Coffee 1915 Pierre Bonnard 1867-1947 Presented by Sir Michael Sadler through the Art Fund 1941 http://www.tate.org.uk/art/work/N05414
Imágen: Café, Pierre Bonnard.
CÉSAR ANGUIANO
No soy un gran bebedor de café, y sin embargo, lo consumo en cantidades considerables; por esa razón, mientras escuchaba una pequeña cápsula cultural en tik-tok sobre esta bebida, me dije que si algún día escribía algo sobre ella, tendría que hacerlo desde mi punto de vista, sin inventar nada, dejando simplemente que mi memoria trajera a la luz, si no todos, al menos una buena parte de los recuerdos relacionados con esta planta y sus frutos, así como con la bebida que puede prepararse con éstos. Mi café tiene mucho que ver con el café de los otros, por supuesto, lo bebo por las mismas razones que la gran mayoría; pero también es un café personal, muy diferente al de los otros, o al menos diferente al que consumen millones de seres humanos en las grandes ciudades, o en otras no tan grandes, donde no saben la mayoría de las veces de su origen, de su expansión en el mundo. No me referiré, al menos no demasiado, a la calidad intrínseca de los granos enteros o ya molidos, a las características que otorgan a ciertos granos en particular una calidad premium y a otros una calidad estándar; me referiré más bien a todas esas asociaciones que el cerebro se pone a hacer tan pronto estamos enfrente de una taza de café humeante. A veces ni siquiera hace falta que lo probemos, que transcurran algunos minutos desde que le dimos el primer trago para que nuestra mente se dispare: tenerlo enfrente basta para comenzar a despertar, para que nuestro cerebro comience a funcionar con una lucidez que debería ser la de todos los días; pero que, por desgracia, sólo disfrutamos de vez en cuando. Escribo esto y me arrepiento, me digo que el lector podría pensar que esto es un elogio de los efectos estimulantes del café, y en cierta medida lo es; pero es también, o al menos eso es lo que pretendo, otra cosa. Es un intento de pintar mi relación personal con el café. Por eso titulé este escrito como Personal coffee.
Lo primero que surge en mi cerebro al escribir el título es la canción de Depeche Mode: Personal Jesus. De algún modo, este escrito y la canción se parecen, son una especie de invitación a una vida más plena, más en la realidad, más en el mundo. La canción, sin embargo, parece dirigida, principalmente —aunque su ritmo es hipnotizante y atrapa y subyuga a cualquiera— a aquellos que se sienten solos o atraviesan una suerte de crisis espiritual. Éste escrito, por el contrario, está dirigido a todos: a los que ya se encontraron y a los que no; a los que saben su lugar en el mundo y a los que todavía lo buscan, o a aquellos ni siquiera sospechan que existe un sitio para ellos. A los que disfrutan su vida y a los que no.
Lo primero que hay que decir, es que siempre me hicieron mal efecto las drogas, incluso el café. Cuando era niño, esta bebida era capaz de condenarme a unos espantosos insomnios. A mis padres les gustaba completar la cena familiar con este brebaje. A pesar de eso, todos en la familia parecían dormir estupendamente. Excepto yo, por desgracia. Era terrible velar mientras mis hermanos dormían en las camas vecinas; especialmente si alguien había fallecido en el pueblo en los últimos días. Aquello era como estar sólo en medio de las sombras con el muerto. Claro que mis padres no sabían lo que esta bebida provocaba en mí; creían que lo que me provocaba el insomnio era el miedo, la autosugestión. El café me alteraba porque yo lo decidía así, estaban convencidos. Todavía a los quince o a los dieciséis años seguía debatiéndome entre tomar o no tomar café; entre culparme a mí mismo por mi insomnio, o culpar a esa bebida.
Recuerdo cuando estaba en la secundaria, por ejemplo, haberme levantado a las 11:00 o 12:00 de la noche para decir que no podía dormir. Yo tenía que acostarme temprano, a las 9:00 o 9:30 cuando mucho, para alcanzar a descansar lo suficiente. Me levantaba a las 5:00 de la mañana para prepararme e ir a la escuela; así que estar todavía despierto a las 12:00 de la noche era garantía de que no podría levantarme fácilmente, ni andaría muy espabilado en la escuela. Cierta ocasión, pues, en que había invitados en la casa, yo me levanté desesperado por no poder dormir. Los adultos que no madrugaban podían desvelarse un poco, pero no yo, si quería llegar fresco otro día a la secundaria. Era ya la 1:00 de la madrugada. Por suerte, había un doctor entre los invitados y les dijo a mis padres que debían prohibirme esta bebida por las noches; cosa que mis padres escucharon dubitativos al principio, pero que terminaron recomendándome abiertamente cuando pasó el tiempo. Ahora trato de no tomar café después de las seis de la tarde, a menos que lo haga a propósito para quedarme hasta tarde a leer o a escribir, o para asistir a una fiesta donde se vería ridículo estar cabeceando de sueño a las diez u once de la noche.
Si me hubieran dicho, a los dieciséis años, que terminaría escribiendo una suerte de elogio del café, no lo hubiera creído. Y es que del café no conocía entonces sino su peor cara; la que puede mostrarle a un niño nervioso; a un niño ya de por sí propenso a pensar cosas que no son propias para su edad, y no me refiero a cierto tipo de cosas que tienen que ver con la sexualidad, sino a temas tan escabrosos o tan terribles, como puede resultar el de la muerte para un niño de cinco o seis años.
Con el tiempo, más que hacerme tolerante a la cafeína, aprendí a usarla: café por la mañana, o hasta antes de las cinco de la tarde. Después de esa hora, agua con limón.
Hace unos días, sin embargo, cuando imaginé al menos en parte este escrito, me dije que debía escribirlo bajo el influjo del café; que sería una estupenda manera de hacerle un homenaje no sólo a esta estupenda y negra sustancia, sino también a Balzac, uno de sus adoradores, y quizá también una de sus más grandes víctimas. Digo negra y no café, porque esta bebida, para poder tomarse sanamente debiera conservar su verdadero color, el café, y no alcanzar el negro azabache de la bebida, ni la consistencia de un jarabe, que le gustaba no sólo al autor La Comedia Humana, sino a muchas de las criaturas salidas de su pluma. A Lucien, por ejemplo, el héroe de las Ilusiones perdidas y de Esplendor y miseria de las cortesanas. Del café con leche del jovencísimo y prometedor aspirante a la fama literaria, el héroe de Balzac se va pasando a los más espesos y negrísimos brebajes. Un bebedor de café, por muy adicto que sea, jamás asaltará a un transeúnte para conseguirse una dosis —una taza— de su sustancia favorita, como hacen a veces los consumidores de opio, de ice o de otras drogas terribles. Pero uno no puede dejar de pensar que muchos de los problemas y penalidades que sufrió Lucien, fueron consecuencia del exceso en el consumo de ese producto. ¿Aunque Lucien hubiera alcanzado la fama, así fuera temporal, sin el café? Mejor aún ¿hubiera podido escribir Balzac todo lo que escribió —más de 91 novelas y cuentos terminados, más 46 textos inconclusos en 26 años de labor incesante— (vivió hasta los 51) de no haber sido por la ayuda y el peso terrible de esta bebida? Lo más probable es que no. Escribo peso terrible porque una imagen quizá de mal gusto me viene a la mente: la del asno remolón que, perezoso la mayor parte del tiempo, acelera su paso cuando va cargado. El café es al ser humano lo que ciertos aditivos en los combustibles, capaces de hacer trabajar más rápido y de mejor manera algunos motores, pero que también, por desgracia de desgastarlos más rápido, reduciendo considerablemente su duración.
La mayor de mis hermanas, una de las tres a las que verdaderamente le gustó la escuela, solía, en su juventud, cuando tenía un examen particularmente difícil, levantarse de madrugada, tomar un café con una aspirina, y ponerse a dar una última repasada a sus libros y apuntes. Decía que le funcionaba estupendamente. Yo no aprendí a usar el café como estimulante sino hasta después de los treinta años. Y eso se debe quizá a la influencia de un amigo querido que ya no está entre nosotros: Luis Macedo. Luis pertenecía a lo que antaño se denominaba las buenas familias colimenses. Era un solterón educado en el extranjero y que había desempeñado cargos importantes; incluso como encargado de negociación frente FMI, intentando conseguir un crédito para una empresa minera paraestatal del centro del país. Cuando se jubiló y regresó a su ciudad natal, lo hizo, entre otras cosas, con una docena de cafeteras de todos los tipos y orígenes: prensas francesas, cafeteras italianas, americanas, jarritas con mango turcas, etc. Él podía beber café, o al menos eso declaraba, sólo por su sabor; aunque supongo que también le provocaba cierto bienestar, aunque no insomnio, cosa curiosa. Fue él el que me convenció de que el café no era malo, de que había que aprender a tomarlo, a utilizarlo incluso en beneficio propio. De eso hace treinta años y he comenzado a dudar al menos de parte de sus palabras; sin embargo, como ya dije, estoy escribiendo este texto embriagado de café. Y es que el café, al contrario del alcohol y otras drogas, no te sumerge en mundos propios. No te hace experimentar la sensación de la muerte, como el DMT, para hacerte luego experimentar la sensación de un renacimiento donde se descubre o redescubre el verdadero sentido de nuestra existencia. Dicen que a la entrada de la Academia de Platón había un letrero gravado: Nadie entre aquí si no conoce las Matemáticas. Algo similar habría que advertirle al que toma café: Que nadie ingiera esta bebida si no ha descubierto ya lo que vino a hacer al mundo. Y es que sí, que nadie tomé café si no quiere sentirse al menos un poco inquieto, un poco eufórico; si no quiere, en el peor de los casos, ponerse a pensar. Es aquí, en el tema del café como estimulante de la inteligencia y el pensamiento, que quisiera detenerme un poco, antes de seguir contando y hablando de mi café personal.
Según uno de los blogueros más interesantes de la red, Víctor Collí Ek, la historia del café inició en Yemen, en un monasterio Sufí. Los monjes, mientras rezan en la madrugada y mientras el grueso de la población duerme, se van pasando un tazón, un jarro, con un brebaje oscuro. El brebaje no sólo los mantiene despiertos, sino que también los eleva, acercándolos a Dios, a Alah. La primera noticia sobre el café la da un monje erudito del siglo XV de aquel país. Según la Wikipedia, sin embargo, el café nació en África, en Etiopía para ser más precisos, alrededor del siglo IX de nuestra Era, donde ancestros del actual pueblo oromo vieron a unas cabras comerse el fruto de un arbusto y ponerse eufóricas. En cualquier lugar que haya nacido, lo cierto es que décadas después de la escena de los monjes sufís, la bebida fue sometida a su primer gran juicio, mismo que enfrentó con éxito. Los acusadores sostenían que el café embriaga, que por esa razón el Corán prohibía el vino y por consiguiente, debía prohibirse el café; sus defensores argumentaron que también embriagaban, hasta cierto punto, el ajo, la cebolla y las especies. Ante esto, ante el peligro de tener que privarse de las alegrías y los encantos de todas las especies, los jueces terminaron permitiendo el oscuro brebaje.
Más tarde, luego de la Caída de Constantinopla, los turcos adoptaron la bebida con el mismo entusiasmo que tiempo después la adoptaría Europa. De hecho, el nombre que le proporcionaron los turcos, kahve, es prácticamente el mismo que se ha utilizado en prácticamente en todas las lenguas occidentales: café en catalán, español, portugués y francés; coffee, en inglés; o Kaffee, en alemán. Los sitios donde se conversa y se toma esta bebida no sólo proliferaron entre los turcos, sino en todo el mundo árabe; que va desde Argelia a la India, y desde Estambul hasta Indonesia. Zanzibar no sólo fue la llave de los lejanos mares de oriente, sino también, un importante punto de acopio y distribución del café. Muchas de las colinas más o menos cercanas al viejo puerto estuvieron sembradas de arbustos de café.
De Estambul, el café pasó a Italia y de ahí al resto de Europa. En Inglaterra, un hombre llegado de lejos, un armenio, abre el primer café en Londres. La novedad es un éxito, los hombres se sienten extasiados hablando sin parar de política, de ciencia, de los chismes del barrio, bajo los influjos de esta bebida; las mujeres consideran que los sitios donde ésta se vende son antros de perdición, que la bebida vuelve locuaces e impotentes a los hombres. Elevan su queja al rey y el rey está a punto de decretar la prohibición de la bebida, tarda, sin embargo, en decidirse y da tiempo a que ocurra el primer debate público. ¿El café es una bebida que ayuda o perjudica a los hombres? Inglaterra está en expansión, no obstante, cualquier ayuda que proporcione un poco de energía extra a sus hombres, cualquier producto que pueda transformarse en la base de todo un sector de la economía, será bienvenido. Los varones obtienen, pues, “el derecho a la taza” y continúan llegando tarde a casa, ebrios de palabras, de café y de sueños de riqueza en ultramar. La ciudad se ha llenado de cafés y, con ello, quizá nace la verdadera modernidad.
Más adelante veremos por qué.
Ya no hay necesidad de que todo mundo beba cerveza en el desayuno (el agua no era segura, podría estar contaminada y matarte en menos de una semana), así que beber café, preparado con agua caliente y hervida, no sólo protege de diarreas mortíferas, sino que despierta y da energías para trabajar. Algunos sospechan que esta bebida es capaz de provocar revoluciones. Sea como sea, lo cierto es que en ese mismo siglo se produce una en Inglaterra y el rey todopoderoso deja de serlo un poco o un mucho. Un siglo después, ocurre lo mismo en Francia, los hombres beben café y hablan, hablan y hablan, también escriben libros y poemas y tratados de política y economía, a veces hacen ciencia. Consecuencia, el rey y la reina y buena parte de la nobleza pierden la cabeza, comenzando así la Era burguesa, la Era de los banqueros, los hombres de negocios y los periodistas. El mundo antiguo, el de los nobles y la milicia, se mantiene ahora en segunda línea, aunque mezclándose y tratando de engullir, de devorar a la nueva clase. La masificación del café continúa. Los empresarios quisieran prohibirlo a las clases bajas, pero el café no sólo aviva el pensamiento, sino que combate el cansancio y mejora la productividad de los trabajadores. Así que se corre el riesgo y se les permite su consumo. Consecuencia: éstos comienzan a protestar y a pelear por una cosa novedosísima: los derechos laborales.
Los primeros en traer esta planta a Las Américas fueron los franceses. Hay estudios y libros al respecto. Una planta metida en una botella emprende una accidentada travesía por el Atlántico. Hay tormentas que bañan con agua salada la plantita viajera poniendo en riesgo su vida, su protector renuncia a parte de su consumo diario de agua dulce con tal de mantenerla viva. Después de mil peripecias y peligros, sin embargo, la planta llega a las posesiones francesas de América. El café prospera y aquí y allá comienzan a abundar los cafetales. De las posesiones francesas la planta llega al Brasil y se extiende por el continente. México incluido.
Durante la Época Colonial, sin embargo, lo que los escritores, artistas e intelectuales españoles e hispanos tomaban para inspirarse, no era el café, sino el chocolate, el cual produce efectos semejantes. Sor Juana no era una bebedora compulsiva de Kahve, sino de la misma bebida que mantenía despiertos y con ánimo guerrero e intelectual a los tlatoanis aztecas y dirigentes mayas: el cacao. Por esa misma época los cafés cunden en Londres, Samuel Pepys todavía alterna la cerveza con el café por las mañanas, pero su vida es ya tan egoísta, activa, su mente tan ilustrada, su voluntad tan encaminada a la ganancia, que es ya un hombre plenamente moderno; la prefiguración en toda regla de los hombres de negocios y funcionarios públicos actuales. En México, por el contrario, la única dispuesta a salir de una vez de la Edad Media es Sor Juana, pero no se le permite, se le reprime, se le reprende, se intenta reducirla al silencio. Y lo logran, al menos en parte.
El tiempo sigue corriendo, imparable y ya en el siglo XIX, en México, Benito Juárez, Guillermo Prieto, Melchor Ocampo y otros pensadores adelantados de su época, concurren en varios de los cafés que ya comienzan a abundar en la Ciudad de México, a veces en La Opera. Tomar demasiado café en compañía de conocidos y amigos puede llevar a ideas raras y peligrosas, en este caso a la convicción de que los mexicanos poseemos la inteligencia necesaria para gobernarnos a nosotros mismos. Cuestión que todavía está en debate, acaso porque ya no se consume el café suficiente para darle alas a nuestras ideas y voluntad.
Los alemanes fueron quienes trajeron el café a Colima, o al menos fueron ellos quienes manejaron durante algunas décadas el que se producía en la región durante el siglo XIX. El café cruzaba el Atlántico y se cotizaba entre los mejor pagados del mundo, en Fráncfort. Seguramente las cenizas volcánicas tenían que ver con la calidad de los granos, lo mismo que con la de algunos de los cafés producidos en Veracruz, en Chiapas y en algunas zonas de Guatemala donde también hay volcanes, donde todavía hay alemanes o descendientes de ellos, cultivándolo y comercializándolo.
Ignoro quién llevó el café a la región donde nací, la parte norte del Estado de Colima, no a las colinas norteñas de Comala, donde también se da muy buen café, sino a Alcaraces, Quesería y sus alrededores.
A finales de los setenta y comienzos de los ochenta, comenzó una desgracia para el café producido en todo el Estado y lugares cercanos: la entrada al mercado local del café soluble. Era tan barato, tan fácil de preparar una vez en casa, que el precio del verdadero café cayó en picada y los campesinos de la región se olvidaron de los cafetos de sus huertos. Cuando yo era niño, los adultos casi no se preocupaban del fruto rojo de los arbustos que crecían en sus huertas y patios y lo dejaban secar en las plantas y perderse. Los que lo aprovechábamos éramos los niños. Podíamos venderlo recién cortado o ya seco, pero el dinero que se obtenía era prácticamente el mismo y se terminaba casi siempre por venderlo fresco. Así sacábamos dinero para golosinas. Mi papá nos dejaba el dinero que sacábamos por vender el fruto de una treintena de arbustos ya adultos y maduros que había en la huerta. Y lo mismo hacían otros padres de familia en el pueblo, pues casi todas las casas poseían un pequeño cafetal. A veces me pregunto si el pueblo no fue fundado, luego del reparto agrario, sobre lo que fue un gran huerto, perteneciente a la antigua Hacienda de Alcaraces. El pueblo aparece en mapas de hace dos o tres siglos, y al menos hay un edificio con un gravado en su piso que indica la fecha de su construcción: 1723. En mi infancia, el jardín de esa vieja casona convertida en iglesia, estaba todavía cubierto de arbustos de café. Ignoro si la hacienda perteneció alguna vez a alemanes, como la de San Antonio, en Comala, pero lo cierto es que en el pueblo deben de quedar algunas plantas de aquellas que los niños de hace cinco décadas aprovechábamos para hacer nuestros primeros negocios.
Los cafetales de antaño daban a los pueblos de la región un aspecto muy diferente al que tienen hoy día. Antes los pueblos parecían más bien aldeas sepultadas a medias bajo las frondas de los árboles. Recuerdo que había primaveras, jacarandas, enormes parotas cubriéndolo todo, no sólo los cafetos, sino las casas y los pequeños caminos y veredas. Faltaban todavía unos años para que las calles se ampliaran y empedraran. Había muchos tacuaches y animales en esas huertas, y una especie de pequeños hurones que azolaban los gallineros. Poco a poco llegó el “progreso” al pueblo, o en todo caso, la americanización de la vida. Entre lo peor que ocurrió con ese cambio, fue el olvido y luego la perdida de sus cafetales y sus huertos. En la región se dejó de pensar en la casa familiar amplia que poseía un pozo, una pequeña era para secar granos y un huerto amplio. Esos huertos, eran para los niños de entonces, tan grandes y profundos como los oscuros bosques de que se nos hablaba en los cuentos. De ellos podía surgir no sólo un tacuache o una serpiente, sino un lobo; o albergar en alguno de sus rincones la guarida misma del demonio. En más de una ocasión un muchacho ya mayor, de 12 o 14 años, se puso una sábana blanca encima, caminando entre los árboles, para asustar a los más chicos.
Ahora, en el pueblo, se regresa poco a poco al consumo de verdadero café. Todavía no se consume el producido de los campos vecinos, pero comienza a consumirse de nuevo el de los pueblos no tal lejanos: Tonila, Comala, Suchitlán y Cofradía.
Alrededor del pueblo, sin embargo, sobreviven grandes huertos legendarios, a medias cafetales, a medias huerto y jardín de las delicias en donde casi cualquier fruto puede encontrarse. La huerta de don Severiano es la más famosa de ellas, pero hay otras.
Las mujeres de mi casa siempre tuvieron fama de preparar buen café. Lo hacían sin cafeteras especiales; les bastaba una simple jarra en la que ponían a hervir agua con un poco de canela. Luego de dejar hervir el agua con la canela durante tres o cuatro minutos, se le echaba una cuchara sopera de café por cada taza de agua, se apagaba el fuego, se batía un poco la mezcla y se tapaba con un plato a que se asentaran las zurrapas. Para acelerar este proceso, antes de tapar la jarra, se le echaba un chorro de agua fría. Había que esperar tres o cuatro minutos a que el café se asentara. Esta espera no sólo precipitaba los sólidos del café, sino que permitía que tomara cuerpo. A veces, además de la canela, se agregaba un poco de café de mojo. El café de mojo no es verdadero café, sino el fruto de un árbol de la región que da pequeñas semillas que pueden tostarse y molerse lo mismo que el café. Su sabor no es tan agradable, pero tiene la virtud de acentuar, junto con la canela, el sabor del café. El mojo y la canela no tienen como propósito cambiar de esta bebida, sino el de acentuarlo, al menos eso es lo que creemos en la región.
Preparar café para beber es asunto delicado. Si hay dos o tres cocineras en la casa, es la mejor de ellas la que debe prepararlo, siguiendo un método que puede ser rápido, pero no por eso arrebatado. Hay que seguir escrupulosamente los pasos necesarios y hacer las pausas, más que necesarias, indispensables; a veces probar, verificar si no le falta otro poco de café molido. El puro color del brebaje no basta para indicarnos si la bebida ha quedado en su punto, hay que tomar una cuchara y comprobar a sorbos su sabor y agregar un poco más del café en polvo si es necesario. Yo una vez interrumpí el rito de su preparación y lo pagué caro, tanto que, aún hoy, que escribo estas líneas, más de cincuenta años después, recuerdo el percance. Mi nana Chelo preparaba el café de la noche; había vaciado ya, al agua hirviente, la cantidad de cucharadas de café molido necesarias; pero ese café en particular había sido poco tostado, o ese año los cafetos se habían empeñado en producir frutos débiles y sin sabor y había que echarle un poco más de café molido al agua. Era una operación que exigía cuidado, pues si se caía en un exceso, la bebida podía quedar demasiado amarga para los niños. Lo ideal era un café que pudiera ser bebido y apreciado tanto por adultos como por infantes. Yo veía, trepado en una silla, el cuidado con el que mi nana procedía: echaba un cuartito de cucharada de café a la jarra y probaba. Así hizo tres o cuatro veces, hasta que yo, desesperado porque el café no acaba de estar, tomé una cuchara enorme, llena de café molino, y la vacié sin escrúpulos a la jarra de café ya casi en su punto, rompiendo de golpe y porrazo el equilibrio en la bebida que mi nana buscaba; quedando ésta convertida, de inmediato, en una pócima amarga e imbebible. Mi nana me miró en un instante con ojos de demonio y yo, ni tardo ni perezoso, adivinando un fuerte coscorrón o una sacudida por los pelos, brinco de la silla y corro al patio, cruzo la cochera y gano la calle. Cuando regreso, media hora después, mis hermanos han terminado prácticamente de cenar. En la estufa, además de la olla con los restos de la cena, hay dos jarras de café, una casi vacía que se ha preparado de emergencia luego de mi catastrófica intervención, y la jarra de café que he arruinado para siempre, hasta el tope de café amargo e imbebible.
—Ahí está tu café —recuerdo que me dijeron, al regreso. —Te lo guardamos. A ver si tú puedes tomártelo.
Al final terminé cenando y tomando del mismo café perfecto de mis hermanos. El castigo no consistió en realidad sino en hacerme ver todo el café que se había desperdiciado por mi culpa. Ese castigo, sin embargo, acaso sin buscar otra cosa que el castigo mismo, o domar mi impaciencia, propició el nacimiento de un catador de café insobornable, infalible. Insoportable. No hay taza de café que yo pruebe en cualquier rincón del mundo, de México o la región donde nací y crecí, que no sea sometida al feroz juicio de un hombre que arruinó en su infancia toda una jarra de café. Como si en el mundo no hubiera ya sino dos tipos de seres humanos; una selecta minoría que sabe preparar adecuadamente el café y una inmensa mayoría de brutos que lo preparan y beben de cualquier manera. Los ingleses poseen también estos prejuicios y rituales, sólo que ellos los han traslado a sus ceremonias del té, igual que los japoneses y los chinos. Para quien no lo sepa, el té puede ser tan estimulante intelectualmente como el café y otras sustancias, como el mate argentino por ejemplo, o las hojas de coca en Bolivia.
El cafetal de mi infancia también era, por supuesto, un campo de juegos. Y las hojas de los arbustos hicieron muchas veces el papel de billetes y el del dinero. Los viejos cafetos se transformaban en nuestra infancia, para mí y mis hermanos y algunos vecinos y amigos que nos acompañaban en nuestro juego, en las junglas tropicales del Congo, en bosques alpinos y alemanes. Nos parecían idénticos a los bosques donde habían ocurrido las historias de Caperucita roja, a lo profundo del bosque donde se levantaba la cabaña de los siete enanos, o se escondía el castillo del monstruo de La Bella y la Bestia. Ahí, en esas huertas, juntando semillas de café, sentí mi primer terremoto. Y ahí, también, jugábamos prácticamente todos los hermanos cuando llegaron, en una ocasión, con un nuevo integrante de la familia, mi hermano Beto, recién nacido, quien curiosamente fue el primero en partir y ahora falta entre nosotros. También jugábamos ahí cuando llegaron con el penúltimo integrante de la familia, mi hermano Tito y con Alejandro, el último.
Aunque había varios tipos de árboles, a aquel huerto le llamábamos “los cafés”. En los cafés estaba también el gallinero y crecía un árbol maravilloso de limas, lo que los brasileños llaman naranjas limas. También había árboles de guayabas y limones. Las naranjas limas que se daban ahí eran dulcísimas. El árbol se llenaba de frutas al menos dos veces al año. El cafetal, pasando el tiempo, fue dividido en dos parcelas. En una se construyó la casa de mi hermano mayor, Carlos; y en la otra la de mi hermano menor, René. Yo ahora vivo en Manzanillo, una ciudad portuaria bastante calurosa. Aquí las bebidas frías se toman más que las calientes, pero curiosamente la ciudad está rodeada de montañas. Y en ellas viven muchos campesinos que han dado por sembrar café y por tener huertos como aquel de la casa en que crecí. De hecho, los huertos que hay acá son una verdadera mezcla de bosque silvestre y huerto doméstico. No sólo hay naranjos en ellos y árboles de naranja lima, guayabos y guamúchiles, sino cedros antiguos y gigantescos, primaveras centenarias, huizilacates, chicos, árboles de zapote prieto y hasta arroyos de agua fresca y cristalina cruzándolos e irrigándolos. Los chicos de acá no deben forzar mucho su imaginación para imaginar lobos, coyotes y jaguares en lo más profundo del bosque.
Ignoro si algún día pueda volver a tener, a disfrutar de un pequeño huerto de esta índole, mientras tanto, voy haciendo, como mi amigo Luis Macedo, una colección de cafeteras de todos los tipos; compradas más por su rareza que por su funcionalidad. Tengo, por ahora, dos prensas francesas, una diminuta jarra italiana para café express, un calcetín y hasta una especie de tubo de ensayo con coladera de metal para verdaderamente colar el café. La cafetera a presión se descompuso hace tiempo, pero espero reponerla pronto. También tengo varias sartenes y jarras que pueden ser utilizadas para preparar café como se estilaba en mi pueblo, aquel que llevaba un poquito de canela, un poquito de café de mojo y un chorrito de agua fría para asentarlo rápido. No, no soy alguien especialmente adicto al café, pero mientras escribo esto me he preguntado varias veces si no es por cobardía, por un ridículo e inútil temor a la muerte. ¿Vale la pena vegetar? ¿O lo mejor para un escritor, siempre, es hacer lo que Balzac, lo que tantos otros: embriagarse de café o de cualquier otra sustancia para escribir, pintar, grabar o esculpir? A veces me digo que lo mejor sería arder en las llamas de la cafeína, o de cualquier otra sustancia, aunque sean breves nuestros días, pero construir algo, al menos un minúsculo legado; me digo que es mejor esto a simplemente vegetar, a deambular por el mundo con el cerebro medio nublado por la pereza y la desidia. Pero también me digo que lo mejor es administrar bien nuestras drogas: tomarlas cuando se requiere trabajo, cuando se quiere convertir la pobre plantita de una idea en un gran árbol, cuando un libro o un artículo se niega, pero algo en nosotros nos dice que es importante, que debemos darle a luz del modo que sea. Hay también ocasiones en que me digo que lo mejor es alejarse siempre de cualquier estimulante, sobre todo cuando llega el cansancio y se requiere descanso, o sanar de cualquier golpe o sinsabor.
Entre la multitud de imágenes unidas al café y a los estimulantes que poseo, hay todavía dos que quisiera compartir antes de terminar este escrito: un par de americanos, quizá recién casados, corriendo hacia el restaurante del Hotel Careyes para conseguir su primer café del día; querían estar bien despiertos para comenzar a disfrutar su luna de miel, quizá; o tal vez sólo tener la conciencia despejada para poder moverse y verdaderamente hacer cosas durante las vacaciones. También recuerdo que entre el equipo que se les entrega a los soldados americanos antes de salir al campo de batalla, está una droga dura, también maravillosa, a juzgar por la cantidad de gente talentosa que la ha consumido: el opio, capaz de otorgar lucidez a la mente incluso en medio de la agonía, capaz de hacer que un joven soldado que ha perdido un brazo o una mano se pongo él mismo un torniquete que impida su desangramiento, o hacerlo capaz de arrastrarse bastantes metros, con una pierna destrozada, hasta algún sitio donde pueda recibir ayuda. Ni a Freud, ni Jean Cocteau, ni a Thomas de Quincey, ni a Baudelaire, les bastó el té, el café y el alcohol. Ellos recurrieron a drogas más fuertes. Y al menos a dos de ellos les funcionó bastante bien, al menos un tiempo, mientras construían lo mejor y más importante de su obra: a Cocteau y a Freud.
Mi puritanismo me ha hecho casi siempre abstenerme de las drogas, mi cara de aburrido siempre ha impedido cualquier propuesta indecorosa en este sentido. Jamás he recibido una invitación para consumir cocaína, por ejemplo, crack, opio o cualquier otra sustancia dura. El par de veces que me ofrecieron mariguana o hachís, me negué a comprarlas, no por puritanismo como se podría pensar sino porque siempre transformo mi dinero en libros; si tengo que dejar de comprar tantos libros por este o aquel objeto, por esta o aquella experiencia, es que es demasiado caro para mí, y me abstengo. Los libros son mi droga, mi delirio; no mi mundo, sino mis mundos alucinantes. Con ellos puedo imaginar no sólo todo lo que ha sido, sino lo que hubiera podido ser, lo que podrían ser las sociedades humanas si fuéramos menos ávidos, menos conscientes de la brevedad de nuestras existencias.
Sólo ahora que escribo estas páginas me digo que debo perderle el miedo, al menos al café, al té. Me digo que la humanidad, quizá, es un ser apenas en formación, que su cerebro no posee aún todo el desarrollo necesario para imaginar, para funcionar y moverse por sí mismo, que necesita la ayuda de los estimulantes. Me hace entender que yo mismo, para escribir estas líneas, bebí varias tazas de café preparado escrupulosamente, varias tazas de mate con un poco de limón y que ello, lejos de perjudicar mi escritura, la hizo más libre, más suelta; mejor, en más de un sentido.