SARA ANDRADE
Los conspiranoicos sobreviven gracias a su magnífica capacidad de encontrar códigos secretos en todos los aspectos de su vida. Un triángulo en un póster es una alusión directa a los Illuminati, un ojo solitario representa al Nuevo Orden Mundial, los tuits caóticos de Donald Trump son mensajes de Q, el salvador de la raza blanca evangélica y conservadora, ese grupo de la población humana que más ha sufrido los terrores de Satanás. Si hay una luz en el cielo, ésta representa que hay vida en otros planetas. Es imposible considerar la opción alternativa: un avión, un globo aerostático, un dron de un aficionado a las fotografías panorámicas. Si un Boeing choca en la pista de aterrizaje, el número de serie del avión, la fecha, la temperatura, el cumpleaños de la azafata principal, todo se convierte en una línea para calcular las matemáticas ocultas, para develar la verdad más profunda, para demostrar, una vez por todas, que hay fuerzas más grandes que nosotros detrás de bambalinas, moviendo nuestra vida en beneficio de su maldad.
Por supuesto, para estos conspiranoicos la resolución de todos los misterios del Universo no es la meta. La meta es continuar, eternamente, en la enunciación de un nuevo misterio, de un nuevo secreto que solamente puede ser descrito en clave, en código, en símbolos arcanos.
El resto de nosotros, que nos jactamos de ser muy racionales y lógicos, vemos a estos pobres locos dar tumbos en las redes sociales, creyendo que no somos susceptibles a la paranoia.
Pero basta que un pobre pajarraco se pare en una iglesia para que todos perdamos la cabeza.
Eso pasó la semana pasada, cuando un zopilote negro, cansado de sobrevolar una ciudad que huele a basura, pero que ofrece pocos huesos, se detuvo a acicalarse en una de las cúpulas del ex templo de San Agustín. Alguien lo grabó, con susto y lo mandó a los metiches de las noticias en Zacatecas y, de pronto, se convirtió en una especie de broma e histeria colectiva. ¿Qué le está pasando al mundo? ¿Por qué nos presentan estos heraldos de terror? ¿Por qué, oh, por qué un sucio zopilote se posaría sobre el emblema de la divinidad?
Los más atrevidos comentaron sobre diferentes señales zoológicas: un par de zorritos caminando en las canchas de la UAZ, un jabalí tomando el fresco en Colinas del Padre, un pavo real pavonéandose en Picones. De repente, la aparición de estos animales en nuestra inmovible realidad humana y citadina parecían representar una ruptura atemorizante, una amenaza directa a la solidez de nuestras murallas simbólicas. ¿Y ahora qué más? ¿Cocodrilos tomando café en El Acrópolis? ¿Nuestros gobernantes haciendo mal uso del erario público? ¿Asesinatos, secuestros? ¡Qué espanto!
Yo vi con entendimiento a mi amigo el zopilote. Me pareció tierno, grandote y torpe, en un lugar que no le pertenece. Me sentí con ganas de defenderlo del escarnio. ¿Quiénes somos nosotros para censurar su aparición? ¿Por qué somos tan crueles como para atribuirle un significado a su figura? A veces, pienso yo, un zopilote es un zopilote. Y un triángulo es un triángulo y un 666 es un 666. No todo puede significarlo todo, porque en la saturación absoluta del signo lo único que queda es el derramamiento.