ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hay nombres que no se pronuncian lo suficiente, no porque falten palabras, sino porque incomodan lo que preferiríamos pensar resuelto. Octavio Acuña es uno de esos nombres. Tenía 28 años, vivía en Querétaro y hacía algo que, todavía hoy, sigue siendo un acto político: existir públicamente como hombre gay, educar, acompañar, abrir espacios para que otros pudieran hacerlo también. Su vida no era solo suya; estaba entrelazada con un esfuerzo colectivo por ampliar lo vivible. Un año antes de su asesinato, había impulsado una marcha contra la homofobia en una ciudad donde la visibilidad no era celebración, sino riesgo. El 21 de junio de 2005 lo asesinaron. Lo que vino después fue la insistencia institucional en nombrarlo de otra forma: robo, confusión, cualquier cosa menos lo que señalaban el contexto, las amenazas previas, la violencia acumulada. La dificultad no estaba en entender, sino en admitir.
Recordar a Octavio hoy no es un gesto nostálgico; es una forma de leer el presente. El Pride, en México y en muchas partes, se ha transformado en una superficie brillante donde caben la fiesta, el consumo y una cierta idea de inclusión. Es comprensible: ocupar la calle sin miedo, bailar, besarse, existir sin esconderse, no es poca cosa. Pero esa capa de celebración convive con otra más incómoda, menos visible, que no ha desaparecido: la de la violencia que persiste, la de los crímenes de odio que siguen ocurriendo, la de las vidas que todavía son consideradas prescindibles. Entre ambas capas hay una tensión que el desfile no resuelve. Más bien, la disimula por momentos.
El problema no es que el Pride sea celebración, sino cuando la celebración se vuelve sustituto de la memoria. Cuando el origen —la protesta, el riesgo, la desobediencia— se vuelve decorado. Octavio no marchaba para que décadas después la diversidad fuera un segmento de mercado; marchaba porque había una urgencia material: la de vivir sin ser agredido, la de no ser expulsado del espacio público, la de no morir por ser quien era. Esa urgencia no ha desaparecido del todo. Ha cambiado de forma, se ha desplazado, se ha vuelto desigual según el territorio, la clase, el género, el cuerpo. Hay ciudades donde la visibilidad es más segura y otras donde sigue siendo una apuesta peligrosa. Hay cuerpos más protegidos y otros más expuestos.
En este contexto, el resurgimiento de distintos fundamentalismos —de derecha y también de ciertas izquierdas— complica aún más el panorama. Desde la derecha, el lenguaje es conocido: apelaciones a un orden “natural”, a la familia como estructura única, a la sospecha sobre cualquier diferencia. Es un discurso que no siempre se presenta como odio explícito; a veces se disfraza de preocupación, de tradición, de moral. Pero sus efectos son concretos: legitima la exclusión, normaliza la violencia, justifica el rechazo. Desde ciertos sectores de izquierda, el problema adopta otra forma: la tentación de reducir la experiencia humana a categorías rígidas, de vigilar el lenguaje como si en él se agotara la transformación social, de convertir las diferencias internas en campos de batalla donde se decide quién es lo suficientemente legítimo para pertenecer. No es el mismo fenómeno, ni tiene las mismas consecuencias, pero comparte un rasgo: la dificultad para sostener la complejidad sin simplificar al otro.
Entre esos extremos, la vida concreta de las personas LGBT+ ocurre en condiciones que no se resuelven en el plano del discurso. Se resuelven —o no— en la calle, en la familia, en el trabajo, en la posibilidad de no ser agredido al tomarse de la mano con alguien, en la garantía de que una denuncia será atendida, en la certeza de que un crimen no será archivado bajo una etiqueta conveniente. Ahí es donde el nombre de Octavio vuelve a adquirir peso. No como símbolo abstracto, sino como recordatorio de que la violencia tiene historias específicas, cuerpos concretos, responsabilidades que no se diluyen con el tiempo.
Pensar el Pride hoy exige sostener esa incomodidad: reconocer lo que se ha ganado sin perder de vista lo que falta y lo que se está perdiendo en algunos lugares. Exige también resistir la tentación de convertir la memoria en un gesto automático, en una lista de nombres que se repite sin transformar nada. Recordar a Octavio no es solo decir su nombre; es preguntarse qué condiciones hicieron posible su asesinato y cuáles de esas condiciones siguen operando. Es aceptar que la impunidad no es un accidente aislado, sino una forma de continuidad de la violencia.
Quizá el desafío esté en recuperar una idea más exigente de lo que significa estar en el espacio público. No solo ocuparlo, sino disputarlo. No solo celebrarlo, sino habitarlo con conciencia de su historia. El Pride puede seguir siendo fiesta, pero no puede dejar de ser, al mismo tiempo, una forma de intervención: un recordatorio de que los derechos no son definitivos, de que la visibilidad no es garantía de seguridad, de que la diferencia no ha dejado de ser un punto de conflicto.
Octavio Acuña no está, y eso no es una metáfora. Es una ausencia concreta que no se resuelve con el paso de los años. Pero su nombre, cuando se pronuncia con atención, introduce una interrupción en la narrativa cómoda del progreso lineal. Obliga a mirar de frente la persistencia del odio y, al mismo tiempo, la necesidad de seguir construyendo formas de vida donde ese odio no tenga la última palabra. Entre la celebración y la memoria, entre la conquista y la deuda, ahí es donde el Pride encuentra su sentido más honesto.