JESÚS UGARTE
Nunca he tenido una buena relación con los psicólogos. Tampoco es como que haya tenido el tiempo ni las ganas —sobre todo las ganas— de irme a sentar a hablar de mis asuntos.
Cuando tenía diez años, estaba pasando, supuestamente, por un problema que la maestra Paty, profesora de inglés, hizo saber a mi madre que se llamaba “déficit de atención”. Mi madre, que jamás había escuchado el término y que no iba a permitir que su hijo fuera la comidilla de sus amigas, me llevó con una psicóloga especialista en niños.
Las sesiones eran divertidas. Dibujaba en una hoja lo que quisiera y después hablaba sobre mi día en la escuela, comía algún dulce y me marchaba. Todo iba bien hasta que la doctora le recomendó a mi madre ir, junto con mi padre, a terapia, luego de confesarle que todos los días había algún conflicto en casa, ya fuera por dinero, porque la comida estaba fría o por comentarios como que el niño estaba saliendo muy caro con eso de sus “terapitas” que no servían para nada.
—¿Y tú qué tienes que andar contando nuestras cosas? —decía mi madre. Y ahí se acabó la terapia. Nunca volví a ver a la doctora.
Luego de eso, la cosa se complicó. Una de las amigas de mi madre —pues al final tuvo que confesarle a su selecto grupo de chismosas— le recomendó ir con un doctor experto en el tema. Fue cosa de una sola cita. El doctor me puso a hacer cálculo mental, me preguntó las capitales de México, me hizo leer en voz alta, y cuando se aseguró de que era lo suficientemente estúpido, le dijo a mi madre: —En efecto, padece “déficit de atención”—, y le vendió unas pastillas de Ritalín para atenuar ese mal que me aquejaba.
Las tomé todo un mes, y después aprendí, viendo la película Atrapado sin salida, que, como Jack, podía guardarme las pastillas en la boca y fingir que me las había tragado. Esto podría parecer un acto de rebeldía, pero era una necesidad fisiológica: cada vez que me tomaba el Ritalín entraba en modo zombi; es decir, mi alegría se apagaba, menguaba mi convivencia con los otros, mi cuerpo se volvía rígido, me sudaban las manos y tenía una sensación constante de estar a punto de estallar.
Aún ignoro cómo mi madre se enteró de mi truco —pienso que quizá fue porque no estaba siendo el niño genio que le había prometido el doctor—. La cosa es que se resignó y me dejó en paz. Eso sí, me hizo saber que cada pastilla que yo había tirado costaba trescientos pesos. Es hora que no saldo esa deuda.
Pasarían varios años antes de necesitar los servicios de un psicólogo. Esta vez por iniciativa propia y con un fin en particular: salvar un noviazgo de cinco años. Para ser precisos, mi primera relación seria, que además me había enseñado a leer a Cortázar, a descifrar el lunfardo en El juguete rabioso de Arlt y a dar jaque mate en cuatro jugadas. Una chica de Filos que, después de todo ese tiempo, se había cansado de mis arranques de ira.
—No te desquites conmigo, yo no soy ninguna bolsa de punching bag. Ve con un psicólogo o algo —me decía. Y así lo hice. Llegamos al acuerdo de que tomaría terapia y de que ella me acompañaría, para no hacerme sentir que era el único culpable de que la relación se estuviera yendo al carajo (qué considerada). Desde luego, yo pagaría todas las sesiones.
Entramos a un pequeño condominio de tres pisos ubicado en Coyoacán, que tenía una lona donde se leía: “La casa de los psicólogos”. Había una recepción muy amplia y el consultorio estaba en el tercer piso. Hablamos con una doctora que nos advirtió:
—Las terapias en pareja no funcionan en estos casos. Es mejor que cada quien tome sesiones individuales.
Así que acomodamos nuestros calendarios de tal forma que mi novia iría por las mañanas y yo intentaría llegar a las cuatro de la tarde, porque a las cinco ya no había manera de que me atendieran. Yo salía de mi última clase a las 3:30 y, desde CU, tenía que correr para tomar un camión y llegar hasta allá.
El primer día de terapia llegué a las 4:15, y la sesión duró solo veinte minutos, en los que me dediqué a hablar mientras la doctora me veía con una libreta en la mano. Para la segunda sesión llegué a las 4:30, y me dijo un hombre barbón que se parecía mucho a López Tarso que la doctora se había ido, pero que él me podía atender en la recepción —porque el consultorio ya estaba cerrado—, y acepté. Después de todo, estaba en “La casa de los psicólogos”.
Así pasaron cinco sesiones más en las que me atendió López Tarso, libreta en mano. Cada sesión me costaba doscientos pesos, que pagaba al terminar de desembuchar mis traumas infantiles. No veía mejora, pero, con tal de salvar la relación, le decía a mi novia: —Siento que ahora puedo controlar mejor mis emociones—. ¡Tonterías! Me sentía más encabronado que nunca.
Decidí cortar por lo sano. Iría temprano al consultorio, a la hora en que salía mi novia de su sesión, para decirle que ya no pagaría más y que, si ella quería seguir yendo, lo hiciera con su dinero; que ya lo había intentado todo y que, si la relación no daba para más, lo aceptaría.
Llegué al edificio. En la recepción no estaba López Tarso, sino una mujer que parecía practicar halterofilia.
—Vengo a esperar a que salga mi novia de consulta —le dije. Tomó el teléfono, y al poco rato apareció la doctora.
—¿En qué le puedo ayudar? —me dijo con cara de preocupación.
—Estoy esperando a mi novia.
—No, joven, la señorita ya no regresó después de la primera sesión, al igual que usted.
—Yo sí he venido —respondí, indignado—. Me ha estado atendiendo un señor con barba… —y no pude darle el nombre. Me di cuenta de que nunca se lo había preguntado.
—¿El señor Ramón? ¿El de vigilancia? ¿A poco lo atendió? ¿No se dio cuenta de que él no estaba capacitado? —me dijo en tono de regaño, y yo pensé: “Cualquiera puede sentarse con una libreta en la mano”.
Se dirigió a la recepcionista y le dijo: —Llama a la empresa para que localicen a Ramón—, pero yo me sentía tan ridículo que, sin decir nada, me fui del lugar.