ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
La memoria no se presenta como un relato ordenado ni como una lección aprendida. Se infiltra. Aparece en momentos incómodos, en silencios que no se llenan, en esa sensación persistente de que algo no termina de encajar entre lo que vivimos y lo que decimos que somos. No irrumpe para cerrar nada, sino para interrumpir. Para recordarnos que debajo de la superficie —esa que a veces preferimos festiva, otras veces indignada— hay una serie de fracturas que no han sido atendidas, solo administradas.
México ha aprendido a convivir con esa administración de lo pendiente. A moverse entre intensidades: la celebración que reúne, la indignación que separa. Como si el país existiera en esos extremos, sin detenerse demasiado en lo que ocurre entre uno y otro. Podemos coincidir en el entusiasmo con una facilidad casi orgánica; reconocernos en un mismo grito, en un mismo gesto colectivo, en una misma ocupación del espacio. Pero esa coincidencia, que podría ser el punto de partida de algo más profundo, suele agotarse en sí misma. No se traduce necesariamente en cuidado, ni en responsabilidad compartida, ni en una forma más compleja de convivencia.
Y, por otro lado, cuando lo que emerge no es entusiasmo sino incomodidad, la reacción tiende a endurecerse. Se activan defensas, se levantan juicios, se distribuyen culpas con rapidez. Lo que incomoda se percibe como amenaza, no como síntoma. Se descalifica antes de comprender. Se responde antes de escuchar. Y en ese movimiento —que ya se ha vuelto casi automático— se va erosionando algo más profundo que cualquier desacuerdo puntual: la posibilidad misma de reconocernos en la diferencia sin convertirla en ruptura.
No es que falten causas, razones o motivos. Sobran. El país está atravesado por violencias que no son abstractas, que tienen cuerpo, historia, nombres, consecuencias. Pero el problema no radica únicamente en su existencia, sino en la manera en que nos posicionamos frente a ellas. En la forma en que decidimos cuáles nos interpelan y cuáles podemos relativizar. En la facilidad con la que jerarquizamos el dolor: cuál es legítimo, cuál es exagerado, cuál es oportuno, cuál debería esperar.
Ese filtro —casi invisible, pero profundamente operativo— termina configurando nuestra idea de comunidad. Porque no se trata solo de lo que pensamos, sino de lo que estamos dispuestos a sostener. Y ahí es donde aparece una tensión difícil de esquivar: la distancia entre lo que proclamamos como valores y la manera en que reaccionamos cuando esos valores nos exigen algo.
Se habla con frecuencia de reconstruir el tejido social, como si se tratara de una tarea técnica o de una consigna que pudiera activarse por decreto. Pero el tejido no es una abstracción. Es una red de prácticas cotidianas, de decisiones pequeñas, de gestos que se repiten hasta volverse estructura. Se rompe cuando normalizamos la exclusión, cuando justificamos la violencia si no nos toca directamente, cuando reducimos al otro a una caricatura conveniente. Y no se recompone con declaraciones amplias, sino con una disposición sostenida a incomodarse.
Porque sanar implica perder ciertas certezas. Implica renunciar a la tranquilidad de dividir el mundo entre quienes tienen razón y quienes no. Implica aceptar que incluso dentro de las causas más justas puede haber zonas ciegas, excesos, errores. Y que reconocerlos no invalida la causa, pero sí la vuelve más compleja, más real, más humana.
También implica algo menos visible pero igual de importante: revisar el lugar desde el que miramos. Entender que nuestra experiencia no es medida universal, que nuestras formas de habitar el mundo no agotan las posibles. Que el otro —aunque piense distinto, aunque incomode, aunque no encaje— no es un obstáculo para eliminar, sino una presencia que obliga a ampliar el marco.
En ese sentido, palabras como amor, respeto o tolerancia suelen descartarse con rapidez, como si pertenecieran a un registro ingenuo o insuficiente. Y es comprensible: han sido utilizadas tantas veces de manera superficial que han perdido densidad. Pero tomadas en serio, esas palabras no son suaves. Exigen. Descolocan.
Amar, en un contexto fracturado, no es una emoción complaciente. Es una decisión incómoda de no deshumanizar, incluso cuando el otro se vuelve difícil de sostener. Es negarse a reducirlo a una etiqueta, a un error, a una postura. Es reconocer que su vida no depende de nuestra aprobación.
Respetar tampoco es simplemente tolerar la presencia del otro a distancia. Es aceptar que ocupa un lugar legítimo en el espacio común. Que su voz no necesita coincidir para tener derecho a existir. Que su experiencia no requiere validación previa para ser atendida.
Y tolerar —quizá la más malentendida de todas— no es aguantar pasivamente. Es sostener la diferencia sin convertirla en excusa para la exclusión o la violencia. Es aceptar que la convivencia no se construye desde la homogeneidad, sino desde la capacidad de permanecer en la tensión sin romperla.
Nada de esto se resuelve en el plano discursivo. Se juega en lo cotidiano, en lo inmediato, en lo que rara vez se vuelve visible. En cómo reaccionamos ante lo que nos descoloca. En la rapidez —o la pausa— con la que juzgamos. En la disposición real a escuchar algo que no queremos escuchar.
Quizá uno de los mayores riesgos del momento actual es la ilusión de que todo debe resolverse en términos absolutos. Que cada discusión define bandos irreconciliables. Que cada diferencia confirma una distancia insalvable. Y desde ahí, el paso hacia la deshumanización se vuelve corto, casi inevitable.
Pero la realidad —más compleja, menos ordenada— insiste en otra cosa: en la coexistencia. En la necesidad de compartir espacio con quienes no elegimos, con quienes no coincidimos, con quienes incluso nos confrontan. Y esa coexistencia no puede sostenerse desde la lógica del enemigo permanente.
No se trata de eliminar el conflicto. Eso sería no solo ingenuo, sino indeseable. El conflicto, cuando se asume, puede abrir posibilidades, cuestionar inercias, señalar injusticias. El problema es cuando se convierte en única forma de relación. Cuando todo se traduce en confrontación. Cuando la diferencia deja de ser punto de partida y se vuelve destino final.
Ahí es donde el tejido termina por desgastarse.
Recomponerlo no implica volver a un estado ideal que probablemente nunca existió. Implica construir otra forma de estar juntos, más consciente, más exigente, menos automática. Una que no dependa exclusivamente de la coincidencia ni de la intensidad emocional, sino de una ética mínima compartida: la de reconocer que la vida del otro importa, incluso cuando incomoda, incluso cuando desafía.
Esa ética no es abstracta. Se manifiesta en decisiones concretas: en no trivializar la violencia, en no justificarla selectivamente, en no desplazar la discusión hacia lo más fácil. En sostener la mirada cuando sería más cómodo apartarla.
Tal vez no haya una reconciliación total, ni un momento en el que todo encaje. Pero sí puede haber una forma distinta de habitar la incomodidad. Una que no derive automáticamente en rechazo. Una que permita que la diferencia no sea sinónimo de ruptura.
Porque al final, más allá de las narrativas que compiten, de las posturas que se endurecen, de las tensiones que no desaparecen, hay algo que sigue siendo ineludible: compartimos el mismo espacio, el mismo tiempo, la misma fragilidad.
Y lo que hagamos con eso —cómo lo cuidemos, cómo lo sostengamos, cómo decidamos no romperlo del todo— no es un asunto menor.
Es, probablemente, lo único que realmente está en juego.