ÓSCAR ÉDGAR LÓPEZ
Casiodoro era un adicto muy peculiar, mezcla de buen cristiano y lobo estepario, consumía sobre todo barbitúricos. Había nacido en cuna de oro, pero desde muy joven perdió la buena amistad con su padre, a su mamá la veía una vez al año y sólo mantenía comunicación frecuente con su hermana menor. El puerto de Veracruz lo vio nacer y Zacatecas se convirtió primero en su Edén y luego en su tumba. Los “pequeños viciosos” lo conocíamos como “el vato de la quena” pues Casio sacaba dinero de soplar con ahínco una de esas flautas del Perú que suenan a feria de septiembre y con la que se han creado las versiones más infames de los escarabajos de Liverpool en mood andino. Lo buscábamos cuando nos apetecía un viaje cremoso, un buen colocón de pastillas y mezcal de olla (sí, existe y es muy combinable); por alguna razón él siempre tenía cajas y cajas de medicamentos controlados. Vivía en una vecindad con baño comunitario, en un cuarto sin enjarre, ni pintura de dos por dos, sus vecinos eran soldados y prostitutas, era frecuente que armaran grandes farras con desbordante violencia y canciones cursis de señores con mucho cabello y ninguna vergüenza.
Aquella tarde fuimos Ernesto y yo a la vecindad de Casio, pasaba de las tres de la tarde, en el camino llegamos a la tienda de abarrotes por un par de caguamas, nos imaginábamos un festín de droga y cerveza. Antes de llegar al gran portón gris, vimos que una flota de prostitutas travestis sacaban en hombros un solemne cajón de muerto, nos acercamos y una señora que ya nos conocía nos dijo: “Ya se adelantó Casio, muchachos, hoy lo encontramos en su cuarto ya muertito”.
Estar colgado de una droga hace que pienses en ella antes que en cualquier otra cosa, antes incluso que en tu propia seguridad o salvedad, por eso en cuanto nos vimos solos nos colamos al cuarto de Casio. El mugrero era impresionante: empaques de pastelillos, vasos de sopas instantáneas, botellas de cerveza vacías, millones de colillas amontonadas por todas partes, bolitas de papel higienico, eso nos resultaba común, lo que si nos extrañó fue un ramo de flores frescas y vivaces sobre la colchoneta que el muerto usaba para aligerar su peso contra el suelo. Tomé el ramo y descubrí que bajo él había una nota: “Amado Casiodoro, no puedo volver a verte, mi esposa ha descubierto lo nuestro. Nunca te olvidaré. Tampoco puedo recibirte en el consultorio, no podré surtir tus recetas nunca más. Lo siento mi chiquitín esponjoso. Atté: tu Sexy doctor”. Entonces se suicidó por amor, concluimos los dos al mismo tiempo. Buscamos por las cuatro esquinas de la pocilga, algunas pastillas o alguna otra droga, pero no encontramos nada, nos dimos prisa, pues era posible que apareciera la policía en cualquier momento, unos segundos antes de salir noté que la vieja chamarra de pana de Casiodoro estaba tirada en la entrada, la levanté y me la puse, siempre quise comprársela o intercambiarla. Ya en la calle metí las manos en los bolsillos de la apestosa prenda del amigo suicidado, en un compartimento interior, a la altura del corazón encontré una foto, en ella Casiodoro abrazaba al papá de Ernesto, el doctor Ernesto Méndez, comprendí que el papá de mi amigo era el amante de ese yonqui que había entregado el equipo. Arrugué la foto y la tiré en una jardinera, le dije a mi amigo que nos sentáramos en un callejón de escaleras a beber la cerveza que teníamos, antes de que se calentara, pero él dijo: “no puedo, mi jefe quiere que comamos todos juntos, que porque hoy es un día especial para él”. Diciendo esto cruzó la avenida para tomar su autobús.
La obra de hoy es creación del joven artista Hugo Bladimir, se trata de un grabado a la aguatinta y aguafuerte, apreciamos un excelente cuidado en los tiempos de “ataque” de la placa, el claroscuro así lo demuestra, y algunos efectos que son visualmente atractivos sin caer en el exceso, craquelados y grafías que nos muestran a un personaje algo insecto, algo criatura de alcantarilla que parece estar padeciendo una infinita pobreza, pero que la combate con el poderoso brillo de una vela, a veces lo único que se necesita para vencer a una larga noche de tormenta, en soledad y con los bolsillos desamparados. La obra de Hugo Bladimir me resulta conmovedora porque me recuerda algunos pasajes de mi propia vida en los que personajes paupérrimos de bondad ilimitada me han mostrado la luz de sus conciencias y la pureza de sus actos, sin duda habremos de estar atentos a la carrera de este creador que ya da muestra de tener las espadas bien afiladas.

Título: “En ceros, con una vela”
Autor: Hugo Bladimir
Técnica: Grabado a la aguatinta y aguafuerte
IG: @hugos.funeral