poppy flowers field on sunset
EL FORTINO
El maestro comunitario.
Continuación.
—¿Alguna vez te han pegado un tiro, maestro? —me pregunta Edelmiro, quien se niega a llamarme por mi nombre.
—No, Edelmiro, nunca. Y espero que nunca me peguen uno —le contesto, sin perder el paso, porque me lleva caminando a conocer su parcela de amapola.
Sin voltear a mirarme, mientras troza hierbas con el machete para abrirnos paso en la vereda, Edelmiro me cuenta.
—A mí me han pegado tres. —Se señala el cuello, debajo de la quijada—. Aquí, éste, éste fue el que casi me mataba. Me lo pegaron los verdes. Me reventó una arteria. La boca se me llenó de sangre y yo pensaba, «ya me cargó la chingada», pero no, aquí andamos. —Se ríe.
—¿Y no sentiste miedo de morirte?
—Sí. Ahuevo que sí. Pero no por mí, no, si no, por mí vieja, por mis morrillos. Pensaba en ellos. Eso fue lo que me dio miedo del bueno. Tal vez por eso no me morí.
Seguimos caminando. Sudamos. Las hierbas nos rozan las pieles y nos da escozor. Las guacamayas nos sobrevuelan. Mariposas, se escuchan los bramidos del río.
—¿Y los otros dos?
—En esta pata. —Me señala la pierna derecha—. Y el otro que me voló el dedo. —También me señala la mano, que yo ya había visto sin pulgar.
Desde San Dimas hasta su sembradío nos dan unas dos horas de camino. Mientras abre el camino, de pronto, llegamos a un desfiladero. Desde ahí, cuesta abajo, relumbran, como mariposas azules- violetas- pardas, millares de flores de amapolas.
Edelmiro hace un chiflido. De entre las matas aparecen tres jóvenes: sus hijos. Desde ahí se ven minúsculos. Nos saludan. Cargan a la espalda un costal y un rifle terciado, cuchillos con los que andan rasgando las flores.
—¡Qué chingona vista Edelmiro! —le digo, con mis pupilas hartas de tanta sierra, de tanto verde, de tanta inmensidad—, ¿puedo tomar una foto?
—Sí. Nomás onde no salga yo —me dice.
Tomo la fotografía.
Estoy hablando de hace quince años.
«¿Alguna vez te han pegado un tiro, maestro?»
A Edelmiro lo mataron el mismo mes que me regresé de San Dimas.