ENRIQUE GARRIDO
Iniciamos otro año y con ello viene la esperanza de reinvención, la posibilidad de reajustar nuestra rutina como si la estabilidad fuera algo de lo que deberíamos avergonzarnos. Pese a que el calendario gregoriano es una convención meramente humana, no podemos negar que la traslación de la Tierra alrededor del Sol nos trae una sensación de término, de una transición de ciclos y la apertura de la puerta al cambio.
Toda esta etapa se traduce en deseos atribuidos a la fuerza cósmica que trae el cambio de agenda o calendario de pared. Así, gran parte de la población hace propósitos, los cuales, combinados con las campanadas, tienen la bendición para facilitar su cumplimiento, o al menos eso es lo que esperamos; sin embargo, con el tiempo el ánimo decae, nos cuesta levantarnos e ir a correr, los libros se comienzan a acumular, y así poco a poco volvemos a la rutina que tanto nos molestaba, pero que nos costó construir.
La culpa aparece, y esa suscripción al gimnasio, a los clubes de lectura, esos cursos que pagamos en plataformas se convierten en incomodidad en la nuca, temblor en las manos, la frustración de haber fallado, de que no hay vuelta atrás, de que otro año se perdió, de que no somos lo suficientemente constantes o disciplinados, mientras, en redes vemos a gente cumplir esas metas que uno se propuso; poco importa que tengan estímulos monetarios o patrocinadores, o se trate de una cínica realidad construida a partir de la edición en los tiempos de la posverdad. Es nuestra culpa., aunque no nace sola, se cultiva.
Nos volvemos nuestro propio explotador, juez y verdugo, y en estas fechas es mayor. Una epidemia de autodesprecio, auspiciada en gran parte por la sociedad, aparece cada inicio de año bajo la exigencia de querer ser más productivos, aunque nuestro cuerpo no dé para más. Pero, ¿por qué nos sentimos culpables por no lograr dar más de nuestra capacidad?
Ya en 2010, el conocido filósofo surcoreano Byung-Chul Han nos habló de la sociedad del cansancio, este paisaje patológico caracterizado por elogiar el rendimiento por encima de todas las cualidades; la maximización de la producción como un afán del inconsciente social. En su libro, Han relata cómo la violencia neuronal, es decir, un desgaste mental constante, que provoca un exceso de positividad actual nos anula y mantiene nuestro sistema nervioso autónomo simpático en constante alerta debido a la necesidad de preservar la competitividad y productividad, sin permitir ningún descanso mental.
No me malentiendan, cualquiera tiene derecho a establecer metas y también a desfallecer en su búsqueda. Mi intención es plantear su contracara: el derecho a decir “hasta aquí llegué”, no como una forma de holgazanería, sino como afirmación de nuestra individualidad, de nuestra personalidad y, sobre todo, de nuestro límite. Porque es justo allí, en el límite, donde realmente podemos definirnos. Establecerlo en una sociedad que rinde culto al trabajo, que admira y celebra el dolor como si fuera sinónimo de mérito, y que parece necesitar vernos exhaustos para funcionar, es también un acto político y personal. Así, no tener propósitos debería ser, en sí mismo, un propósito: uno que no promete productividad, pero sí una forma más honesta de estar en el mundo.
En una sociedad del cansancio que mide el valor en resultados y el tiempo en rendimiento, no tener propósitos puede ser un acto íntimo de desobediencia. Un silencio frente a la exigencia, una pausa frente al ruido, una forma de comenzar el año sin la violencia de prometerse algo imposible. Porque a veces no hace falta reinventarse, basta con no romperse más.
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