DANIEL MARTÍNEZ
Hay escritores que parecen destinados a vivir en el abandono, que pasan a formar parte de una especie de limbo de sus literaturas nacionales, relegados del índice de nombres de los grandes exponentes. Como esos libros –quizá los de esos mismos autores– arrinconados en algún estante de biblioteca pública, que nadie ha tocado y pasan años en el olvido, sufriendo los trastornos del polvo, la humedad o el deterioro. Hace unos años, en una Feria del Libro de Zacatecas, en un “tiradero” de libros rematados del FCE (cuando todavía había stand del Fondo) encontré un grueso tomo que me llamó la atención por sus colores rojizos, su pasta dura y sus dimensiones; descollaba entre todos los otros pequeños ejemplares del montón del que formaba parte. Me acerqué, lo recogí y era ni más ni menos que la Obra Completa de Julio Torri (1889-1970). Pensé que la situación de ese libro era la analogía perfecta de la condición de su autor.
Julio Torri es un escritor coahuilense de la generación de Alfonso Reyes. Nació, de hecho, con poco más de un mes de diferencia y a unos cuantos kilómetros de distancia del neoleonés. Pero mientras uno fue prolífico, cosmopolita y expansivo, el otro fue un escritor lacónico, sedentario y retraído. Escritores norteños de signos opuestos: el célebre y aclamado Alfonso, el anónimo e ignorado Julio; el astro regiomontano eclipsando al saltillense. Hombre de pocas palabras en vida y obra, esta última parece reflejar la personalidad del autor: hay en los textos de Torri un cierto deje de cinismo y resignación, como aceptando el sino bajo el que le tocó nacer: el de ser un hombre fatalmente relegado del club de la fama. Hace unas semanas, viendo en La Odisea a Matt Damon profiriendo alaridos de desesperación al escuchar el canto de las sirenas, recordé el poema “A Circe”:
¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas. ¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.
Las sirenas de la gloria y la celebridad no cantaron para Julio. Como escritor se distinguió siempre por el sumo rigor consigo mismo y tal vez algo de inseguridad, lo que dio como resultado una obra escasa, que cabe en un solo volumen. Pese a todo, los contados exégetas del coahuilense reconocen varios méritos en él, señalan que incluso anticipó en varios aspectos a escritores de la talla de Borges y dicen que algún día se le dará el crédito merecido. Yo lo conocí en la famosa antología Poesía en movimiento –que por cierto, justo está cumpliendo sesenta años– y quedé pasmado cuando leí “El mal actor de sus emociones”, texto que parece llevar el mismo numen: el del hombre que no es partícipe, el que no está invitado al festín, el que no supo ganarse un lugar en la mesa, con los demás:
Y llegó a la montaña donde moraba el anciano. Sus pies estaban ensangrentados de los guijarros del camino, y empañado el fulgor de sus ojos por el desaliento y el cansancio.
—Señor, siete años ha que vine a pedirte consejo. Los varones de los más remotos países alababan tu santidad y tu sabiduría. Lleno de fe escuché tus palabras: “Oye tu propio corazón, y el amor que tengas a tus hermanos no lo celes.” Y desde entonces no encubría mis pasiones a los hombres. Mi corazón fue para ellos como guija en agua clara. Mas la gracia de Dios no descendió sobre mí. Las muestras de amor que hice a mis hermanos las tuvieron por fingimiento. Y he aquí que la soledad oscureció mi camino.
El ermitaño le besó tres veces en la frente; una leve sonrisa alumbró su semblante, y dijo:
—Encubre a tus hermanos el amor que les tengas y disimula tus pasiones ante los hombres, porque eres, hijo mío, un mal actor de tus emociones.
Consciente de sus designios y fiel a su hado, llegó a expresar –quizá con algo de amargura– su desdén por los temperamentos grandilocuentes, por las “sensibilidades ruidosas” y las “naturalezas comunicativas y plebeyas”. Y tampoco le faltó el humor cuando escribió una sátira de los escritores sobreabundantes que pretenden alcanzar la universalidad (¿Sus compañeros ateneístas? ¿Su difunto amigo Alfonso Reyes?):
Xenias
Una vez hubo un hombre que escribía acerca de todas las cosas; nada en el universo escapó a su terrible pluma, ni los rumbos de la rosa náutica y la vocación de los jóvenes, ni las edades del hombre y las estaciones del año, ni las manchas del sol y el valor de la irreverencia en la crítica literaria.
Su vida giró alrededor de este pensamiento: «Cuando muera se dirá que fui un genio, que pude escribir sobre todas las cosas. Se me citará —como a Goethe mismo— a propósito de todos los asuntos».
Sin embargo, en sus funerales —que no fueron por cierto un brillante éxito social— nadie le comparó con Goethe. Hay además en su epitafio dos faltas de ortografía.
El día en que Julio Torri sea inducido al salón de la fama de la literatura mexicana tal vez nunca llegue. Desde hace varias décadas algunos quisieron vaticinar algo que no ha ocurrido. Mientras tanto, aquí le rendimos un pequeño homenaje a este escritor destinado al club de los olvidados, por si a alguien se le antoja una probada de su obra. Nos leemos en la próxima.
