SAMUEL R. ESCOBAR
“I, know a girl, she puts the colors inside of my world…”
Tomaste mi mano y dijiste: “yo siempre voy a ser tu amiga fiel”. Y no has faltado a tu palabra, esa, la que pronunciaste con toda la seguridad que reviste las palabras de una pequeña de siete años; la más franca y más contundente, la que hace cimbrar a todos los mundos. La que atraviesa el porvenir y la nostalgia de todos los pretéritos: esa simple articulación de soniditos hermosos convertidos en una vocecita de un alma profética. Después vino aquel juego en el que, a ciegas y sin hablar siquiera un poco, padres e hijos habrían de encontrarse, dejando el trabajo de reconocimiento al tacto y al olfato. Cómo olvidar que tu manita y mi mano se sabían, que compartían un código infalible, aquel que copiamos de Rocket Power, y no dudaron en aprehenderse con toda rapidez. Nunca se soltaron, aun a la distancia.
“And I´ve done all I can to stand on her steps with my heart in my hand…”
Nuestro amor por la música fluía de manera natural y se compartía en casa. Podíamos de la nada improvisar un coro y cantar al unísono Gatita de tres colores de los Hermanos Rincón o Desierto de Muna Zul, o embelesarnos con las Gymnopédies de Satie o El Cisne de Sain Säens. Tu hermana mayor eligió el sendero de las teclas que activan mecanismos y percuten cuerdas variopintas que rivalizan con el agua tersa y la estrepitosa tormenta; tú preferiste el llamado del instrumento de la voz más humana, más de la tierra y para los de la tierra, sin olvidar que entre sus ingredientes hay una buena porción de polvo de estrellas; ese instrumento que no es sin el abrazo y la caricia, sin el roce de mejilla y el susurro, sin la serenidad de la silla y la contemplación. Después de algunos años, tú y tu hermana dejaron la formación musical y, sabes, te confieso que pensé que habían hecho lo correcto, siempre he creído que la mayoría de los músicos solo irradian belleza cuando hacen música, el resto del tiempo son extraños cuando no feos. En fin.
“Fathers, be good to your daughter. Daughters will love like you do…”
Y llegaron los tiempos de los amores y los desamores; de la sangre salina y transparente que germina con la primera fractura sentimental, la inolvidable entre las inolvidables. Con un asomo de llanto que me acarreaba dolor y ternura me hablaste de decepciones y de algo que yo debí asumir que existía y que se acababa de romper. Subimos a la motocicleta y con nuestras largas cabelleras al viento rodamos por la periferia de una ciudad insensible, que no tiene idea del dolor que aqueja a una adolescente de secundaria que acaba de romper con el amor de verano. Nos detuvimos a platicar como hija y padre, y con una bonita trenza que tejimos con sollozos y risas nos abrazamos como absolviendo a la vida que apenas comenzaba. Y aprendí de ti, como siempre.
“Girls become lovers who turn into mothers, so mothers, be good to your daughter too…”
Después de algunas rupturas más que se acumularon en el andar y seguir andando, nos dimos cuenta, o al menos creímos, que la vida estaba en otra parte. Vinieron los proyectos y los tropiezos, y siempre estuvimos ahí, codo a codo. Venías a respaldar a tu barrio una y otra vez y eso nos hizo grandes; y las idas de bruces, más fuertes. No fuiste un brazo derecho, ni una extensión ni un apéndice, fuiste un despliegue de alas incesante que no le importaba volar a ras de suelo con tal de elevar a los caídos; de airar y atizar sus cenizas para reavivar el tizón y que resurgiera la maravilla.
“So, fathers be good to your daughter. Daughters will love like you do…”
Por esta vez aquí cerraremos el álbum de recuerdos, pero nunca los recuerdos. Ya te la sabes, siempre estamos pendiendo entre la memoria y el olvido, y la contemplación de estas pictures of you son un buen pretexto para abrazar esta plática de cumpleaños. Son dos años ya que celebras en la eternidad tu vuelta al sol, como tú decías. Y nosotros, los que aún lidiamos con el absurdo de la existencia y que te amamos, no tenemos un ápice de intención de que nos hipnotice el olvido. Pero sigamos escuchando música toda la tarde, aquí, al pie del olivo y bajo su sombra protectora. Y, como ya es costumbre, al final de tu playlist, cantaré una chacarera que no podrás evitar cantar a una voz conmigo: “…me basta con escuchar, el ángel que hay en tu voz, y puedo sentir que vuelve a salir el sol…”
Feliz cumpleaños, mi niña.
“So mothers, be good to your daughter too…”
Verano 2025