Hay imágenes que se repiten a lo largo de los años y que uno piensa que son infinitas: no lo son. Los huesos se van desgastando, aunque no se perciba a simple vista; las camas dejan de ser suficientes para los nietos; incluso el paisaje deja de ser el mismo: gobernadoras cansadas, sangre de grado que ya no sangra igual, ausencias de álamo que crecen donde antes hubo sombra. Todo insiste, pero todo se erosiona.
Luego están esas otras historias que se repiten una y otra vez, no porque el tiempo las conserve intactas, sino porque no supieron irse. La mujer de cabello largo que llora una ausencia, el fantasma a la orilla de la carretera esperando un rinconcito caliente, los espectros sin voz ni lamento que observan desde detrás de las casas abandonadas. ¿Cuál sería su vocación en medio de un pueblo fantasma? ¿Para qué seguir existiendo si no hay niños a quienes asustar, ni puertas que crujan, ni noches que tiemblen?
En este caminar elíptico, que no avanza, sino que rodea, nos encontramos con nuestros propios fantasmas: reminiscencias, ausencias y abandonos; reflejos de quienes fuimos y de quienes ya no somos, persiguiéndonos con la luz apagada, en el cuarto del fondo, en otra carretera, en otra vida. Algunos fantasmas personales incluso esperan el regreso. Pobres almas solitarias: no saben que nadie vuelve siendo el mismo.
La escritura de Tania Saldívar Mares se instala justo ahí, en ese umbral donde la emoción se vuelve materia narrativa y el terror deja de ser espectáculo para convertirse en estado del alma. Sus cuentos no gritan; permanecen. No buscan el sobresalto inmediato, sino la incomodidad lenta, esa que se parece mucho a la tristeza y que se queda a vivir en el cuerpo.
En Historias de mujeres y fantasmas, los espectros no son ornamento ni metáfora fácil: son emociones que no encontraron descanso. Mujeres atravesadas por duelos, culpas, nostalgias y deseos que no alcanzaron a resolverse antes del silencio. Fantasmas que no castigan ni anuncian, sino que repiten. Y en esa repetición, insistente y circular, aparece el verdadero horror: la imposibilidad de escapar de lo que se siente.
Hay en su prosa una herencia clara de la tradición del cuento mexicano escrito por mujeres, donde lo cotidiano se resquebraja apenas lo suficiente para dejar ver lo ominoso. No hay fuegos artificiales ni trucos: hay una atención precisa a la atmósfera, a la emoción que se filtra como humedad en las paredes. Leer a Tania es aceptar que el terror no siempre llega de afuera; muchas veces habita en lo que recordamos sin querer.
En este regreso a El Mechero celebro tres de mis cosas favoritas: literatura, terror y autoras. Celebramos también la llegada de una nueva voz que se atreve a narrar lo que no muere, lo que no se resuelve, lo que permanece. Tania Saldívar Mares no escribe para exorcizar fantasmas, sino para escucharlos.
Queridas lectoras y estimados lectores, que este año nuevo sus fantasmas sean amables, que los espectros sean pacientes y los éxitos rotundos. Tomen la pira con la que prendimos la fogata de año nuevo porque, ya lo saben: ¡juntos incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero