BÁSTENOS EL SOL PARA CALENTARNOS
Cuánto desprecio, cuánta ira ciega,
y cuánta fiebre en nuestra humanidad.
Nos ha traído el ansia que no entrega:
buscar lo ajeno en nuestra identidad.
Bástenos los cielos para volar.
Que la conciencia arrugue nuestra frente.
Cuánta necedad, cuánta decadencia,
cuántos cielos robados por la ausencia
de una ilusión sin cuerpo ni presencia.
Eras un pez mirando el mar abierto
tras el cristal, creyéndolo desierto,
y no sabías que eras tú el encierro.
Qué risa, qué burla,
qué estafa la nuestra:
alzamos copas vacías
de un vino amargo que nunca bebimos.
Amas cuanto doblegas,
exprimes el alma de sus patrañas,
escurres el cuerpo por su sangre,
matando al hijo por su padre.
Recogía frambuesas por el bosque,
y sus frutos sabían a castigo.
Los tallos se enredaban en mis cabellos,
y sus espinas punzaban mis dedos.
Bástenos la tierra para sostenernos.
Golpeé a mi madre esta mañana.
Estaba de rodillas,
y le di una patada seca en la cara.
Me había engañado,
y yo me vengaba.
¿Por qué no puedo llorar margaritas,
gatitos y cosas bonitas?
Solo risas del diablo se ocultan tras mis sollozos,
se ríen de mis esfuerzos.
Bástenos el fuego para redimirnos.
Severo, el juez sentencia.
Siente espadas en nuestro ataúd.
La sangre canta con furor,
y todo juramento se convierte en laud.
EL CORAZÓN ADHERIDO
Me encontré una avecilla de papel.
Tenía un ala rota
y lloraba detrás de la lavadora.
Había caído del nido,
empujada por una corriente de aire
que la dejó atrapada
entre el concreto de la pared
y la lámina fría del electrodoméstico.
Lloraba como lloran los pajarillos caídos:
con desolación y estruendo.
Habría clamado toda la noche,
de no ser porque escuché su trino sin consuelo.
Al principio creí que era
una hoja de periódico atorada en un clavo,
sacudida por el viento.
Pero al asomarme,
vi claramente que era un pajarillo.
Lo tomé entre mis manos:
acartonado, tembloroso.
Desdoblé su cola con cuidado,
remendé su ala con papel de seda.
Lo llevé cerca de la ventana
y lo dejé en la mesita del recibidor,
para que pudiera secarse.
Dormí toda la noche.
Al día siguiente, al ir a verlo,
comprendí mi error:
una gota de pegamento,
fortuita e indeseable,
se había deslizado hasta la mesa de madera.
El pecho del pajarillo
quedó adherido a la superficie.
Al revolotear para liberarse,
aletear con desesperación,
el papel se desgarró.
Murió al amanecer.
Por querer sanarlo,
le arranqué el corazón.