Fotografía: Autor desconocido, extraída de redes sociales.
De la noche merodeadores
Del amanecer buscadores…
Enjambre, “Sábado Perpetuo”
JESÚS PABLO MARTÍNEZ RODRÍGUEZ
Ya mero, mamá Reme. Esta mina está muy reborujada, pero ya mero salimos —clamaba el niño, aquel gambusino de pelo rojo, corazón de rubí y, de regalo, neumoconiosis—.
Sé que, en gran parte, fue producto mío que estemos aquí. Recuerdo que estaba en El Grillo, subido en mi patineta, en mi bici. Sepa la bola. Y de repente… nos caímos a este lugar. Le dicen El Edén, pero me cae que de Edén no tiene nada.
Doña Remedios no hablaba. Estaba colérica.
Colérica. Demasiado —¡qué horror, se va a acabar el mundo de tanta furia!—. Quería llegar a la Catedral, esa que bendijo el Papa Wojtyła, para disfrutar de su adorada Romería. Para poder arrodillarse ante su tocaya, la Virgen de los Remedios.
Pero, en cambio, encontró… plata. O quizá no. Sólo una mina interrumpida, resquebrajada. Y claro, si en aquellos años de la bonanza, los fabulosos cuatro conquistadores sacaron todo.
Desde La Veta hasta El Mineral. En todas las cuatro esquinas, las Tres Cruces, los dos mundos.
Los dos mundos, mis mundos: el onírico y el real. El patógeno. El enfermo, el que ya no dilucida nada. Ni siquiera el hecho de que estemos encerrados, sellados, apolillados.
Hasta Roque lo sabía, lo sospechaba. Sospechaba que, desde el año del caldo, sufro de amnesia. De lloraderas nocturnas, tiros de mina, incluso de faroles y postes fundidos. Fundidos en aquel chacuaco, ese que está por allá, escondido entre escuelas y casas.
Y sospechaba bien. No perdía el tino nunca, no se resbalaba ni siquiera en esa torpe callejuela del Resbalón, donde quedaron impregnados los pasos de López, de Rayón, de Goitia.
Pero nosotros sí, caramba. Nos tuvimos que resbalar en ese Cerro, en esa…
Avenida Hidalgo.
No supimos cómo. Pero el milagro llegó. Estábamos inmiscuidos ahora en la algarabía diocesana, colectiva. Atractiva también.
Y entramos. Estaba ella. Ellos, todos. Era una peregrinación, una reunión para propios y extraños, para próximos y anteriores.
(…)
Para los mineros. Los derrumbados. Los perseguidores de la Ciudad de Zacatecas. Para Juan, para Cristóbal, Baltazar y Diego. Para ti, que estás leyendo esto y estás próximo a celebrar casi medio milenio de polvaredas.
Eso dijo el Obispo minutos después, al cesar la peregrinación. En la misa. La misa misma, mismamente la misa. Y yo no supe qué decir. Sólo me trasladé a la colección de títeres Rosete Aranda que había en el Museo Rafael Coronel, antiguo templo franciscano y casa mascarera.
Es que yo era un títere, un payaso, je. Hasta la Luna se burlaba, junto a las moscas panteoneras que transitan y visitan los ranchos, los municipios. Mi casa y la de todos los que vivimos en Zairo.
Era un día de septiembre, me acuerdo bien. Era el día ocho. Ocho años de edad, todavía un niño risueño.
1546: 480 años. Ya era vieja la ciudad, al igual que yo —¡retiro lo dicho, ya planté mi semilla de girasol!—. O, por lo menos, eso dijeron en mis clases de Historiografía de Zacatecas. La profesora que lo impartía tenía una mente brillante, contraste con los faroles de la Tacuba.
Hasta que se iluminaron.
Esbocé una sonrisa. Doña Remedios lo presenció también, mi ma.
Fuegos artificiales —cuetes, como les llaman coloquialmente—.
Todavía sangro plata, sí, pero tenía una curita.
Fuimos nacidos entre una manada de osos
Por el destino inmiscuidos con otros
Revestidos en la tierra que sangra plata
Hoy como errantes todo el suelo es nuestra patria
Enjambre, “Argentum”
(…)
No pueden dejar de sonar las campanas. Que se empapen de plata.