DANIELA ALBARRÁN
Hace unos días, se dio a conocer que algunos canales de MTV cerrarán progresivamente en Europa. Y, aunque no hay noticias de que esto ocurra en México, el anuncio me puso nostálgica, porque gracias a MTV no cancelé mi suscripción a la vida.
Entre 4º y 6º de primaria viví dos cosas simultáneas: 1) El darme cuenta del peso de mi existencia, el cuestionamiento de mi vida y la exploración de un entorno que no me gustaba y que era triste. Y 2) MTV; más allá de la música, los videos.
Recuerdo a mi yo de la infancia, a la que, real, lo único que le importaba era salir de la escuela para ver Los 10 más pedidos, conducido entonces por Gabo Ramos. Recuerdo la emoción de esperar mis canciones favoritas en los primeros tres lugares y la desesperación cuando pasaban las que me fastidiaban. Por ejemplo, odiaba con todo mi corazón “Don” de Miranda, banda que, neta, pienso que envejeció súper bien, porque ahora me gusta mucho (y pude verlos en el EMBLEMA 2024).
Además, mis amistades más cercanas de la infancia se sostenían de eso: de nuestros comentarios sobre Los 10 más pedidos al día siguiente. Discutíamos si había bajado de posición nuestra canción favorita o —mi teoría personal— si My Chemical Romance (Ghost of You) le había copiado el video a Green Day (Jesus of Suburbia). Es una teoría que sigo sosteniendo, aunque sé que no tiene sentido y no tengo pruebas, pero nos recuerdo en el receso platicando del tema con mis amigxs. Éramos infantes descubriendo un mundo hostil y siendo sostenidos por el arte audiovisual que MTV nos brindaba.
Pienso en mi infancia y pienso en una niña que siempre llevaba audífonos. Primero con un Walkman; luego con un Discman; después, en la secundaria, con un mp3 de esos tipo balita. Al entrar a la prepa, llegaron los celulares con SD extensible, a los que ya no les cabían 50 canciones, sino 150. Y eso era lo más maravilloso a lo que una adolescente podía aferrarse.
Pienso en MTV y en esa niña que esperaba su video favorito, sabiendo que los cinco minutos que podía durar la canción eran suficientes para sostenerla. Y ahora pienso en mi yo adulta, que le paga YouTube Premium a esa niña interior para que no tenga que esperar horas a que pongan su video. Pienso en MTV y es pura nostalgia. Pienso, sobre todo, en que sigo siendo esa niña que nunca se quita los audífonos, quizá porque el ruido de allá afuera sigue siendo insoportable.

