DANIELA ALBARRÁN
Recientemente se estrenó la secuela de El diablo viste a la moda y, aunque he visto que se habla mucho de los outfits, me parece que no se ha discutido lo suficiente sobre cómo Miranda Priestly representa todo lo que está mal en el mundo laboral. Aunque el personaje a mí me encanta, la amo y espero llegar a su edad la mitad de bien de lo que se ve ella, siento que no se ha profundizado en el abuso de poder que ejerce sobre la gente que trabaja con ella.
Un ejemplo claro es su segundo asistente, Charlie, quien se ve imposibilitado incluso para ir al baño debido a la carga laboral y tiene que pedir permiso. Resulta alarmante pensar en entornos reales donde se condiciona el acceso a necesidades básicas o el derecho a la alimentación bajo el argumento de la productividad. ¿En qué momento permitimos que una persona decida sobre nuestros derechos laborales? Recuerdo que hace no mucho una “jefa” en un trabajo no me dejó salir a mi hora de comida; viéndolo en retroceso, pienso en lo ilegal y abusivo que fue eso.
Tanto en la primera entrega como en la secuela, observamos a Andy trabajando a altas horas de la noche o editando artículos en el transporte público. Esto plantea la siguiente pregunta: ¿por qué normalizamos el trabajo fuera de horario? El trabajo nunca se termina, pero la vida sí. De por sí en México, donde las jornadas ya superan las ocho horas, continuar las labores en casa me parece una ofensa a la persona, una vulneración a la integridad física y mental. La verdad es que conozco a muchas personas en mi contexto cercano que trabajan fuera de su horario laboral por la sencilla razón de que no han tenido la habilidad de construirse una vida fuera del trabajo.
En la película, Andy acepta el puesto tras ser despedida de su empleo anterior. Parece que, ante la necesidad económica, quienes ostentan el “poder” se sienten con el derecho de pasar por encima de la dignidad ajena. Pero Andy también es parte del ciclo: al final, decide ayudar a Miranda a perpetuar su dominio. El hecho de mantener a Miranda en el poder implica validar a una generación que se niega a soltar el mando y que sobrevive a base del maltrato profesional.
Miranda sabe mucho de moda y es muy buena en su trabajo, al menos técnicamente, pero pienso que en general es muy difícil encontrar gente en puestos de liderazgo que verdaderamente sean personas capaces o que sepan qué están haciendo. Me parece que, a través de Miranda, debemos poner sobre la mesa la conversación sobre el abuso de poder y el maltrato que muchas veces existe en los ambientes laborales por el simple hecho de que las personas que están en puestos de falso poder muchas veces, si no es que la mayoría, son personas incompetentes que sólo gritan y maltratan como síntoma de, justamente, su propia incompatibilidad.
Amé la película y creo que Miranda, como personaje, es increíble. Justamente por eso, por su maravillosa construcción, debemos también generar conversación sobre las violencias que se viven en los ambientes corporativos. Yo decido ponerlo sobre la mesa porque he visto cosas verdaderamente espantosas que incluso rayan en la ilegalidad.
Miranda es increíble, pero no debemos pasar por alto que lo que hace es espantoso, que su personaje representa todo lo que está mal en el mundo laboral, y que esperemos algún día, con al salida de la fuerza laborar de su generación, pueda terminar y podamos construir espacios de trabajo más seguros.
