CÉSAR ANGUIANO
I
Hoy comencé a leer, por enésima vez, La rosa amarilla, novela breve de Mór Jókai, uno de los escritores más célebres de Hungría durante el siglo XIX, quizás incluso durante buena parte del siglo XX.
Comienzo este escrito habiendo leído apenas unas páginas del libro y las noticias de la contraportada. Algunos podrían pensar que comenzar el comentario de un libro y un autor habiendo leído tan poco de ellos, es un sinsentido; tendrán un poco de razón los que así piensen. Sin embargo, a veces se comienza una reseña como una especie de camisa de fuerza: una vez comenzada, no quedará más remedio terminar de leer, por fin, el libro que lo originó. Éste no volverá a quedar inconcluso en la pila de lecturas junto a nuestro sillón o el buró de nuestra cama, por enésima vez.
La rosa amarilla es un libro especial para mí por muchas razones. Entre otras, habría que decir que fue uno de los primeros libros que adquirí siendo adolescente. Es un pequeño volumen impreso en 1982 y forma parte de la colección CULTURASEPXXI. He perdido cientos, si no es que miles de libros a lo largo de mi vida, pero éste de Jókai, entre incendios, ventas y pago de deudas en especie, es uno que se ha resistido, acaso por puro azar, a abandonarme; como si fuera inmune a las catástrofes, igual que yo. Alguna vez, escribiendo sobre una Hungría mental, casi imaginaria, afirmé que la memoria puede ser maravillosa, ya que puede recordar incluso libros que no se han leído nunca. En aquella época, hace 18 o diecinueve años, no lo había leído aún, a pesar de tener ya 22 años conmigo. Así que, ahora, a modo de agradecimiento por su fidelidad, su aparente apego a mi persona, le dedico estas páginas.
No está de más declarar que compré el pequeño volumen en una librería ¿educal? que existió en la planta baja del edificio central de La Casa de la Cultura, en la ciudad de Colima. Por aquellos tiempos, hace más de cuarenta años, dicha librería era atendida por un hombre si no completa, sí parcialmente ciego. A mí me asombraba por su habilidad para reconocer la denominación de los billetes sólo palpándolos. La gente decía que había sido un gran lector en el pasado y yo lo creía. Antes de conocer la leyenda y los libros de Borges, conocí el destino de ese hombre, que pese amar tanto a los libros, era ya incapaz de leerlos.
Volviendo a la novela habría que decir que leerla —esta vez sí— me da un poco de miedo; y es que, de un tiempo a esta fecha, he estado dándome cuenta de que escribo para olvidar, que las cosas dan vueltas y más vueltas en mi cabeza hasta que las pongo sobre el papel, sobre la pantalla de computadora, y entonces se aquietan y se van hundiendo poco a poco en el olvido. He comprendido, releyendo cosas escritas apenas dos o tres años atrás, que prácticamente las había olvidado, que esos recuerdos que yo creía importantes en mi vida, se han aquietado por fin y han formado un sedimento que reposa tranquilamente en el fondo de la memoria, gracias a su puesta sobre el papel.
Sin creer en el destino y la predeterminación, leeré este libro como si me estuviera predestinado, como si guardara para mí un mensaje importante que, por alguna razón incomprensible, no quise escuchar antes; o no me atreví, o no tenía la calma necesaria para enfrentarme a él, aunque sí a otros muchos y distintos.
El librito apenas alcanza los 10.5 centímetros de ancho, por 18 de alto. En la portada, al centro, tiene un pequeño dibujo de una mujer oriental que parece estar sosteniendo, contemplando y oliendo, una flor. El título, La rosa amarilla, está impreso en ese mismo color. Tiene un subtítulo entre paréntesis: novela de la llanura. El nombre de Mór Jókai viene en letras grandes y negras. Alguna vez leí que cuando el autor es célebre, su nombre siempre aparecerá en la portada en mayor tamaño que el título, y éste es el caso.
En las palabras de la contraportada puede leerse que Jókai tuvo dos pasiones en su vida: la Literatura y la Política. Puede leerse también que nació en Komarom, en 1823, y que murió en Budapest en 1903. Fue alguien que luchó por la independencia de su país, 1848-1849, contra el Imperio Austriaco. Cosa que lo asemeja, de varios modos, a Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez y otros intelectuales y colaboradores de Benito Juárez, quienes también pelearon contra el Imperio Austriaco, y también trataron y lograron construir una Literatura Nacional.
A Jókai, oponerse al Imperio Austriaco —como a muchos mexicanos que cayeron en el campo de batalla o contra el paredón, víctimas de los escuadrones de Bazaine— le hizo caer en desgracia, pero eso mismo le permitió, al decir de los críticos húngaros, escribir sus mejores obras.
Logró culminar más de cien obras, a lo largo de su extensa y agitada vida personal y literaria.
Vienen también, en la contraportada, algunas palabras sobre el estilo de Jókai, pero me abstengo de trascribirlas aquí y me pongo de inmediato a leer el libro, a tomar algunas notas a mano, para después comparar mis impresiones con las del escritor la contraportada.
Hasta el rato, entonces, o hasta mañana o pasado.
II
Luego de varios días, más de los que hubiera querido, logré leer la novela completa, así que podemos continuar con el comentario:
Lo primero que hay que decir de Jókai es que es un gran escritor, que las personas encargadas en México de crear la colección CULTURASEPXXI han hecho muy bien en ofrecer ese autor a nuestros lectores. Se aprende a escribir, a apreciar verdaderamente la Literatura leyendo a los autores clásicos y no cabe duda de que Jókai lo es. Un autor clásico es un escritor que entiende que el hombre es uno y el mismo en todas partes; es alguien que sabe distinguir entre lo circunstancial, lo contingente del hombre y lo que posee de eterno. Lo circunstancial es la época, la raza, el idioma, el país; lo eterno es su lucha por la sobrevivencia, su búsqueda de felicidad y realización, su relación buena o mala con el poder. Jókai también tiene, de lo clásico, el respeto por la estructura ideal de una narración, inventada y perfeccionada por los griegos: planteamiento, desarrollo y desenlace. Esta estructura, que de entrada parece aburrida al autor y al lector poco avezados, Jókai la desarrolla de manera magistral. El lector puede no notarlo al principio, quizá no lo note sino hasta leer las últimas palabras del texto, pero La rosa amarilla es un modelo a seguir en este sentido. Al contrario de lo que muchos lectores piensan, incluso algunos autores y críticos, el planteamiento no es la parte aburrida de la historia, sino aquello que la pone y mantiene de pie; a veces es una prefiguración, una representación en pequeño de lo que ocurrirá al final, otras veces es un anuncio cifrado, como el que ofrecen las brujas mientras le dan vueltas a sus enormes calderos humeantes, al comienzo de Hamlet. En los cuentos de Cortázar por ejemplo, es una frase más o menos incomprensible, extraña, al comienzo de los mismos y que hará la suerte de anzuelo, de gancho que habrá de arrastrarnos, página tras página, a través de la historia hasta su conclusión. Joyce Carol Oates, la prolífica y excelente autora norteamericana, recomienda reescribir el comienzo de la novela, o el cuento, una vez que se escribe el último capítulo, si es una novela, o la última frase, si es un cuento. Todo debe apuntar, hacia el final. El relato, la historia, debe ser como una flecha que da en el blanco. Hay autores con mejor puntería que otros, y Jókai, al menos en La rosa amarilla, da plenamente en la diana.
La pequeña novela comienza con dos jinetes que se encuentran en la gran llanura húngara, la puszta. Ambos jinetes parecen venir de puntos completamente opuestos, y lo mismo podría decirse de sus destinos. Uno logra deducir, al principio, que Jókai intenta pintarnos la soledad, lo inmenso de la planicie húngara, sólo durante el desarrollo de la novela y su lectura, y por supuesto, al final, nos damos cuenta de que además del escenario, Jókai está pintando una escena atenuada, de lo que ocurrirá al final del libro.
Ese dominio de la forma; esa perfecta distinción entre lo contingente y eterno del hombre, le permite al autor húngaro contar su historia sin distraerse un minuto, sin que el lector llegue a pensar que sólo está leyendo folclor, sumergiéndose en un color local característico. Como La metamorfosis, como La muerte de Iván Ilich, como El viejo y el mar, como El coronel no tiene quien le escriba, La rosa amarilla es una noveleta perfecta. Al leerla, uno tiene la sensación de que el autor pulió con cuidado cada una de sus partes, como lo hacen los mejores relojeros, para luego integrarlas y conformar un solo y mismo objeto, sin el menor margen de error o imperfección.
Aunque Jókai se demora describiendo la llanura, las nubes de tábanos que pueblan sus cielos y azotan al ganado; mientras describe sus noches estrelladas, el extraño fenómeno estelar denominado Fata Morgana —que en ocasiones parece hacer que los barcos leviten en el mar, o que las catedrales floten, observadas desde lejos, en una llanura— mientras nos habla emocionado de los altos pastizales y de las diferencias entro los vaqueros y los criadores de caballos de la llanura, uno sabe, como lector, que un gran drama se está gestando. Un drama, una historia bien escritos, tienen la contundencia, lo irrevocable e indetenible de un gran engranaje que tarde o temprano ha de triturar a sus víctimas. Cómo en Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, el lector de La rosa amarilla no tiene más alternativa que observar, leer alelado, imposibilitado de actuar o siquiera de abandonar la lectura del libro, la consumación de una catástrofe, en este caso la consumación de una desgracia.
Antes de hablar un poco sobre ésta, sin embargo, conviene escribir sobre algunas cosas que llegan a ocurrírsele al lector de esta obra de Jókai.
Entre las diferentes formas que existen de leer, me gustaría resaltar un par de ellas: la lectura apasionada y juvenil y la lectura atenta y llena de evocaciones y asociaciones que realiza un viejo. El joven lee para disfrutar, pero también para descubrir el mundo y para descubrirse a sí mismo. El viejo a veces lee ya por obligación, por disciplina, pero es una lectura que es como una gran cuchara, como un gran viento que levanta una infinidad de recuerdos y asociaciones que se desconocía, o se había olvidado, que estuvieran ahí; o que surgen, quizá, por primera vez, gracias a la lectura de un libro en particular. El lector joven puede a veces leer un mal libro, a veces por puro espíritu deportivo; el lector viejo, en cambio, sabe demasiado bien que tiene los días contados. Si ama verdaderamente los libros y la lectura tendrá que llevar a cabo una discriminación despiada de sus lecturas, de sus libros y autores. La mente del lector envejecido es tan prodigiosa, que comienza a enriquecer, con su experiencia lectora y las asociaciones que se disparan en su cabeza, el libro que lee o estudia. Si la lectura en la mente de un joven empuja un poco sus terminaciones cerebrales hacia arriba y hacia los lados; la lectura en el viejo enciende una infinidad de sinapsis previas y nuevas. En uno se enciende un pequeño fuego, en el otro un complejo sistema de planetas y galaxias. Digo esto porque la amada llanura húngara de Jókai, despertó en mí, de inmediato, el recuerdo de otras grandes llanuras igualmente hermosas y amadas. La primera, quizá, la pampa argentina, su Martín Fierro y algunos cuentos de Borges, como El Sur, o Don Segundo Sombra, de Ricardo Güiraldes. Tanto Mór Jókai, como los argentinos, intentaron hacer de la vida en la llanura —de la puszta o la pampa— una filosofía de vida. En Argentina son, o fueron los gauchos; en Hungría los vaqueros y los criadores y domadores de caballos. Los gauchos resolvían sus odios personales en duelos a cuchillo: los hombres de la llanura húngara a caballo, con el bastón de madera que les servía para domar a sus cabellos. Un bastón de madera maciza que podían utilizar de ariete, si había necesidad, en un combate a muerte. El lector viejo quisiera quedarse con estas sencillas y básicas asociaciones, pero el cerebro humano no actúa a capricho nuestro, sino movido por una serie de mecanismos y automatismos que han necesitado milenios de evolución y que nos han otorgado el dominio sobre el resto de las criaturas terrestres: el cerebro humano reacciona, relaciona y piensa sin necesidad de que le enseñemos a hacerlo; así que la asociación de una literatura creada en, y en torno a una llanura, no puede sino llevarnos, forzosamente a otras literaturas similares. La Historia de Gengis Kan, que nos evoca de inmediato a otra inmensa, e igualmente amada y mítica llanura: la mongólica. Cuna de los jinetes y arqueros más fantásticos, origen de uno de los imperios más extensos y poderosos que han existido en la tierra, que llegó a dominar buena parte de Europa Oriental. Chejov, el escritor ruso, tiene un relato maravilloso denominado La estepa. No es más que el relato de un viaje a través de las planicies rusas; pero es también una exploración del alma rusa y de su amor a la tierra. Casi ninguna Historia de Rusia comienza sin un elogio y una descripción de sus grandes llanuras.
Mientras una parte del cerebro del lector viejo ve acercarse el momento fatal de la historia de La rosa amarilla, otra parte de éste no puede dejar de pensar que acaso, así como hay una literatura de las llanuras, hay también una literatura de las montañas, como la de Arguedas, por ejemplo, el autor peruano; o como la Thomas Mann con su Montaña mágica; como la de José María de Pereda, en España, con su hermosa saga de novelas montañesas: Peñas arriba, Sotileza, entre otras, donde relata el comienzo del despoblamiento de muchas aldeas, pueblos y hasta pequeñas ciudades Asturianas, trepadas en lo más alto de las montañas. No puede uno, tampoco, dejar de pensar en Moisés, trepado en la montaña para recibir Las tablas de la ley.
Mór Jókai no dice nada de esto, no. Él se limita a contar de la forma más económica posible, una historia como hay tantas, la historia del germen, gestación y desarrollo de un duelo a muerte. Es la mente vieja, antigua, la que se desboca, y va más lejos, muchísimo más lejos de lo que el autor quería llevar a sus lectores.
El libro de Jókai es tan bueno, tan íntimo y a la vez tan universal, que soporta incluso varios errores de traducción. En español, la palabra potrero, se utiliza exclusivamente para designar los sitios donde pastan los caballos y el ganado vacuno. En Colima, en México, por asociación, un potrero es el campo, los lugares de cultivo. Un potro es un caballo joven y fuerte, un potrillo uno recién nacido o que no ha llegado al primer año de vida. Jamás, potrero, se utiliza para denominar al criador o guarda de los caballos. En todo caso caballerizo, caballerango, jinete. Quizá el error provenga de algunos términos intraducibles de la lengua húngara. Quizá en aquella es posible decir —así como nosotros decimos vaquero a alguien que se dedica a la cría y el cuidado del ganado vacuno— potrero a alguien que se dedique a la cría o cuidado de caballos. Utilizar esa palabra de modo equívoco hace las veces de una pequeña piedra en el zapato; pero ni aún eso nos permite pensar que tenemos en nuestras manos, bajo nuestros ojos atentos, un mal libro, o siquiera un libro escrito o traducido con descuido. La rosa amarilla es un libro magnífico aún con sus pequeños errores de traducción. Un libro que vale la pena leer y estudiar no sólo por aquellos que quieren aprender o mejorar su manera de escribir, o de plantear sus historias; sino un libro magnífico para todos. Un libro que nos hace pensar, sólo a los viejos, quizá, en la hermosa escultura denominada el Jinete de Artemision; en los ejércitos montados, hechos de terracota pintada, encontrados en algunas tumbas reales chinas, en la fascinación que el ser humano siempre ha sentido por los caballos, aunque la vida moderna haya roto ya la simbiosis en la que vivimos con ellos durante milenios.
Mór Jókai es también un autor que sabe trabajar en estratos. No sólo sabe pintar la vida de la gente sencilla, el paisaje donde ésta se desarrolla, sino que jamás se olvida del entorno político. Sin llegar a la claridad de Joyce en El Retrato del artista adolescente, donde el personaje se da cuenta de que es una pequeña criatura perdida en un rincón de ¿Irlanda?, parte del Imperio Inglés, en el continente más pequeño, pero más poderoso de un planeta denominado Tierra, el jinete húngaro se sabe parte del imperio Austriaco al que no quiere pertenecer, y sabe que una de las posibles muertes gloriosas a que tiene acceso, es la de pelear hasta las últimas consecuencias por la libertad de su patria. Si el joven criador y domador de caballos no hubiera estado enamorado, si por una corta temporada no se hubiera visto obligado a trabajar para señores poderosos y distantes, si no hubiera abandonado por una corta temporada a su prometida; morir por la libertad de la patria habría sido su mejor destino. Pero una prometida que se sabe valiosa, va a enseñarle que a un verdadero tesoro jamás se abandona sin cuidados. La novia, a medias abandonada, empieza a dar falsas señales a otro. Y la tragedia queda bosquejada. La rosa amarilla es la consumación de la misma.
Mór Jókai y su libro son un gran ejemplo de lo que hoy necesitamos los mexicanos y los hispanoamericanos en general; gran parte del mundo en realidad. Como en el siglo XIX los húngaros, Hispanoamérica vive en una sumisión vergonzosa a un imperio decadente. La novela de Jókai nos advierte que el amor al terruño, a la patria chica, no nos exime de ver y pelear por la patria grande. Sin expresarlo directamente, La rosa amarilla es un elogio velado de los hombres húngaros que pelean y pelearán más adelante por su patria. No exalta las dotes intelectuales de su pueblo, ni la vida urbana de Budapest, exalta las dotes, el amor por la libertad, la devoción a la tierra, de los hombres que darán más adelante, la vida por la patria. La de Jókai, es una literatura que se sabe y quiere ser militante. Al contrario de la que hacemos ahora que intenta (y logra) retratar el caos actual, pero no analiza, ni pretende ahondar en ninguna de sus causas. Fotografía sin aparente interpretación; aunque habría que decir que sin interpretación consciente.
Gran parte de la literatura actual en México, y quizá de toda Latinoamérica, es un reflejo de la degradación de la vida a causa de nuestra sujeción política invisible, no asumida ni consciente. Las condiciones de vida se degradan cada vez más, y los mejores de los escritores actuales se contentan con pintar esa degradación. Quizá nuestro error consista en no creer, en no disfrutar como los húngaros, de esos fenómenos atmosféricos denominados Fata Morgana, esos fenómenos donde cosas terrestres, árboles, paisajes enteros, catedrales, naves marinas y condiciones de vida, parecen alzarse en el cielo, venciendo las leyes de la gravedad y del destino. A los lectores y escritores de hoy nos hace falta entender realmente la literatura de la descripción del caos; entender realmente a Bukowski, a Bret Easton Ellis, o a autores como el de La naranja mecánica. Todos son en realidad la descripción del mal que corroe a Occidente, hispanoamericanos incluidos. Sirven muy bien para denunciar el mal, no para regodearnos eternamente en él, o para proponer la degradación que denuncian como un ideal de vida.
Por eso la perfección de La rosa amarilla es un jalón de orejas a la gran mayoría de autores y lectores de hoy. Nos hace darnos cuenta que hemos saltado al vacío, que allá abajo, en la acera, no nos espera sino el choque violento y el final, pero que acaso llevamos a nuestra espalda un paracaídas, a autores como Jókai, Victor Hugo, Tostoi, Riva Palacio o Altamirano. Autores todos que entraron al caos pero no para proponerlo como ideal de vida inevitable, sino para imponer un orden dentro él, una restauración de la justicia, la dignidad y la belleza en la vida del hombre. Mór Jókai nos hace darnos cuenta que, aunque ya en caída libre, aún podemos jalar la cuerda de nuestro paracaídas, que los clásicos están ahí para hablarnos, para formarnos, para salvarnos una y otra vez, cada que olvidamos preguntarnos qué extraña criatura es en realidad del hombre.
III
No quiero dejar de decir, antes de terminar este escrito, que he regresado mi pequeño ejemplar de la Rosa amarilla al librero. La cubierta plástica que cubría la portada, ha envejecido, se ha cuarteado y se cae a pedazos, arrastrando consigo pedazos de cartón. El papel, por más durable que sea, dura poco, así que tarde o temprano desaparecerá de éste mundo. Está listo ahora, como tantas otras cosas que pongo en mis libros y textos, para sumergirse en el olvido. Lo volveré a ver, quizá en años o meses venideros; pero quizá no, porque así es la vida. Lo he condenado de algún modo, al escribir estas palabras; lo he condenado, como a una cosa pequeñísima e indefensa, al paso y las catástrofes del tiempo y mi memoria. Nadie lo volverá a leer jamás. Aunque quizá anden otros ejemplares por ahí, circulando en otras sitios del país. Quizá algunos de mis lectores de ahora, lo hayan leído también, o lo leerán; lo buscarán descuidada o fervientemente en papel o pdf para poder leerlo. Acaso lo harán sólo para poder rebatir cada una de las palabras que he puesto en estas páginas y estará bien; nadie les discutirá nada. Pero yo me quedaré sintiendo que he cumplido un deber importante. No un deber con el mundo ni con nadie, sino conmigo mismo, con el joven lector que fui a los dieciocho años y compré ese pequeño volumen. Con ese joven loco, provinciano, más ignorante aún que hoy día, soñador, que creía, que estaba firmemente convencido de que la Literatura podía cambiar y mejorar al mundo.


