JESÚS UGARTE
Esta es una breve anécdota que da cuenta de algo que hoy resulta patente en todos los rincones de la república, pero que, en su momento, para mí, resultó toda una revelación: ser vendedor ambulante es peligroso.
Tendría yo unos quince o dieciséis años cuando andaba con la pandilla dando el rol por el centro de la Ciudad de México. Con mucha ilusión, pero poco dinero, teníamos una misión muy clara: ganar harto dinero en las maquinitas de la Friki Plaza. Para eso, antes, teníamos que duplicar nuestro presupuesto, de manera que todos pudiéramos jugar con un presupuesto digno antes de que se nos acabaran los centavos.
No recuerdo exactamente la calle, pero fue en un lugar grandísimo donde se vendían toda clase de dulces y frituras, donde pasaban los diablitos a toda velocidad y se surtían los vendedores. Nosotros, con nuestro presupuesto paupérrimo, llegamos a estorbar entre esos pasillos comprando solamente una bolsita de mangomis.
—Tú, chavo, tú tienes más labia para eso de convencer a la gente. Tú los abordas, yo te sostengo la bolsita —dijo un avispado Emir a Natanael, la clase de amigo que no le temía a la vergüenza en ninguna de sus versiones.
La iniciativa de Emir me había dejado en una mala posición. ¿Qué haría yo? Pues nada: fungí como poste buena parte del tiempo que estuvimos vendiendo frente al Palacio de Bellas Artes. Luego tuve la iniciativa de señalar a las parejitas que, ya con cierta práctica, concluimos que eran las más susceptibles de aceptar un dulce.
—Amigo, vengo a ofrecerle un dulce a tu novia, pero como sé que eres un caballero, tú se lo vas a comprar —decía Natanael, y se robaba la risita nerviosa de las chavas que, luego de mirar al novio, terminaban tomando un dulce de la bolsa.
Luego, imitando un poco a mi amigo y con la premura de ganarme dignamente algo de lo que se vendía, empecé a vender directamente a las personas, y así terminamos vendiendo casi toda la bolsita. Andábamos ya con un tercio, felices de haber recuperado la inversión y de haber ganado un poco más, cuando un policía tomó del brazo a Natanael y otro le quitó la bolsa a Emir.
—¿Tienen permiso? ¿Dónde está su permiso? No, jóvenes, no pueden estar vendiendo nomás así… Por eso… por eso… nos van a tener que acompañar.
Y los tres fuimos a dar a los separos de República de Paraguay, donde había un mundo de gente y, desde luego, otros vendedores ambulantes. Uno en particular sufrió el robo de sus pizzas dentro del propio inmueble, que era como un patio en el que esperábamos todos.
—De todos modos te las iban a quitar, güey —dijo el organizador del hurto a un vendedor joven que lloraba.
A todos nos tocó una rebanada con sobrecito de cátsup. Un limbo legal que nos dejó a todos con el estómago lleno en medio de la espera.
Bueno, ¿y ahora qué? Pues a llamarle a un mayor de edad, porque no íbamos a poder salir hasta que alguien respondiera por nosotros. Y como no iba a ser ninguno de nuestros padres, le llamamos al Moi, que hacía unos días había cumplido dieciocho y ya tenía IFE.
—Ah, ¿no les digo? Me cae que están bien pendejos. Ahorita voy —dijo, no sin antes ser avisado de que cargara dinero para la mochada.
Total, que llegó el Moi a las quinientas con cierto aire paternalista al referirse a nosotros como «mis muchachos». Algo le preguntaron en privado cuando fue nuestro turno de pasar, y él afirmó con la cabeza; lo vimos de lejos.
El primero en ser llamado fue Natanael, a quien metieron en un cuarto. Cuando salió, estaba encabronadísimo y rojo de la vergüenza, pues lo habían encuerado ahí dentro, quesque para ver que no llevara nada ilegal. Pasó a la oficina donde estaba Moi hablando con el poli, y Emir y yo nos enteramos, por lo que Natanael le contó a Moi —«no mames, güey, me encueraron»—, de que la revisión había sido opcional y de que Moi, por descuido, había dado su consentimiento para que se la hicieran.
—Ay, no, perdón, no les revisen a los otros —dijo, y así Emir y yo nos libramos de la revisión indecorosa.
El madrazo fue de setecientos pesos, que nunca se los pagamos al buen Moi.
—Oiga, poli, ¿y nos van a devolver nuestros dulces? —dijo Emir.
El poli, volviendo la mirada hacia nosotros, no tuvo que decir ninguna palabra para que nos largáramos ipso facto de las garras de la ley.
