OSCAR ROMERO MERCADO
El hombre regordete tomó el pantalón rojo que estaba sobre la silla, agarró los bordes y lo sacudió en diversas ocasiones en el aire. Esperaba que aquellas arrugas dibujadas a lo largo de la tela pudieran alisarse con aquel estruendo sonoro similar al de un látigo. Metió ambos pies hasta la altura de los tobillos, con la ayuda de un pequeño salto y un leve pujido lo subió hasta su redonda cintura. Colocó los tirantes sobre sus hombros. Ajustó la medida. Al ponerse las botas soltó un leve suspiro. Luego tomó la camisa afelpada, pasó sus gruesos y robustos dedos sobre los botones blancos aterciopelados y los cerró uno a uno. Frente al espejo, aquel hombre blanco de barba enmarañada posaba la mirada sobre su rostro. Aunque su cara era animosa, bajo aquellos rosados cachetes se ocultaba un cansancio de siglos. Estiró los brazos y posó sobre su cabeza el deteriorado sombrero rojo. Estiró las comisuras de sus labios y dibujo una ligera sonrisa.
Al salir de casa el viento del norte cortó sus mejillas. El aire era tan frío que parecía atravesar hasta los huesos. Comenzó a correr hacía su vehículo con los ojos entrecerrados, solamente guiado por aquella luz roja que centellaba entre la ventisca. Una vez ahí, revisó cuidadosamente el sistema de tiro, arnés, collares, correas, jaló cada una de ellas con todas sus fuerzas. Dio unas ligeras palmadas sobre los renos y subió a toda prisa al viejo y apolillado trineo de roble. Revisó el inmenso costal. Pasó las sogas por el anclaje y luego las lanzó hacía arriba para pasar al otro extremo. Sujetó la cuerda entre sus dedos, ajustó algunos nudos corredizos y dejó caer todo el peso de su cuerpo para ceñir y asegurar la carga.
Viajaba a toda prisa. El aire frio quedaba atrás. De las casas de diversos colores se desprendía la calidez con olores ligeros a humo, guayabas, canela, naranjas, jamaica y pólvora. Se detuvo en la primera de ellas. De un salto descendió a toda velocidad hacia el tejado de lámina y, justo antes de caer como un meteorito se detuvo asentándose ligero sobre la barda cubierta de vidrios. Buscó una mínima abertura, al descubrirla se escurrió al interior como un felino doméstico. Bajó por las escaleras en silencio y se dirigió directo al árbol color blanco bañado de luces. Entre sus ramas una carta:
Querido Santo Clos:
Este año me he portado muy bien. Aunque mamá diga lo contrario. He ayudado en el aseo del hogar, he tendido y destendido la ropa, doblado calcetines, he secado y guardado la loza, acomodado mi cuarto, barrido las gracias de flipper y todas esas actividades que me hacen creer que seré un buen ayudante del Polo Norte. Por eso, me gustaría que este año al fin puedas traerme la pista de autos de carreras o una de aquellas figuras de acción que anuncian en el televisor.
Espero que te encuentres bien al igual que tus renos. Te he dejado sobre la mesa un vaso de leche y cuatro buñuelos.
Terminada de leer la carta, el hombre robusto volvió a colocarla sobre el árbol. Chasqueó los dedos y sobre su palma apareció un tren de madera. Lo colocó bajo el árbol y salió de nuevo a toda prisa volando hacia el cielo mientras soltaba un ¡Jo jo jo! Que más que navideño sonaba a una gran carcajada.