JUAN GERARDO AGUILAR
Uno no elige la mala suerte que le toca, más bien la va construyendo a medida que la fatalidad se pone de modo. En mi caso, estoy casi completamente seguro de que mi mala suerte –por lo menos la de los últimos cinco o seis años para acá– inició cuando “tomé prestado” al Niño Dios del nacimiento monumental de la Plaza de Armas de mi pueblo para llevármelo a seguir la fiesta, pero ahora con la protección del mero mero… nada más equivocado, después de eso vino una debacle personal que inició con la pandemia y apenas medio se compuso.
Ay, Diosito, si borracho te ofendí, con el karma me sales debiendo… Y aunque al principio tratas de gaslightearte para evadir la responsabilidad, al final no queda de otra más que agarrar al cuerno por los toros y asumir las consecuencias de tus actos.
Por eso, tengo la sensación de que la vida es como un enorme buffette de chingaderas en el que puedes agarrar hasta hartarte, siempre y cuando tengas para pagar el precio. Unos pagan con dinero, otros con culpas, otros con la salud física y otros —me atrevo a decir que los más—, pagamos con la salud mental.
Es el viaje del antihéroe como Holden Caufield y esos tres días de diciembre que le hicieron ver la vida de manera distinta. Uno creería que Salinger escribió El guardián entre el centeno nomás para que los adolescentes del mundo tuvieran con qué sentirse incomprendidos, pero la verdad es que el señor J.D., con todo y su misantropía elegante, nos dejó un mapa para entender que la mala suerte también es un oficio: uno se entrena, se disciplina y se tropieza con gusto.
Holden Caulfield, con toda su rabia candorosa, se la pasó tres días huyendo de todo, convencido de que el mundo era demasiado falso para que él pudiera pertenecer. A veces pienso que, si Holden hubiera crecido en mi barrio, también habría terminado caminando por las banquetas de madrugada, preguntándose en qué momento el universo empezó a cobrarle facturas por adelantado.
Hay una frase que me gusta, y es esa que suelta Holden casi al final, cuando está con el maestro Antolini: “La marca de un hombre inmaduro es que quiere morir noblemente por una causa, mientras que la del maduro es que quiere vivir humildemente para ella.”
La primera vez que la leí me punzó como cruda de tres días. Porque yo, la mera verdad, solía ser más del primer tipo: muy dispuesto a los martirios y sacrificios dramáticos… hasta que vi que la vida, esa morra quisquillosa, no te premia lo heroico, sino lo terco. Y pues aquí seguimos: viviendo, echando humildad por causas que un día tienen todo el sentido y, al siguiente, se deshacen como galletas de animalitos chopeadas en café.
Lo confieso sin pena: a veces me siento como un Holden en versión chacal, sin abrigo elegante, sin varo en Navidad, sin internado nais, pero con la misma capacidad para meterme en problemas sin batallarle tanto. Y no es que me haga la víctima —aunque pon tú que sí—, pero la mala suerte y los acontecimientos extraños siempre han tenido una manera peculiar de caer sobre mí, como si se tratara de un confeti maldito.
Les juro que puedo estar muy en paz, comiéndome un burrito de yelera en la calle, y en eso puede pasar un indigente agresivo arrojándome un pay de queso mientras me insulta de la nada. O estar muy tranquilo en una fiesta y de pronto torcerse todo cuando preguntan si alguien sabe dónde conectar. Y ahí estoy, otra vez, lidiando con mis malas decisiones.
Pero volviendo al viaje interior (que suena más espiritual de lo que es en realidad), uno termina aceptando que hay caminos que sólo pueden recorrerse cuando ya te cansaste de hacer el ridículo. Porque el autodescubrimiento, lejos de ser una iluminación zen, es más como abrir un toper olvidado: sabes que va a oler feo, sabes que vas a encontrar cosas que no quieres ver, pero de todas formas tienes que hacerlo.
Además, como buen ex anexado, vivo con ese miedo pegado en la nuca: el terror silencioso de que cualquier invitación pueda terminar en otra encerrona espiritual no solicitada. Y ahí me ven, siempre precavido, siempre con el radar prendido, atento a las redflags, porque uno no sabe si lo quieren anexar, evangelizar, extorsionar o invitar a una fiesta narca en una casona perdida donde suena reguetón, corridos tumbados y todos traen fusca. Es un miedo que nunca se va del todo, como ese olor a humedad que tienen los recuerdos que todavía duelen.
Y, sin embargo, le tengo cariño, paradójicamente. A mi mala suerte, digo. A mi paranoia útil. A esa colección de cicatrices que se han convertido en mi brújula. Porque, aunque suene cursi, gracias a todo eso aprendí a quitarme máscaras, filtros y poses. Y es muy cabrón, vaya que sí, porque quitarse la máscara que se usa para conseguir cariño es como arrancarse una segunda piel: arde, sangra, y luego te sientes ridículo. Pero también es un alivio, porque de ahí en adelante ya no tienes la necesidad de estar justificándote o explicándolo todo.
Y es que he visto, muy de cerca, lo triste que es fingir para sobrevivir. Fingir para ser amados, para ser aceptados, para no ser rechazados por quienes tampoco saben quiénes son. A mí me tocó hacerlo y se siente como venderle tu alma al karma y encima quedar debiendo. Por eso prefiero mi malasuerte sensacional, esa que yo mismo fabriqué, a la buena suerte prestada de otros. Prefiero mis chingaderas hechas a mano, aunque estén torcidas, a la perfección en serie que presume la gente que nunca se ha roto.
El viaje interior, al final, no es otra cosa que reconocer que uno es el resultado de decisiones pendejas, amores truncos, traumas reciclados, nostalgias baratas, y una feroz necesidad de seguir andando, aunque a veces no exista la noción del rumbo. Se trata de caminar por este enorme callejón empedrado que llamamos vida, sabiendo que a veces sólo hay luz porque la luna quiso cooperar.
Y mientras avanzo, mientras me tropiezo, mientras la mala suerte me sigue como perro callejero, no puedo evitar pensar en Holden Caufield caminando, tratando de salvar a los niños neoyorquinos que corrían hacia el precipicio del centeno. Porque todos tenemos un precipicio propio. El mío siempre cambia, pero sigo aquí. Sigo escribiendo, sigo buscando, sigo tratando de no caerme otra vez y, si ocurre, al menos caer con estilo.
A veces, cuando estoy en mis días más introspectivos —que son más frecuentes de lo que yo quisiera—, pienso que la mala suerte también trae regalos raros. Por ejemplo: la capacidad de observar a los demás sin filtros, como si fueran personajes de una novela que no estoy seguro si quiero leer o escribir. Y no es por sentirme protagonista, pero hay días en los que mi vida se pone tan absurda que parece haber sido escrita por un guionista borracho o drogado.
También he entendido que la mala suerte no es democrática: hay quienes nacen con un amuleto invisible y otros nacemos con el imán de la desgracia encendido desde la cuna. Pero dentro de todo, hay una justicia poética: la gente que nunca se ha caído tampoco sabe levantarse; la que nunca ha perdido nada no entiende el valor de lo que tiene; la que nunca se ha roto no sabe dónde empieza su fortaleza. Yo, por lo menos, ya conozco mis puntos débiles, mis fisuras. Y eso, de alguna manera, también es una ventaja.
O quizás la mala suerte no sea una maldición, sino una especie de maestra estricta. Una que te habla golpeado, que te deja tareas imposibles, que te reprueba sin piedad… pero que te obliga a conocerte mejor. Una que te enseña —a putazos existenciales— a ser honesto contigo y con los demás. Y ese es el precio de seguir caminando este callejón empedrado: quizá no estés del todo listo, pero al menos ya estás entrenado.
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