazamos con absoluta naturalidad las propias. Todos creemos que el raro siempre es el otro. Nadie sospecha que también ocupa ese lugar en la historia de alguien más.
El placer, además, tiene un sentido del humor bastante negro. Nos lleva exactamente hacia aquello que juramos que jamás nos gustaría. Nos hace romper principios que antes defendíamos con total convicción y nos obliga a reconocer que somos mucho menos coherentes de lo que nos jactamos en público.
Y quizás es ahí donde radica buena parte de nuestra humanidad. No en la perfección, sino en esa maraña de contradicciones que cada quien administramos como Dios nos da a entender. Porque con el tiempo he descubierto que avanzar también consiste en dejar de espantarse por la complejidad de los demás, en entender que la gente es muchísimo más rara, más frágil y más divertida de lo que aparenta.
Por eso desconfío de quienes presumen vivir en absoluta normalidad, porque la normalidad casi siempre es una estrategia de marketing personal. Yo prefiero a quienes aceptan que tienen sus manías, sus obsesiones, sus fijaciones y sus gustos culposos. No porque sean mejores personas, sino porque al menos son más honestas.
Al final, el placer es así de caprichoso: llega sin pedir permiso, se instala donde le da su chingada gana y rara vez da explicaciones. Uno puede pasarse la vida intentando domesticarlo o aprender a convivir con él sin convertirlo en religión ni en motivo de vergüenza.
Porque, después de todo, seguimos siendo eso: una especie extraordinariamente sofisticada para construir civilizaciones, pero sorprendentemente impredecible cuando se trata de averiguar cuáles son los demonios que nos hacen felices.
Y a estas alturas, si alguien me asegura que jamás ha tenido un gusto culposo, una fijación inexplicable o una fantasía que preferiría no contar en la cena familiar, no le creo, porque si algo he aprendido durante todos estos años es que las personas que se jactan de ser absolutamente normales suelen ser las que esconden las historias más retorcidas.
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