ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hay gestos que no envejecen. Saltar, por ejemplo. No el salto espectacular ni el que busca aplauso, sino ese más sencillo, casi intuitivo: avanzar un poco, medir mal, caer… y volver a intentar como si nada hubiera pasado. En ese gesto —repetido millones de veces, en millones de pantallas— habita algo profundamente humano.
Han pasado más de cuarenta años desde que Mario apareció corriendo hacia la derecha, con una misión tan simple que parecía ingenua: avanzar. No detenerse demasiado. No mirar atrás. Saltar cuando fuera necesario. Y, sin embargo, qué difícil era. Porque Super Mario nunca fue solo un juego de plataformas. Fue una educación sentimental disfrazada de colores primarios. Nos enseñó —sin decirlo— que el error no es el final, sino parte del ritmo. Que caer no cancela el camino. Que perder una vida no es perderlo todo. Que siempre hay otra.
Mario no es un héroe complejo. No tiene monólogos internos ni dilemas existenciales. No duda. No se cuestiona. Corre. Y en esa falta de conflicto aparente hay una forma extraña de consuelo. En un mundo que nos exige entenderlo todo, Mario propone algo distinto: actuar. Saltar primero, comprender después —o nunca. Hay una ética en ese impulso, una especie de confianza básica en que el siguiente movimiento será suficiente. Y cuando no lo es, se intenta otra vez, sin drama, sin culpa, sin narrativa trágica. Solo otra vida.
Quizá por eso su vigencia no sorprende. Mario no pertenece a una época, sino a una mecánica emocional: la del ensayo y error. La del progreso mínimo. La de la alegría breve que sigue a un logro pequeño. Un salto bien calculado, una moneda alcanzada al límite, un nivel completado después de fallar demasiadas veces. Nada de eso cambia el mundo, pero cambia algo en nosotros.
A diferencia de otros universos que han necesitado volverse más oscuros, más complejos, más densos para sobrevivir, Mario ha hecho lo contrario: se ha mantenido fiel a una claridad casi radical. Colores brillantes, reglas simples, peligros evidentes. Y, aun así, nunca ha sido fácil. Porque la dificultad en Super Mario no está en entender qué hacer, sino en hacerlo bien. En calcular el tiempo exacto, en confiar en el propio ritmo, en aceptar que la precisión también es una forma de paciencia.
Hay personajes que nos enseñan a temer, otros a cuestionar, otros a resistir. Mario nos enseñó a insistir. Y esa diferencia es sutil, pero importa. Insistir no es lo mismo que resistir. Resistir implica oposición. Insistir, en cambio, es continuidad. Es seguir, incluso cuando no hay épica, incluso cuando el avance es mínimo, incluso cuando nadie está mirando. Es, en cierto sentido, una forma de fe.
Más de cuarenta años después, seguimos saltando. No siempre en pantallas, pero sí en decisiones pequeñas, en intentos torpes, en esos momentos donde no estamos seguros de llegar… pero avanzamos igual. Como si hubiera una plataforma invisible esperando sostenernos. A veces la hay. A veces no. Y caemos. Pero algo en nosotros —quizá esa memoria lejana de un fontanero que nunca se detiene— insiste en que vale la pena volver a intentarlo.
Hay una dulzura particular en ese mundo. Una donde los errores no se acumulan como culpa, sino como práctica. Donde el tiempo no castiga, solo mide. Donde cada caída es inmediata, pero también lo es la posibilidad de volver. Un botón, un intento más. Como si la vida, por un instante, fuera así de clara.
Tal vez por eso Mario sigue aquí. No porque haya cambiado demasiado, sino porque nosotros sí lo hemos hecho… y aún así lo entendemos. O mejor: lo necesitamos. Esa lógica simple, ese optimismo estructural, esa certeza de que avanzar —aunque sea un poco— es suficiente. Que no todo tiene que ser complejo para ser significativo. Que a veces basta con saltar.
Respirar, esperar. Dum spiro spero. Y en algún lugar, siempre hacia la derecha, seguir avanzando.
Este ciclo de columnas se elaboró sin fines de lucro y con propósitos exclusivamente orientados al ejercicio del derecho a la libre expresión y la reflexión. El uso referido a un personaje perteneciente a una obra protegida tiene un carácter estrictamente analógico y descriptivo, sin reproducir ni explotar elementos sustanciales de la obra original. En todo momento se respetaron los Derechos de Autor y la Propiedad Intelectual conforme a la legislación aplicable en México y Japón. Esta referencia se hace bajo los límites permitidos por la ley, sin afectar la explotación normal de la obra ni generar confusión sobre la titularidad de los derechos.